Prólogo: Estados Unidos, la superpotencia sin pegamento. (Redactado el 20 de enero de 2026; publicado en Limes 2026/2)
En Estados Unidos no falta poder, sino forma. En la víspera del 20 de enero de 2026 — primer aniversario de la investidura de la segunda administración Trump — la pregunta ya no es si América es más “fuerte”, sino si está cohesionada. Y la cohesión no es un concepto moral: es una variable geopolítica. Una sociedad fragmentada aún puede producir innovación, crecimientos cíclicos, incluso victorias electorales; pero le cuesta producir continuidad estratégica, porque ya no posee un lenguaje común con el que transformar intereses en prioridades y prioridades en políticas duraderas. La crisis se ha convertido en una desintegración horizontal (pérdida de confianza recíproca entre los ciudadanos) y vertical (descrédito frente al Estado), alimentada por una ansiedad difusa y por una tribalización afectiva.1
América vive hoy una paradoja que se repite en la historia de los imperios: el aparato sigue siendo imponente, pero la energía interna se dispersa. La política ya no se percibe como un mecanismo de resolución de conflictos; es la arena del conflicto mismo. Este desplazamiento — que se remonta a una larga trayectoria de deslegitimación, desde Watergate hasta el 6 de enero, pasando por los shocks geopolíticos y las crisis económicas — es la premisa del trumpismo y, al mismo tiempo, su acelerador.
En este marco, Israel se convierte en una lente privilegiada, porque condensa en un solo objeto tres dimensiones que hoy se superponen y se contaminan: política exterior como guerra civil interna; guerra cultural como política exterior doméstica; crisis de la representación como sospecha permanente frente a cualquier decisión “de sistema”. Cuando una superpotencia empieza a usar los expedientes externos para medir atributos morales internos, significa que la estrategia ya se ha convertido en identidad. Y cuando la estrategia se vuelve identidad, la coalición que gobierna puede ganar, pero le cuesta gobernar.2
La tesis que emerge del análisis es que Estados Unidos, con Trump, está viviendo una regresión social: la política vuelve a funcionar como pertenencia tribal más que como mediación, y la tribalización — acelerada con la aparición de Trump en la escena política y luego normalizada por las redes — crece precisamente mientras la Casa Blanca promete “orden”. La consecuencia no es solo la inestabilidad doméstica: es la pérdida de la capacidad de elaborar una política exterior coherente y políticas internas de largo plazo, porque cada elección satisface a una tribu y traiciona a otra. Y hoy, Israel es una prueba de cohesión para todas las tribus estadounidenses.
1. De 1948 a la “religión civil”: Israel como infraestructura moral de América
Para entender por qué Israel se ha vuelto tan divisivo, hay que recordar que durante décadas fue lo contrario: un pegamento. Desde 1948 en adelante, Israel ha entrado progresivamente en el panteón simbólico estadounidense. No solo como aliado, sino también como relato: supervivencia tras la Shoah, democracia en un entorno hostil, frontera avanzada de Occidente en un Oriente Medio que Estados Unidos ha leído a veces como tablero energético, a veces como teología política, a veces como campo de batalla contra la URSS y luego contra el islamismo radical.3
La cuestión no es romantizar esa historia, sino comprender su función sociológica. En un país cuya identidad siempre se ha construido como “misión”, Israel se convierte en parte de la misión: un objeto externo cargado de sentido interno. Y aquí se sedimenta la estructura que hoy estalla: Israel no es solo un dossier; es una proyección.
La alianza con Estados Unidos aparece como un elemento casi simbiótico de la trayectoria israelí, parte de su arquitectura de seguridad y, al mismo tiempo, uno de los pilares de su libertad de acción regional. Pero precisamente esa simbiosis genera un efecto inevitable: si Israel evoluciona hacia una postura más asertiva, o “híbrida” entre seguridad e hybris, arrastra consigo costes reputacionales y riesgos de arrastre para Washington.
Durante mucho tiempo, Estados Unidos asumió esos costes sin convertirlos en un conflicto interno, porque el consenso era alto y el orden estadounidense todavía era creíble para sus propios ciudadanos. Hoy, en cambio, la sociedad estadounidense está en una fase de psicopolítica de la ansiedad: un país cansado de sí mismo, en el que toda inseguridad busca un culpable y todo gasto exterior se convierte en una provocación simbólica. En esta condición, Israel — de pegamento — pasa a ser detonador.4
2. El presente israelí como shock sobre el sistema estadounidense: Gaza, hybris y ruptura generacional
Si la guerra de Gaza y la postura regional israelí más amplia son una lente, lo son porque actúan como “evento total” en el sentido durkheimiano: no se quedan en su perímetro, sino que reescriben fronteras morales en otros lugares.5 Gaza no es reducible a una operación contra Hamás; es el episodio más reciente de un proceso largo: la búsqueda israelí de un orden regional compatible con la supervivencia y la prosperidad, que tiende a incluir objetivos de demografía, de espacio, de fragmentación de los vecinos y de mantenimiento de la dependencia estratégica de Estados Unidos.
Esta lectura tiene un efecto inmediato sobre la política estadounidense: vuelve plausible, para cuotas crecientes de la opinión pública, la idea de que Israel ya no es simplemente “un aliado asediado”, sino un actor capaz de arrastrar a América a dinámicas que agravan la competencia global y desgastan aún más la legitimidad interna.
