Ensayo de geopolítica
PARTES IV – HOY
La crisis del hegemón y el retorno al concierto de potencias
La transición hegemónica que estamos viviendo no tiene nada de colapso repentino: es más bien un proceso subterráneo, un desgaste lento y silencioso de la capacidad estadounidense para dar forma y sentido al orden global. Lo que se desvanece, incluso antes que las bases materiales de la potencia — capacidad industrial, supremacía naval, influencia financiera —, es la energía psicológica que impulsaba a Washington a considerar natural e inevitable su misión de guiar al mundo: un verdadero cansancio imperial. Estados Unidos no deja de ser la principal potencia, pero abandona el comportamiento propio de un hegemón universalista: cada decisión pasa ahora por un filtro transaccional, cada compromiso se mide cuidadosamente en función de sus costes y beneficios inmediatos.
Esta mutación, imperceptible al principio, se ha vuelto evidente a los ojos de rivales y socios. En Moscú, Pekín, Teherán, Ankara y Jerusalén crece la sensación de que Washington ya no está dispuesto a imponer líneas rojas creíbles o que, incluso si lo hiciera, el consenso interno para sostenerlas sería frágil. Es esta pérdida de credibilidad, más que la retirada militar en sentido estricto, la que marca el final de la llamada pax americana. El sistema internacional entra así en una fase de equilibrio inestable que recuerda, en ciertos aspectos, al concierto de potencias decimonónico: un orden sin un verdadero centro, en el que las decisiones surgen de negociaciones constantes y coaliciones cambiantes. A diferencia del siglo XIX, sin embargo, las interdependencias económicas, tecnológicas e informativas multiplican la velocidad de las crisis y amplifican sus efectos sistémicos, generando un clima de incertidumbre permanente.
Polarización interna y fractura identitaria
En el plano interno, la América que emerge de la gran crisis financiera de 2008 es un país herido. La recesión dejó al descubierto la fragilidad de un modelo de crecimiento basado en deuda y financiarización, y quebró la confianza en la promesa de que cada generación viviría mejor que la anterior. Las zonas desindustrializadas del Rust Belt vieron cerrar fábricas, estancarse los salarios y desaparecer el eje socioeconómico de comunidades enteras. La globalización, que había sido presentada como motor de prosperidad compartida, se percibe cada vez más como un juego amañado en beneficio de las élites cosmopolitas y de los grandes polos tecnológicos, mientras el resto del país carga con los costes del ajuste.
La fractura es, en primer lugar, económica, pero rápidamente se convierte en cultural. Ya no se trata solo de ingresos y empleos, sino de visiones contrapuestas sobre la nación y su destino. De un lado, una América urbana, multiétnica, progresista, que ve en la apertura global una oportunidad de crecimiento e intercambio; del otro, una América rural, religiosa, blanca, que percibe esa apertura como una amenaza y reclama un retorno a una identidad tradicional y cohesionada. Estas dos visiones no se limitan a coexistir, sino que se contraponen de forma cada vez más antagonista, transformando cada cuestión política — desde el derecho al aborto hasta los impuestos, desde la educación pública hasta la política medioambiental — en un terreno de confrontación existencial.
La polarización digital agrava aún más la situación. Las redes sociales, impulsadas por algoritmos que privilegian la indignación y la radicalidad, generan cámaras de eco en las que cada bando percibe al otro como una amenaza para la supervivencia de la nación. Las propias instituciones son arrastradas al conflicto: el Congreso queda paralizado por vetos cruzados, la Corte Suprema se convierte en un campo de batalla ideológico y los medios de comunicación abandonan el papel de árbitros para asumir el de militantes alineados.
Este clima de conflicto permanente repercute directamente en la proyección internacional de Estados Unidos. Una sociedad dividida está menos dispuesta a aceptar sacrificios por objetivos lejanos. Las largas guerras de Afganistán e Irak, con miles de vidas perdidas y billones de dólares gastados, permanecen como símbolos de fracaso estratégico. La opinión pública, cansada de pagar por la seguridad global, se inclina hacia una política exterior más selectiva: menos misiones ilimitadas, menos compromisos de nation building y de regime change, y mayor atención a las fronteras domésticas. La narrativa del global sheriff cede así el paso a la de la protección, la autosuficiencia y la defensa prioritaria de los intereses internos.