Aquí entra el dato empírico: en los últimos años — y con aceleración en 2024-2025 — el apoyo a Israel y a sus acciones militares se ha polarizado drásticamente por partido y, sobre todo, por edad. Gallup, en julio de 2025, registra una caída del apoyo a la acción israelí en Gaza y una brecha abismal entre republicanos y demócratas.6 Brookings, al analizar esas tendencias, subraya la brecha generacional: la aprobación entre los de 18 a 34 años se ha desplomado a niveles muy bajos en comparación con la de los mayores de 55 años. Pew, el 3 de octubre de 2025, muestra un deterioro de la percepción incluso hacia los “israelíes” y no solo hacia el gobierno israelí, con un debilitamiento respecto al inicio de 2024 y una fractura neta entre republicanos y demócratas.7
Estos números no deben leerse como un juicio moral: son el síntoma de una mutación del imaginario estadounidense. La misma alianza se traduce en lenguajes distintos, según tribus distintas: para algunos, es defensa de Occidente y disuasión frente a Irán y al yihadismo; para otros, colonialismo y violación de derechos; para otros, coste fiscal y arrastre bélico. Israel se convierte así en el papel tornasol de una sociedad que ya no comparte los criterios para juzgar la legitimidad y la fuerza.
3. Israel y la revolución trumpiana: el dosier que une y divide a la nueva derecha
El trumpismo nace como una promesa de recomponer América en torno a prioridades domésticas: frontera, trabajo, energía, orden, “limpiar Washington”. Pero la coalición que sostiene esa promesa es amplia e intrínsecamente contradictoria. La fractura no se origina en el “sí” que América debe ser fuerte, sino en el “cómo” y el “para quién”: diplomacia del contrato frente a la coalición del orden; aranceles y geo-economía frente a arquitecturas multilaterales; contención de costes y reducción del overstretch frente a la disuasión muscular.
Israel entra aquí como una cuña porque corta transversalmente todos los componentes de la derecha trumpiana. Hay una derecha religiosa y sionista — cristiana, sobre todo evangélica — para la cual Israel es casi parte integral de la identidad estadounidense: una frontera espiritual y geopolítica a la vez. Hay un establishment republicano tradicionalmente pro-Israel que ve en el Estado judío un multiplicador de la disuasión regional y un socio tecnológico-militar. Hay un populismo “America First” que oscila: apoya a Israel como símbolo de Occidente, pero teme el arrastre hacia guerras infinitas y, sobre todo, detesta cualquier cosa que se parezca a “prioridades para los demás”. Hay una tech right que lee Israel a través de dos lentes opuestos: por un lado, seguridad y postura anti-Irán; por otro, fastidio por la interferencia “moral” y por la disciplina reputacional impuesta por los gatekeepers de los valores del conservadurismo tradicional.8
El resultado es que, dentro de la coalición trumpiana, Israel funciona a la vez como pegamento simbólico y factor de disgregación. Este es un punto central: la revolución trumpiana es potente como movilización, pero frágil como gobierno, porque la energía identitaria que la sostiene no está unificada por un proyecto común; está unida por un enemigo común y por una promesa de restauración. Cuando llega el momento de elegir — cuánta prioridad dar a Israel, a qué precio, con qué condicionalidades — el enemigo común ya no basta.
Es significativo, por ejemplo, que en 2025-2026 surjan sondeos que muestren divergencias también dentro del electorado republicano joven respecto a la idea de una financiación “incondicional” a Israel, con preferencia por las prioridades económicas internas. No importa aquí si esa fuente es mainstream o “militante”: importa que la señal sea coherente con otras tendencias y que, dentro del GOP, la relación automática entre identidad conservadora y apoyo incondicional a Israel ya no esté garantizada entre los más jóvenes.9
4. El espectro de posiciones: Israel de aliado incondicional a riesgo estratégico
Existe una posición de “aliado incondicional” que trata a Israel como una extensión del “nosotros”: lo que Israel hace, por definición, es la defensa de Occidente y, por tanto, de América. Es una posición que tiende a minimizar los costes reputacionales y a transformar toda crítica en sospecha de hostilidad moral.
Existe una posición de “aliado condicionado” — a menudo realista — que reconoce la centralidad de la relación, pero insiste en los intereses nacionales estadounidenses, en los costes de arrastre y en la necesidad de disciplina: Israel es aliado mientras no obligue a Washington a pagar precios excesivos en credibilidad, seguridad, recursos y competencia global. Es la posición que podría servir de base a una posible evolución estadounidense a largo plazo, si la polarización y el cambio generacional erosionan la convergencia automática.
Luego, existe una posición de “Israel como liability” — presente tanto a la izquierda como en segmentos de la derecha — que considera la alianza un riesgo estructural para el interés estadounidense: arrastre bélico, daño reputacional en el Sur Global, dificultad para construir coaliciones contra China y “captura” de la política exterior por parte de los lobbies y de los incentivos electorales. Aquí, Israel se superpone al tema de la deslegitimación: ya no se discute solo si una política es justa o eficaz, sino si es auténticamente americana.10
Estas posiciones se entrelazan con la falla aislacionismo/intervencionismo, pero de modo no lineal. Uno puede ser “intervencionista” y antiarrastre israelí (porque prefiere el pivote hacia Asia y la disuasión contra China), o “aislacionista” y pro-Israel (porque lee a Israel como la “frontera occidental” que debe armarse para evitar intervenciones directas). El mapa es más complejo que los alineamientos tradicionales.11
Y esta complejidad es precisamente una prueba de la tesis: cuando una sociedad ya no comparte una jerarquía de amenazas y deberes, la política exterior se convierte en un plebiscito identitario permanente.
5. Guerra cultural: antisemitismo, anti-israelismo y “Occidente”
Si la política exterior sobre Israel divide, la guerra cultural sobre Israel fragmenta aún más, porque actúa sobre el terreno más inestable: la identidad y los límites morales.
Aquí ayuda cartografiar el espectro que va desde quienes exhiben sentimientos antisemitas hasta quienes profesan sentimientos anti-sionistas o anti-israelíes, pasando por quienes consideran a Israel parte integrante de Occidente. Pero hay que introducir una precisión: hay confusión en las posiciones y esa confusión es el combustible de la regresión social.
El antisemitismo es una forma de odio y de esencialización frente a los judíos como grupo: históricamente produce narrativas conspirativas y deshumanizantes y, hoy, encuentra nuevos vehículos digitales. El anti-israelismo puede adoptar la forma de una crítica legítima a las políticas de gobierno; el antisionismo puede llegar a la deslegitimación de la existencia misma del Estado; y puede deslizarse hacia el antisemitismo cuando reproduce tropos colectivizantes (“los judíos”) o cuando niega a los judíos lo que reconoce a otros pueblos (derecho a la seguridad, a la soberanía). Pero no coincide automáticamente con el antisemitismo: confundir ambas cosas es una forma de gatekeeping que estrecha el espacio crítico y alimenta reacciones tribales.
Este límite se ha convertido en uno de los principales escenarios de lucha por la hegemonía dentro de la derecha estadounidense. La ya famosa entrevista de Tucker Carlson a Nick Fuentes debe leerse precisamente como stress test: ¿puede la nueva derecha absorber a una figura considerada radiactiva, y siguen teniendo fuerza los gatekeepers — think tanks, donantes, cargos electos, organizaciones pro-Israel — para imponer su exclusión?12
Israel es central porque el antisemitismo ya no es solo “desviación moral”: se convierte en un arma de poder interno. Para los conservadores institucionales, Fuentes es tóxico e inhabilitante; para el populismo mediático, las acusaciones de antisemitismo pueden rechazarse como un estigma instrumental; para la ultraderecha Groyper, el antisemitismo es un atajo teórico y emocional, un mapa del poder que simplifica el mundo y ofrece alivio terapéutico a la ansiedad psicopolítica.
Esto genera un efecto geopolítico a nivel doméstico: aumenta los costes de coordinación de la coalición trumpiana. Una coalición puede ganar con una red laxa; gobernar exige disciplina. Cada crisis pública sobre antisemitismo e Israel consume capital político en damage control y reduce el espacio para políticas coherentes.
Florida aparece como amplificador: no porque los Groypers sean “floridanos”, sino porque Florida es un hub operativo y simbólico del trumpismo; Mar-a-Lago es el lugar donde la rebelión populista y la coordinación de élite se encuentran, y donde la batalla sobre los límites morales entra en los cálculos electorales. Aquí, donde la comunidad judía es numerosa, la guerra cultural se convierte en logística del poder.13
6. Hombres, jóvenes, blancos y cristianos: el antisionismo como pegamento de la radicalización
Un elemento importante para comprender el creciente sentimiento anti-Israel es el estudio de la radicalización juvenil, fenómeno hoy relevante, sobre todo entre hombres blancos y cristianos, y de cómo el anti-sionismo funciona como pegamento. La clave explicativa es que estos movimientos no son solo “ideas”, sino también estilos de vida, estéticas, jerarquías, rituales: subculturas que venden pertenencia.14
Los Groypers son emblemáticos precisamente porque unen tres elementos que hoy suelen combinarse en la derecha radicalizada: política digital (group chat e intimidad para-social), hambre de jerarquía y de orden y una masculinidad estilizada que lee la modernidad liberal como decadencia. En este contexto, la hostilidad hacia el Christian Zionism se convierte en una falla recurrente: atacar el sionismo cristiano equivale a atacar uno de los pilares morales del conservadurismo mainstream y, por tanto, a los gatekeepers.
Pero la radicalización no surge solo de Israel. Israel se vuelve un símbolo poderoso porque entra en una psicopolítica de la ansiedad más amplia: soledad, precariedad de estatus, pérdida de capital social, conflicto de género y una percepción de impotencia que busca un enemigo. En precedencia, definí esta dinámica como anomía durkheimiana15 y tribalización afectiva: cuando faltan reglas compartidas y comunidad, la identidad política se convierte en terapia y el odio en una forma de sentirse “fuerte”.16
Aquí, la guerra en Oriente Medio actúa como acelerador narrativo: la imagen de Gaza, la ruptura entre facciones pro-Palestina y pro-Israel, el uso de palabras absolutas — “genocidio”, “terrorismo”, “colonialismo”, “barbarie” — crean un entorno en el que el lenguaje moderado parece cobardía. La radicalización juvenil se alimenta exactamente de esto: la promesa de una claridad moral total.
Y esto es un elemento de disgregación de la coalición trumpiana por una razón simple: la coalición contiene simultáneamente a la derecha religiosa pro-Israel, al establishment pro-Israel y a subculturas radicales que usan el antisemitismo y el antisionismo de tendencia como prueba de autenticidad anti-gatekeeper. Mantener unidas estas tribus a largo plazo exige una capacidad de mediación que el trumpismo — por su naturaleza plebiscitaria y carismática — difícilmente logra.
7. Deslegitimación: lobby pro-Israel, lobby judía y crisis de la representación
Aquí entramos en el punto más delicado y, a la vez, más explosivo, porque el lobby — más que un actor — se convierte en un símbolo de deslegitimación.
El “lobby pro-Israel” es una constelación de organizaciones, redes y grupos que promueven una estrecha colaboración entre EE. UU. e Israel. No es monolítico e incluye actores no judíos (evangélicos, sectores securitarios, donantes, think tanks). El “lobby judío”, si se usa como categoría analítica y no como eslogan, se refiere en cambio a las acciones de organizaciones judío-estadounidenses sobre antisemitismo, derechos civiles, seguridad comunitaria y representación. A menudo chocan, no siempre coinciden y tratarlas como un único bloque es un atajo peligroso.17
Pero desde el punto de vista de la psicología política de masas, la distinción técnica importa menos que la percepción. En un país donde la confianza se ha derrumbado y el ciudadano siente que no cuenta para nada, la mera existencia de actores capaces de comprar acceso, influir en primarias, disciplinar a los electos, se lee como prueba de que la democracia está “amañada”.