Trump y el giro del “America First”
Donald Trump no representa un accidente de la historia, sino más bien la consecuencia lógica de las transformaciones económicas y sociales de los últimos treinta años. Su ascenso político se nutre del descontento generalizado hacia las élites globalistas, del resentimiento de las comunidades marginadas y de una profunda desconfianza en las instituciones federales, que él mismo contribuye a erosionar. Su victoria en 2016 es el síntoma de una fractura sistémica con raíces lejanas: la deslocalización industrial de los años noventa y dos mil, el aumento de las desigualdades tras 2008, y la impresión de que las guerras posteriores al 11 de septiembre drenaron recursos sin aumentar la seguridad nacional.
Con Trump cambia la gramática misma de la presidencia. Las cumbres multilaterales dejan de ser espacios de compromiso y se convierten en escenarios para reafirmar la superioridad nacional; las alianzas se reinterpretan como contratos temporales condicionados al pago de una “cuota justa”; el lenguaje diplomático cede ante un registro directo y antagonista, propio de las negociaciones comerciales. America First se transforma en algo más que un lema de campaña: pasa a ser un principio rector de la política exterior y de la economía política, un llamado a la soberanía y a la protección del trabajo nacional.
En el plano simbólico, decisiones como retirarse del TPP, del Acuerdo de París sobre el clima, de la UNESCO y de la OMS no significan un abandono absoluto del liderazgo global, sino un mensaje preciso: Estados Unidos ya no está dispuesto a proveer gratuitamente bienes públicos globales. Es el inicio de una política exterior de “desenganche selectivo” o retrenchment, un intento de reducir los costes de la presencia global sin renunciar por completo a la influencia del líder.
En el ámbito interno, la administración Trump inicia un proceso de concentración del poder ejecutivo que muchos interpretan como un giro iliberal. Órdenes ejecutivas que eluden al Congreso, agencias federales reestructuradas, y un poder judicial remodelado mediante el nombramiento de jueces conservadores capaces de orientar la jurisprudencia durante décadas. La relación con los medios y las universidades se torna abiertamente conflictiva: se convierten en enemigos retóricos, acusados de alimentar una ideología progresista hostil a la “América profunda”.
Medidas como el travel ban, la intensificación de las deportaciones y la aplicación del Alien Enemies Act para suspender garantías a determinadas categorías de migrantes redefinen la imagen de Estados Unidos en el exterior. Ya no como “nación universal” que acoge e integra, sino como república que defiende su soberanía con firmeza. El objetivo ya no es la expansión del modelo estadounidense, sino la protección del cuerpo político interno frente a amenazas externas percibidas. Esta transformación tiene efectos duraderos sobre la percepción de América: de faro de progreso universal se convierte en una potencia que defiende intereses particulares.
La nueva doctrina de seguridad y la redefinición de prioridades
La doctrina de política exterior que emerge en este contexto es clara: menos proyección global, más concentración en el hemisferio occidental y en cuestiones de seguridad interna. La renovación del USMCA (antiguo NAFTA) se interpreta como un instrumento para proteger la industria manufacturera norteamericana; Canadá y México se convierten en piezas de una estrategia de “fortaleza continental” destinada a preservar cadenas de suministro seguras.
En Centroamérica y Sudamérica, Washington intenta contener la creciente influencia de China, centrada en inversiones en infraestructuras y en acuerdos para acceder a recursos estratégicos como litio, cobre y tierras raras. Venezuela se convierte en un banco de pruebas para una combinación de sanciones, aislamiento diplomático y presiones económicas. Pero el continente ya no es el patio trasero: Brasil y México adoptan políticas exteriores más autónomas, a menudo equidistantes entre Washington y Pekín, lo que obliga a Estados Unidos a un constante ejercicio de negociación para mantener su influencia.
Hacia Europa, la Casa Blanca exige una contribución tangible a la seguridad colectiva, como un imperio que espera de sus clientes. Las amenazas de retirada de la OTAN dejan de ser mera retórica y se convierten en una palanca para lograr un mayor gasto militar por parte de los socios. El efecto es un auténtico shock psicológico: las capitales europeas comprenden que la protección estadounidense ya no es incondicional. Esta dinámica impulsa una reflexión sobre la autonomía estratégica europea, aún incompleta, pero cada vez más urgente.
En el contexto ucraniano, en Washington se percibe que Rusia ya no representa una amenaza existencial para Occidente: si, después de años de guerra, no ha logrado conquistar todo el Donbás, difícilmente podrá amenazar Varsovia o Berlín. Esto alimenta la tentación de un compromiso, de un congelamiento del conflicto que permita concentrar recursos en el frente indo-pacífico.