Aquí es donde el “caso Mearsheimer”18 se convierte en un punto de inflexión histórico en el discurso público. Cuando Mearsheimer y Walt19 introducen la expresión “Israel lobby” en el mainstream académico y mediático, no solo están proponiendo una tesis; también están desplazando el umbral de lo decible. El resultado es un conflicto no solo analítico, sino también moral: refutación versus acusación de tropos peligrosos y, por tanto, una batalla por quién define los límites de la crítica legítima. Este boundary work — en la dinámica del gatekeeping — es un ingrediente de la regresión social: cuando ya no se logra discutir sin transformar al otro en un sospechoso moral, la política se convierte en una guerra civil simbólica.
En tiempos recientes, la dimensión electoral de los lobbies se ha vuelto más visible. El American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) ha oficializado la decisión de entrar en la arena electoral también con instrumentos como el Political Action Committee (PAC), y la existencia del United Democracy Project, super PAC afiliado, entra en este giro. En el ciclo 2024, los gastos y campañas en las primarias demócratas — sobre todo contra figuras progresistas percibidas como críticas con Israel — se han convertido en una referencia nacional: ABC, OpenSecrets y otros han reconstruido el peso de los grupos pro-Israel en los desafíos a miembros de la “Pro-Pal Squad”. The Washington Post, en 2025, vuelve sobre el caso de Cori Bush y sobre el papel del gasto pro-Israel como elemento de fractura interna del Partido Demócrata.20
Esto no demuestra “control”; demuestra poder de incentivo. Y en la fase de deslegitimación, el incentivo se percibe como traición: el electo no representa, sino que responde a una estructura externa de financiación y de recompensas.
El punto geopolítico, sin embargo, es más amplio: la deslegitimación no nace solo de Israel. En la desconfianza hacia la representación se entrelazan otros factores: cleptocracia, elitismo, el hiper-poder de los tecno-vasallos capaces de comprar acceso y políticas. Israel y sus lobbies son un caso mediático porque son “visibles” y “morales”, pero la sustancia es la misma: la democracia como mercado del acceso. Y cuando la democracia se percibe como mercado, la comunidad política deja de ser pueblo y se convierte en clientela.
8. El resentimiento: “limpiar Washington”. Una revolución que también huele a continuidad
Una parte de la promesa trumpiana era catártica: “drain the swamp”, limpiar Washington, romper el poder de los aparatos y de las élites. Pero este aspecto de la revolución trumpiana genera decepción, porque produce continuidad en formas nuevas: cambian las élites, no desaparece el elitismo; cambia el circuito, no desaparece el dinero; cambia la retórica, no desaparece la dependencia de los grandes donantes.
En este marco, el lobby pro-Israel funciona como un acelerador del resentimiento por dos razones. Primera: es una de las pocas infraestructuras de influencia percibidas como realmente capaces de actuar transversalmente sobre ambos partidos y, por tanto, aparece como un «sistema”. Segunda: sobre Israel existe una continuidad bipartidista histórica y, en una fase en la que el público exige ruptura, la continuidad se percibe como prueba de “captura”.
Cuando la revolución promete purificación, pero la política sigue moviéndose dentro de circuitos de acceso, el resentimiento busca un objeto. Israel se convierte en ese objeto porque es emocionalmente potente, mediáticamente saturado y moralmente absoluto. Es un mecanismo clásico de la regresión social: la frustración económica e institucional se traduce en un conflicto identitario, porque este último ofrece una gratificación inmediata.
9. Affordability, welfare y deuda: el coste simbólico de las guerras de Israel y el coste real de la confianza
Llegamos quizás al tema más importante, porque es el que decide las elecciones: la asequibilidad, el bienestar y las desigualdades. Aquí hace falta rigor: la ayuda a Israel, en términos macrofiscales, no es la causa principal de la inflación ni de la deuda. Pero, analíticamente, sería un error quedarse en el nivel macro. El trumpismo no nació de una tabla presupuestaria; nació de una percepción de declive y de traición. Y, en la percepción, lo que cuenta es el contraste entre las necesidades domésticas y los gastos externos.
Es cierto que existen marcos y cifras estabilizadas: el MOU 2019-2028 prevé 3,8 mil millones de dólares al año en ayuda militar a Israel (en gran parte a través del Foreign Military Financing).21 Pero en el ciclo 2024-2025, con las guerras en Oriente Medio y la necesidad de municiones y sistemas, el debate público estadounidense ha convertido esa cifra en un símbolo: “mandamos dinero y armas afuera, mientras aquí la gente no llega a fin de mes”.
Es en este terreno donde se injerta una dinámica políticamente tóxica: incluso un elector que no sea anti-Israel puede volverse antisistema si percibe que América no logra traducir el poder en bienestar. Y en una fase en la que el American Dream se vive como recuerdo o privilegio, el gasto exterior resulta intolerable como gesto simbólico.
Esto no vale solo para la izquierda. Una señal interesante — y coherente con la tesis sobre la disgregación interna de la nueva derecha — es que sondeos recientes han mostrado, entre jóvenes republicanos, una creciente preferencia por prioridades económicas domésticas frente a financiaciones “incondicionales” a Israel. Si se trata de una tendencia consolidada o de una señal momentánea, aún no está claro, pero el dato ya es relevante: indica que la identidad conservadora ya no garantiza automáticamente una jerarquía del gasto.22
Cuando esta fricción crece, Israel se convierte en un elemento de disgregación de la coalición trumpiana, porque entra en conflicto con dos promesas fundacionales del trumpismo: la protección económica doméstica y el fin de las “guerras infinitas”. Es uno de los puntos en los que la revolución corre el riesgo de devorarse.
10. El teatro de los actores: el ecosistema pro-Israel
Para hacer concreta la “lente” Israel, hay que encarnar la red como un ecosistema de personajes, no como una entidad abstracta.
AIPAC, hoy dirigida por Elliot Brandt como CEO (sucesión anunciada en 2024), representa la forma más clásica del poder de influencia: acceso, disciplina congresual y trabajo sistemático para mantener la relación EE. UU.-Israel bipartidista. Pero el ecosistema incluye también instrumentos electorales como el United Democracy Project, que ha evidenciado la capacidad de influir incluso en las primarias y, por tanto, en las carreras.23
La Conference of Presidents, con Betsy Berns Korn como Chair desde junio de 2025 y William Daroff como CEO, funciona en cambio como una sala de coordinación: una arquitectura de “unidad sin uniformidad” para mantener unidas organizaciones y sensibilidades diversas con una comunidad judío-estadounidense nada monolítica.24
La Anti-Defamation League (ADL) y el American Jewish Committee (AJC) desempeñan otras funciones: se ocupan del antisemitismo, de la reputación y de la diplomacia civil. En el período de Gaza y de las manifestaciones en campus, su acción se vuelve inevitablemente parte de la guerra cultural: no solo defensa de la comunidad, sino también un choque en la frontera entre la crítica legítima y el odio, con consecuencias inmediatas sobre la política interna. Aquí, el discurso estadounidense se vuelve hipersensible y, a menudo, histérico. Y la histeria siempre es un signo de fragilidad social.25
El punto no es atribuir intenciones; el punto es mostrar cómo, en una democracia deslegitimada, la mera existencia de organizaciones tan capaces de coordinarse, de hablar con la élite y de imponer costes se vive como prueba de que el ciudadano-elector no cuenta. Y es sobre esa percepción — no sobre los memoranda — que se construye la regresión social.
11. La política exterior como guerra civil: Israel dentro del giro de la NSS 2025
Aquí, la lente Israel debe entrelazarse con el análisis entre NSS 2022 y NSS 2025. El núcleo de la comparación es que 2022 propone una teoría de coordinación internacional basada en reglas, coaliciones y previsibilidad; 2025 propone una diplomacia del contrato, basada en condicionalidades, burden-sharing y burden-shifting, y en una gestión “por dossiers”.26
La pregunta, entonces, es: ¿se sostiene una política exterior “por contratos” si la sociedad interna es tribal? En teoría, sí: los contratos parecen perfectos para un país que ya no cree en misiones. Pero en la práctica, hay un problema: la diplomacia del contrato exige algo que la América tribal ha perdido: una definición compartida de qué es un “buen negocio” y qué costes son aceptables. Si para una tribu, Israel es un deber moral, toda condicionalidad parece traición; si para otra tribu, Israel es una liability, todo apoyo parece traición. La diplomacia del contrato no reduce los costes de coordinación: los traslada al interior de la casa.
La política exterior se convierte en guerra civil porque las facciones estadounidenses usan los dossiers externos para disputar la legitimidad interna. Israel es el ejemplo perfecto: no es solo un dossier entre otros; es un dossier que decide quién es “American” y quién está “vendido”, quién es “occidental” y quién es “enemigo interno”, quién defiende el orden y quién lo traiciona.
12. La regresión social como variable geopolítica: de la polarización afectiva a la incapacidad estratégica. El papel de Israel
A estas alturas, puede considerarse válida la tesis de este ensayo: Estados Unidos está resbalando de una democracia conflictiva a una democracia en la que el conflicto se convierte en identidad y, en casos extremos, en violencia. La polarización afectiva — el odio del otro campo — transforma la política en una deslegitimación recíproca que produce una inestabilidad crónica. El resultado es la regresión social.
Las consecuencias geopolíticas son inmediatas: una potencia dividida consume capital político en gestionar crisis internas, reduce su capacidad para afrontar la competencia con China y Rusia y pierde credibilidad como garante del orden. Pero hay un efecto aún más importante: aumenta la vulnerabilidad a la desinformación y a las campañas de influencia, ya que el ecosistema informativo está polarizado. En otras palabras: la tribalización interna se convierte en un multiplicador de la guerra híbrida ajena.
Israel intensifica este mecanismo porque es uno de los dossiers más aptos para ser weaponized internamente: imágenes fuertes, lenguajes absolutos, identidades religiosas, lobbies visibles, acusaciones morales. Es materia perfecta para una sociedad ya en anomía.
13. Israel no causa la fractura estadounidense: la revela
Israel, sin embargo, no es la causa de la regresión social estadounidense. Sería un error analítico afirmarlo. Israel es una lente porque hace visible lo que ya es manifiesto: la pérdida de un centro común. Durante décadas, Estados Unidos pudo mantener el consenso sobre Israel porque contaba con capital social, confianza y una idea compartida de liderazgo global. Hoy ese capital está erosionado: dos estadounidenses de cada tres ya no creen que el sistema pueda resolver los problemas del país, y una cuota significativa llega incluso a considerar la violencia “quizá necesaria” para volver a encarrilar la nación.27
En este entorno, cualquier dossier que toque identidad y poder se vuelve explosivo. Israel lo hace más que otros porque conecta, en un único nodo, religión, civilización, lobbies, guerra, moralidad y coste percibido.