En Oriente Medio, Estados Unidos sigue garantizando la seguridad de Israel y protegiendo las rutas energéticas, pero deja a Jerusalén un margen de maniobra muy amplio, incluso cuando las operaciones israelíes amenazan con arrastrar a Washington a una escalada indeseada o contradicen sus intereses nacionales. Es una forma de delegación funcional pero peligrosa, que transmite al mundo un mensaje ambiguo: América prefiere pagar un coste político antes que volver a ser garante directo de la estabilidad regional.
El vínculo industrial y social: límites de la potencia estadounidense
La nueva postura estratégica de Estados Unidos también nace de un cálculo frío de la realidad. Los escenarios de guerra simulados por los think tanks y por el propio Pentágono muestran que las reservas de municiones convencionales se agotarían en pocas semanas de un conflicto de alta intensidad, que la industria naval estadounidense es demasiado lenta para reemplazar las pérdidas en un eventual choque con una gran potencia, y que la base industrial de defensa está fragmentada y depende de proveedores extranjeros para componentes críticos. La logística bélica norteamericana, concebida en un mundo en el que el “Made in USA” dominaba la producción global, resulta hoy vulnerable a interrupciones en las cadenas de suministro.
Esta fragilidad se amplifica con la integración global: semiconductores de alta gama, tierras raras para la electrónica, principios activos farmacéuticos proceden en su mayor parte de países potencialmente hostiles o neutrales. Una guerra simultánea contra una gran potencia pondría a prueba no solo el aparato militar, sino también toda la economía estadounidense, evidenciando hasta qué punto la superpotencia es hoy más interdependiente y, por ello, más expuesta que en 1941.
A ello se suma un vínculo social: tras dos décadas de conflictos, la opinión pública estadounidense rechaza la idea de sacrificios ilimitados para defender países lejanos o sostener regímenes que el electorado percibe como ingratos. La memoria de los féretros, regresando de Irak y Afganistán, sigue viva, al igual que el coste humano de la pandemia de COVID-19, que reforzó la demanda de priorizar los asuntos internos. En este contexto, el uso de la fuerza militar se vuelve políticamente costoso: cada intervención debe justificarse en términos de seguridad directa y de beneficios tangibles para el ciudadano medio.
Del primado a la concertación: el retorno a un mundo de potencias
El conjunto de estos condicionantes produce una transformación estructural en el papel de Estados Unidos: de arquitecto del orden global a negociador permanente, de garante incondicional a primus inter pares. Washington sigue disponiendo de instrumentos de poder formidables — superioridad militar convencional, hegemonía del dólar, capacidad tecnológica —, pero los ejerce de manera más selectiva, condicionada por evaluaciones de costes y beneficios.
El vacío dejado por el hegemón no permanece vacío. Moscú intenta llenarlo reafirmando su esfera de influencia y lanzando la guerra de agresión contra Ucrania en 2022; Pekín intensifica la presión sobre Taiwán y construye alternativas institucionales como la Belt and Road Initiative y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras; Teherán extiende sus redes de influencia desde el Golfo hasta el Levante, mientras Ankara y Riad actúan como potencias regionales autónomas, capaces de negociar con distintos centros de poder. Incluso Israel, aliado estratégico histórico, actúa cada vez más como actor independiente, tomando decisiones unilaterales que corren el riesgo de arrastrar a Washington a guerras no deseadas.
No es la retirada estadounidense lo que genera estos movimientos, sino la percepción de una América menos dispuesta a emplear la fuerza para mantener el statu quo. En otras palabras, lo que se erosiona es la hegemonía entendida como capacidad de disuasión sistémica: las potencias rivales se sienten libres de poner a prueba los límites del sistema y de redefinir las reglas del juego.
Las promesas incumplidas de Occidente
En este punto del ensayo, conviene hacer un balance y reflexionar sobre lo que queda del orden nacido en 1945. La idea de Occidente siempre ha sido algo más que un espacio geográfico; significaba pertenecer a un mundo unido por sistemas de valores, modos de vida y aspiraciones colectivas en gran medida compartidos, aunque divergentes según la nación de origen. Un universo que puede resumirse en los tres ideales promovidos por la Revolución Francesa de 1789: liberté, égalité, fraternité. Un universo destinado a englobar a todo el planeta bajo la ilusión de que todos querrían formar parte de “nuestro” sistema de valores, de “nuestro” modo de vida y de “nuestras” aspiraciones colectivas. Hoy, el entusiasmo por estas tres grandes promesas de Occidente ha dado paso a una profunda desilusión ante su fracaso, lo que explica muchos de los fenómenos en curso.