14. El primer aniversario de la revolución trumpiana como umbral
En la víspera del 20 de enero de 2026, la revolución trumpiana aparece como un fenómeno de doble cara. Por un lado, se presenta como una forma política de una sociedad que prioriza los asuntos domésticos y rompe con un universalismo percibido como elitista. Por otro lado, acelera la regresión social porque gobierna a través de una gramática de pertenencia y de “enemigo” y porque la coalición que moviliza es demasiado heterogénea como para ser disciplinada sin provocar escisiones.
Israel, hoy, es la lente que deja al descubierto exactamente esto: la coalición trumpiana contiene tribus que ya no comparten ni la jerarquía de amenazas ni la de deberes. Y cuando falta esa jerarquía, la potencia se mueve hacia sacudidas, la política exterior se convierte en un referéndum interno permanente y las políticas internas se quiebran porque deben complacer a grupos en conflicto. La superpotencia sigue siendo enorme, pero pierde continuidad. Y una potencia sin continuidad es vulnerable.
15. Cómo Israel puede disgregar o recomponer la coalición trumpiana y qué implica para el poder estadounidense
Si damos por confirmado — posanálisis — que en los Estados Unidos hay en curso una regresión social y una aceleración de la tribalización, entonces los posibles escenarios no deben interpretarse como simples “resultados electorales”, sino como formas de cohesión. La política exterior ya no es separable de la forma interna de la nación: en 2022, la cohesión era la premisa del liderazgo; en 2025, la cohesión se convierte en la sustancia de la seguridad nacional y en la justificación de la selección.
Escenario 1 – Compartimentalización autoritaria: la coalición resiste, pero estrechando los límites
En este escenario, la administración Trump logra mantener unida a la nueva derecha, aún sin resolver la fractura sobre Israel, evitando, sin embargo, que se convierta en una fractura existencial. ¿Cómo? Con una estrategia típica de la hegemonía transaccional: Israel tratado como un dossier y un “contrato” más que como una misión. Se apoya cuando conviene, se elevan las condiciones cuando hace falta calmar a los populistas, se delega parte del coste a aliados regionales y se desplaza la atención hacia el hemisferio occidental y el enemigo interno.
La coalición resiste, pero al precio de un empeoramiento de la psicopolítica: para mantener la unidad, aumenta la presión sobre quienes disienten, crece la necesidad de disciplinar los medios y las subculturas, y se intensifica el gatekeeping sobre el antisemitismo porque el coste reputacional se vuelve inmanejable. La “cuestión Fuentes” es exactamente esto: una prueba recurrente de la capacidad disciplinaria.
El resultado geopolítico es que Washington se vuelve más intermitente y contractual; en consecuencia, los aliados y rivales aprenden a hacer hedging.
Escenario 2 – Ruptura intra-derecha: la falla Israel parte el trumpismo en dos
Aquí, el diagnóstico “Israel como elemento de disgregación de la coalición trumpiana” se cumple plenamente. La derecha se divide en dos bloques: una derecha pro-Israel, institucional y religiosa, que ve a Israel como frontera de Occidente y obligación moral; y una derecha nacional-populista y posliberal en versión “contable”, que exige coste cero, ningún arrastre y usa el tema para acusar al establishment de traición.
En el borde de la galaxia de la nueva derecha estadounidense, las subculturas radicales intentan monetizar la fractura: no porque sean partidarias de una línea coherente, sino porque entienden que Israel es una palanca perfecta para transformar el disenso en deslegitimación. Es el paso del antisionismo y del antisemitismo a instrumentos de boundary work, ya no solo contenidos ideológicos.
Resultado interno: primarias más violentas, coaliciones locales inestables y crecimiento de la política como excomunicación. Resultado externo: imposibilidad de sostener una estrategia coherente a largo plazo, porque cada crisis en Oriente Medio vuelve a casa como guerra cultural y cada decisión produce “traidores”.
Escenario 3 – Realineamiento transversal: el anti-intervencionismo une piezas de derecha e izquierda, pero no construye un orden
Este es el escenario más “mearsheimeriano” en su forma: una parte de la izquierda radical y otra de la derecha libertaria/populista encuentran convergencias tácticas contra las guerras, las ayudas y el complejo militar-industrial. Esas convergencias existen, pero son frágiles y tienen pocas probabilidades de convertirse en un proyecto común.
Paradójicamente, puede surgir una mayoría episódica para “reducir” el compromiso, pero no una mayoría estable que defina cómo América debería actuar. Así se obtiene un retrenchment sin estrategia: una secuencia de stop-and-go que aumenta el desorden y alimenta exactamente la rabia interna que ese retrenchment pretendía aplacar. Es el cortocircuito del hegemón cansado: retirarse para ahorrar genera volatilidad e importa shocks.
Escenario 4 – Inestabilidad crónica y violencia de baja intensidad: Israel como acelerante simbólico
Un marco de “guerra civil psicológica” es compatible con un desenlace que no es una guerra civil clásica, sino una violencia episódica y selectiva: ataques, intimidaciones, choques entre grupos, amenazas a jueces y funcionarios, y escalada de la retórica.
En este escenario, Israel no es la causa única; es un acelerador porque concentra símbolos absolutos: inocencia/culpa, Occidente/colonialismo, fe/blasfemia, víctimas/verdugos. En sociedades tribalizadas, los símbolos absolutos son mechas, no argumentos.
Conclusión: Israel como lente, no como explicación
El punto geopolítico final es que el poder estadounidense hoy es un problema interno: capacidad de producir coherencia, compromiso y legitimidad. Israel, precisamente porque toca la estrategia y la moralidad, hace visible la regresión social: la transformación de todo tema en una prueba identitaria, la conversión de la política en deslegitimación y la creciente dificultad de gobernar un imperio con una sociedad que ya no logra sentirse parte de él.
NOTAS
- Para la crisis del capital social y de la confianza como infraestructura de la cohesión estadounidense: R.D. Putnam, Bowling Alone. The Collapse and Revival of American Community, Simon & Schuster, New York 2000; para la transformación de la política en identidad social y la consiguiente polarización afectiva: L. Mason, Uncivil Agreement. How Politics Became Our Identity, University of Chicago Press, Chicago 2018; S. Iyengar, G. Sood, Y. Lelkes, “Affect, Not Ideology: A Social Identity Perspective on Polarization”, Public Opinion Quarterly, vol. 76, n. 3, 2012; véase también S. Iyengar, S.J. Westwood, “Fear and Loathing across Party Lines: New Evidence on Group Polarization”, American Journal of Political Science, 2015.
- Para el nexo entre cohesión interna y sostenibilidad de la grand strategy (política exterior como arena de conflicto doméstico), véanse los ensayos del autor en Lo Scacchiere Globale (mygeopolitics.org) y en Substack, 2025: M. Scattarreggia, La politica estera come guerra civile; Id., Stati (Dis)Uniti. Ansia, immaginario e guerra civile; Id., Antisemitismo, gatekeeping e lotta per l’egemonia nella destra americana: la “questione Fuentes”. Sobre el tema, en clave más académica, cfr. P. Trubowitz, Defining the National Interest: Conflict and Change in American Foreign Policy, University of Chicago Press, Chicago 1998.
- H.S. Truman, “Statement by the President Announcing Recognition of the State of Israel”, 14 de mayo de 1948 (The American Presidency Project; Harry S. Truman Library). La declaración es la referencia canónica para el giro inaugural del reconocimiento estadounidense y para la temprana legitimación simbólica del nuevo Estado.
- Sobre el concepto de “religión civil” como gramática moral de la nación estadounidense (y sobre la capacidad de incorporar objetos externos al panteón interno): R.N. Bellah, “Civil Religion in America”, Daedalus, vol. 96, n. 1, 1967; véase también R.N. Bellah et al., Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life, University of California Press, Berkeley 1985. Para la larga duración de la relación EE. UU.-Oriente Medio y la dimensión imaginaria (poder/fe/fantasía): M. Oren, Power, Faith, and Fantasy: America in the Middle East, 1776 to the Present, W.W. Norton, New York 2007.
- La expresión “evento total” remite a la capacidad de un conflicto de producir reverberaciones morales y políticas más allá de su propio teatro. Para el marco durkheimiano (hechos sociales, anomia y crisis de las normas compartidas): E. Durkheim, Les règles de la méthode sociologique, 1895; para la idea de “fait social total” como fenómeno que moviliza simultáneamente dimensiones económicas, simbólicas y políticas: M. Mauss, “Essai sur le don”, 1925 (en Sociologie et anthropologie, 1950).
- Gallup, “32% in U.S. Back Israel’s Military Action in Gaza, a New Low”, 29 de julio de 2025 (sondeo realizado del 7 al 21 de julio de 2025). El dato se usa aquí no como juicio moral, sino como indicador de la desubicación del consenso y de la polarización partidista.
- W. Galston, J. Muchnick, “Support for Israel continues to deteriorate, especially among Democrats and young people”, Brookings Institution, 6 de agosto de 2025 (lectura interpretativa de los trends de Gallup); Pew Research Center, “Americans’ views of Israelis, Palestinians and their political leadership”, 3 de octubre de 2025 (encuesta 22–28 de septiembre de 2025). En conjunto, estas fuentes muestran la fractura por edad y por pertenencia política, central en la tesis sobre la ruptura generacional del imaginario pro-Israel.
- Para el Christian Zionism como infraestructura de consenso “religioso-estratégico” y para la función de Israel en el ecosistema evangélico: Christians United for Israel (CUFI), materiales institucionales y perfil del movimiento (John Hagee); D. Hummel, Covenant Brothers: Evangelicals, Jews, and U.S.-Israeli Relations, University of Pennsylvania Press, Philadelphia 2019; véase también Y. Ariel, An Unusual Relationship: Evangelical Christians and Jews, NYU Press, New York 2013.
- IMEU Policy Project (YouGov), “National Poll: Younger Republicans Are Diverging From Party Leaders on Israel”, 16 de diciembre de 2025. La fuente es útil como señal de fricción intra-GOP entre generaciones; debe leerse junto con series más consolidadas (Gallup, Pew) para evitar sobreinferencias a partir de una sola medición, especialmente si está promovida por un actor de advocacy.
- Para el marco “aliado incondicional” vs “aliado condicionado” (y para el debate sobre los costes de arrastre y reputación): S. Walt, The Hell of Good Intentions: America’s Foreign Policy Elite and the Decline of U.S. Primacy, Farrar, Straus and Giroux, New York 2018; P. Trubowitz, Defining the National Interest, cit. para la competencia doméstica como restricción estructural de la política exterior.
- Para la polarización como crisis de la democracia (y para la no linealidad del eje aislacionismo/intervencionismo en la fase actual): L. Mason, Uncivil Agreement, cit.; J. McCoy, T. Rahman, M. Somer, “Polarization and the Global Crisis of Democracy”, American Behavioral Scientist, vol. 62, n. 1, 2018; véase también S. Finkel et al., “Political sectarianism in America”, Science, 370 (6516), 2020.
- Para el caso Carlson–Fuentes como stress test de los gatekeepers y como medidor de los costes reputacionales en la derecha trumpiana, cobertura y reconstrucciones en Reuters, The Washington Post, The Guardian y PBS NewsHour (octubre–diciembre de 2025), con atención a las reacciones de cargos electos y donantes republicanos y a la dinámica de exclusión/reabsorción en plataformas mediáticas conservadoras. Véase también M. Scattarreggia, Antisemitismo, gatekeeping…, cit.