La promesa de libertad, derechos y democracia se ha revelado parcial: solo alrededor de una quinta parte de la población mundial goza de derechos civiles y políticos plenamente garantizados, y el porcentaje de ciudadanos que viven en democracias liberales ha descendido casi veinte años. En muchos países, incluidos algunos miembros de la UE, se observan tendencias iliberales, restricciones al espacio cívico y ataques a la independencia judicial. Mientras tanto, los modelos autoritarios — desde China hasta Rusia — ejercen una atracción creciente, presentándose como más eficientes y estables sobre todo en tiempos de crisis. El desempeño económico chino desde el final de la Guerra Fría es impresionante: PIB multiplicado por catorce, reducción drástica de la pobreza, aumento de la esperanza de vida y de la educación superior. Este éxito ofrece al Global South un contra-modelo poderoso frente al universalismo democrático occidental.
La segunda promesa, la de igualdad, bienestar y prosperidad compartida, ha sido traicionada por el aumento de las desigualdades. Es cierto que el PIB mundial ha crecido más de un 150% desde 1991 y que cientos de millones de personas han salido de la pobreza extrema, pero la cuota de Occidente en la producción mundial ha caído del 64% al 40% y la riqueza se ha concentrado en manos de una élite reducida. El índice de Gini ha aumentado en casi todos los países avanzados: en Estados Unidos, las desigualdades han alcanzado niveles comparables a los de la Edad Dorada de finales del siglo XIX. En Occidente, este encogimiento — también demográfico — y este desequilibrio económico han fracturado el consenso social y alimentado populismos y nacionalismos.
La tercera promesa, la de fraternidad, paz y estabilidad, ha quedado rota por la multiplicación de los conflictos. Una parte de los esfuerzos de los Estados occidentales, bajo el impulso estadounidense, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha orientado a construir una arquitectura institucional internacional que garantizara la mediación de los conflictos y la paz. Desde 1991, las guerras no han disminuido, sino que se han duplicado y el número de víctimas civiles sigue siendo elevado. Además, la ilusión de que la interdependencia económica haría obsoleta la guerra se ha topado con la realidad de un mundo en el que las propias cadenas de suministro se convierten en instrumentos de coerción, un fenómeno que Henry Farrell y Abraham Newman han denominado «weaponized interdependence».
Crisis del telos y conflictos
El fracaso de las tres promesas produce un efecto existencial: Occidente pierde su telos, su sentido de marcha hacia un futuro mejor. Al mito del progreso se sustituye la narrativa de la protección. La seguridad se convierte en valor supremo; las barreras — físicas, en las fronteras; digitales, contra las injerencias extranjeras; y normativas, para proteger industrias estratégicas — vuelven a ser herramientas centrales de gobierno. La demografía acentúa esta percepción de vulnerabilidad: la población blanca estadounidense está destinada a convertirse en minoría antes de 2050, lo que alimenta miedos identitarios y lemas como “They will not replace us!” que resuenan tanto en manifestaciones callejeras como en redes sociales. La percepción extendida entre las clases medias blancas occidentales es que, tarde o temprano, alguien ocupará “nuestro” lugar y se apropiará de “nuestro” bienestar. Es la narrativa del crepúsculo de un mundo basado en la supremacía económica, tecnológica y militar.
En un planeta progresivamente desordenado por el caos, con un futuro incierto y una clase dirigente cada vez más deslegitimada, la dimensión psicológica se impone sobre la material y la racionalidad política. De ahí surgen los nuevos mitos: el Make America Great Again, el nacionalismo imperialista ruso, el sueño expansionista chino, la agresividad mesiánica israelí, explicitada en el nombre de la operación militar contra Irán — Rising Lion —, que remite a un versículo bíblico que celebra la fuerza mítica del pueblo victorioso de Israel. Este es el cambio más radical en el imaginario colectivo de Occidente. Esta es la razón principal por la que las pulsiones emocionales han definido las nuevas orientaciones políticas y fenómenos como el Brexit, el ascenso de Trump, la misión del Gran Israel. De aquí surge en todo Occidente, comenzando por el territorio del hegemón, una ola de movimientos nacionalistas populistas, antiélites y antiglobalización.
La historia que hemos seguido hasta aquí cambia de escala. El orden multipolar — o, mejor dicho, el desorden mundial — toma forma en los conflictos: en Ucrania, donde se mide la resistencia de la OTAN y la verdadera amenaza rusa; en Gaza y en la región, donde las decisiones estadounidenses se ven condicionadas por un aliado que actúa por cuenta propia; en el Mar de China Meridional, donde la disuasión será puesta a prueba por la determinación china. La transición del unipolarismo al concierto de potencias, a un modelo G-Zero, no es, por tanto, un concepto académico: es un auténtico campo de batalla.