- Sobre Florida como hub operativo y simbólico del trumpismo (Mar-a-Lago como centro de mando político e infraestructura para donantes/medios), cfr. literatura periodística y analítica sobre Mar-a-Lago y el ecosistema GOP en Florida (2024–2026). Véase también M. Scattarreggia, Florida: il nuovo epicentro del conservatorismo americano e del rinnovamento intellettuale repubblicano; e Id., Florida: fratture interne, cleavages regionali e la geografia sociopolitica del nuovo conservatorismo, Substack, 2025.
- Para la idea de radicalización como subcultura (pertenencia, rituales, estéticas) y para la estructura organizativa de movimientos de extrema derecha: K. Blee, Inside Organized Racism: Women in the Hate Movement, University of California Press, Berkeley 2002; para mecanismos digitales (networked publics, dinámicas de amplificación, economía de la atención): A. Marwick, R. Lewis, Media Manipulation and Disinformation Online, Data & Society, 2017.
- La anomia durkheimiana es un estado de ausencia de normatividad o de desintegración social en el que normas, valores y referencias colectivas se debilitan, especialmente durante fases de cambio rápido. Esto puede generar falta de propósito, aumento de la desviación y, potencialmente, suicidio (hoy, en el contexto estadounidense, más bien depresión), ya que los individuos se sienten desconectados y sus aspiraciones se vuelven ilimitadas. La anomia, en suma, deriva de un desajuste entre las necesidades de la sociedad y las reglas consolidadas, con repercusiones en la cohesión social y en el comportamiento individual. Para la categoría de anomia y su trasposición a la psicopolítica contemporánea (desorden normativo y búsqueda de culpables): E. Durkheim, Le Suicide, 1897.
- Para datos sobre la normalización de la violencia política y la segmentación valorativa: Public Religion Research Institute (PRRI) y otras series (2024–2025); para la dimensión empírica de la radicalización y disposiciones hacia la violencia en la derecha estadounidense post-2020: literatura sobre January 6 e informes académicos y de think tanks (p. ej., Chicago Project on Security and Threats).
- M. Scattarreggia, La lobby israeliana, Substack, 2026, para un análisis de misión, funciones y composición del lobby israelí, entendido como red de redes.
- J.J. Mearsheimer, S. Walt, “The Israel Lobby”, London Review of Books, 23 de marzo de 2006. La referencia se usa aquí como umbral discursivo: entrada de la categoría “Israel lobby” en el mainstream académico-mediático, con el consiguiente conflicto sobre los límites de la crítica legítima y el riesgo de tropos antisemitas.
- En el lado waltiano y sobre la continuación de la controversia (réplicas, debate público y trasposición a volumen): S. Walt, intervenciones y comentarios posteriores a 2006; J.J. Mearsheimer, S. Walt, The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, Farrar, Straus and Giroux, New York 2007; para una crítica “interna” al debate y tematización de tropos: A. Dershowitz, Debunking the Newest — and Oldest — Jewish Conspiracy, 2006; dossier y reconstrucciones en Harvard Magazine (2006–2007).
- Sobre la dimensión electoral del ecosistema pro-Israel y la emergencia de super PACs como instrumentos de disciplina en primarias: FactCheck.org, “United Democracy Project”, 26 de septiembre de 2024; OpenSecrets, fichas sobre AIPAC/UDP y flujos de gasto en el ciclo 2024; reconstrucciones en ABC News/538 y Washington Post (2024–2025), incluidas lecturas sobre el caso Cori Bush y las primarias demócratas.
- Sobre cifras “estabilizadas” de la asistencia militar a Israel y su uso simbólico en el debate doméstico: Memorandum of Understanding (MOU) EE.UU.–Israel 2016 (periodo FY2019–2028; 3,8 mil millones USD/año); Congressional Research Service, U.S. Foreign Aid to Israel (RL33222 y actualizaciones) e Israel: Background and U.S. Relations (RL33476 y actualizaciones).
- IMEU Policy Project (YouGov), cit.; para contrastes estructurales sobre la fractura generacional y la polarización partidista, véanse también Gallup (29 de julio de 2025) y Brookings (6 de agosto de 2025), además de datos de Pew (3 de octubre de 2025).
- American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), comunicado “The next AIPAC CEO, Elliot Brandt”, 4 de junio de 2024 (sucesión y reestructuración del liderazgo).
- Conference of Presidents of Major American Jewish Organizations, páginas “Leadership/Staff” y comunicaciones 2025 (Betsy Berns Korn, Chair; William Daroff, CEO). La fuente es relevante para describir la arquitectura de la coordinación comunitaria en una fase de fuerte estrés político-cultural.
- Anti-Defamation League (ADL) y American Jewish Committee (AJC): perfiles de liderazgo (Jonathan Greenblatt; Ted Deutch) y documentos institucionales. Para datos contextuales sobre el antisemitismo y su politización en el ciclo Gaza/campus: ADL, Audit of Antisemitic Incidents (últimos informes disponibles).
- The White House, National Security Strategy (NSS) 2025; The White House, National Security Strategy 2022. Las NSS se tratan aquí como textos públicos de valor narrativo: muestran prioridades declaradas y la gramática política de la administración, más que revelar íntegramente objetivos estratégicos.
- Public Religion Research Institute (PRRI), “Trump’s Unprecedented Actions Deepen Asymmetric Divides”, 22 de octubre de 2025 (American Values Survey 2025; fieldwork Aug. 15–Sept. 8, 2025). La referencia sostiene el argumento sobre el colapso de la confianza y la normalización de marcos extrainstitucionales, incluida, en segmentos minoritarios pero relevantes, la justificación de la violencia política.






