La trampa para Estados Unidos tras el ataque
El presente artículo actualiza y reelabora — tras el ataque — el texto de ayer, 27 de febrero de 2026
Irán ya era opaco: una crisis interna que no se ve del todo y que, precisamente por eso, se cuenta y se manipula mejor. En la noche del 27 al 28 de febrero de 2026, la opacidad no ha desaparecido: solo ha cambiado de nivel. Antes era la oscuridad de una revuelta comprimida, entre represión y shutdown. Ahora es la oscuridad de la guerra, y la oscuridad, como siempre, no es solo la ausencia de información: es un dispositivo de poder.
En las primeras horas del sábado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una vasta ofensiva conjunta contra objetivos militares y de mando en Irán. Washington bautizó la operación como Epic Fury; Israel la encuadró como una campaña preparada desde hace tiempo, con una primera oleada amplia y una duración estimada en días, no en horas. Pero el mensaje político fue más nítido que los detalles técnicos: Trump habló de “major combat operations” y dijo a los iraníes, en esencia, que la guerra les abre “su oportunidad”: cuando la operación termine, “take over your government”. Netanyahu propuso el mismo marco: el ataque como apertura de condiciones para “quitarse el yugo” y permitir al pueblo iraní “tomar en sus manos su propio destino”. Es difícil imaginar una definición más explícita de una guerra con el objetivo de “cambio de régimen”.
El punto, sin embargo, no es “por qué” se ha llegado aquí: la espiral ya estaba en marcha. El punto es el cómo: por la suma de soberanía visible y obligación de coherencia. Cuando una potencia escenifica la disuasión durante demasiado tiempo — postura, activos, ultimátums, evacuaciones parciales, declaraciones — acaba por tener que “probarla” con un acto.
De la disuasión a la guerra
El ataque del 28 de febrero también es fruto de un precedente: la guerra de los doce días de junio de 2025 rompió el tabú del choque directo y normalizó la idea de que el umbral del conflicto es móvil. Desde entonces, la amenaza se ha convertido en un instrumento estable de presión sobre Irán: negociaciones intermitentes sobre lo nuclear, exigencias sobre misiles y la capacidad de disuasión convencional. En este contexto, la “credibilidad” no es fuerza, es previsibilidad: si elevas el tono y desplazas los assets, te cargas de expectativas; si luego no actúas, no solo pierdes prestigio ante los adversarios — que saben distinguir entre retórica y praxis — sino que, sobre todo, lo pierdes ante los aliados y socios, que basan sus cálculos en la fiabilidad.
Golpear resuelve el problema de inmediato: salva la cara y realinea la arquitectura del mando, pero genera “duración”. La credibilidad se gana en horas; la duración se paga en las semanas siguientes. Y el pago se produce en tres niveles que una democracia tiene dificultades para sostener simultáneamente: riesgo operativo (represalias, muertos), coste económico (energía, inflación) y coste político (coalición interna, aparatos, instituciones). La trampa, ayer, era una elección entre pérdidas; hoy es un fraccionamiento de la pérdida, distribuido en el tiempo.
El verdadero objetivo: no lo “nuclear”, sino el mando
Las primeras reconstrucciones indican que los ataques han golpeado no solo infraestructuras militares, sino también nodos de poder en Teherán y otras ciudades, con una lógica que se asemeja a una decapitación: paralizar la cadena de decisiones, golpear a la cúpula, desarticular la capacidad de mando y control. Si el objetivo declarado es impedir lo nuclear y reducir la palanca misilística, la elección de golpear el mando representa un salto cualitativo: de la coerción (“te obligo a negociar”) a la ruptura (“te impido gobernar”).
Aquí emerge una distinción que a menudo se elimina del discurso público: destruir emplazamientos no equivale a borrar capacidades. Un programa puede dispersarse, redundarse, reconstruirse; el conocimiento no se bombardea. La decapitación, en cambio, apunta a otra cosa: hacer colapsar la gobernabilidad. Pero la gobernabilidad no es un edificio; es una red de aparatos, servicios, milicias, burocracias y lealtades. Es una máquina que, si se la golpea, tiende a rigidez. Por tanto, el resultado más probable no es el vacío, sino la securitización: más oscuridad, más control, más represión, más opacidad. La guerra, en otras palabras, puede producir el efecto contrario al deseado: no “apertura”, sino cierre.
Hay un elemento adicional: la retórica del “regime change” desde fuera es un acelerador de la disciplina interna. Incluso cuando una parte de la sociedad detesta al régimen, la invasión simbólica — “derrocar a vuestro gobierno” — facilita la conversión del disenso.
Apagón: soberanía visible y la revuelta congelada
En el corazón del ataque, Irán volvió a caer en un apagón casi total. NetBlocks estimó la conectividad nacional en niveles mínimos, alrededor del 4%. Es un toque de queda digital: no te impide salir de casa, pero te impide saber qué sucede en otro lugar y hacer que otros sepan de ti.
El apagón no es “sólo” censura: es la gestión de la guerra desde dentro. Sirve para romper la coordinación, el testimonio y la rendición de cuentas; sirve para hacer el caos más gobernable porque es menos verificable; y sirve para devolver al Estado el monopolio del relato.
Y el monopolio del relato genera una paradoja estratégica para el “tag team” de EE.UU.–Israel: el énfasis en la injerencia externa reconvierte la protesta en “guerra de soberanía”. Ya no “régimen contra pueblo”, sino “Estado contra agresión”. Cuanto más aparece Irán como asediado, más puede venderse la represión como defensa; cuanto más la represión se vuelve defensa, más la revuelta corre el riesgo de ser absorbida por el patriotismo coercitivo: un “nosotros” impuesto desde arriba, útil para congelar la fractura interna justo cuando, hasta ayer, esa fractura era la palanca geopolítica más prometedora para quien apostaba por el desgaste del régimen.
El punto de vista militar: la campaña tiene un alto riesgo de fracaso estratégico
La opción militar no solo es costosa: es intrínsecamente arriesgada y con elevadas probabilidades de producir un resultado ambiguo, un gran espectáculo operativo y un pequeño efecto estratégico. La tentación occidental es medir la eficacia por los objetivos destruidos; la eficacia estratégica, en cambio, se mide por el desenlace político. Y el desenlace político debe producir un “después” gobernable, no solo un “durante” impresionante.
La primera causa del alto riesgo de fracaso es la geografía. Irán no es un blanco concentrado: es profundidad, dispersión, montañas, redundancias e infraestructuras subterráneas. Fordow, por quedarnos con el símbolo, es un objetivo difícil, excavado en la roca: un problema técnico que tiende a convertirse en un problema político porque requiere paquetes operativos complejos y, a menudo, una campaña, no un gesto bélico aislado.
La segunda razón es la naturaleza del objetivo. Si el target es “nuclear”, no se golpean solo edificios; se golpea un sistema (la cadena de restitución, las reservas, la capacidad de ocultación). Incluso admitiendo daños severos, persiste el problema de la capacidad residual y del incentivo a acelerar: si te golpean mientras negocias, el argumento interno para correr más rápido resulta casi intocable. En este sentido, la operación corre el riesgo de convertir el programa nuclear de palanca negociadora en un imperativo nacional.
La tercera razón es la represalia y la regionalización. El ataque nace ya con la previsión de represalias iraníes contra Israel y contra bases y activos estadounidenses en la región: es decir, con la conciencia de que el “después” será inmediato, peligroso y difícil de controlar.
La cuarta razón es la defensa, que en la guerra se convierte en economía de existencias. La guerra de los doce días de 2025 ya había mostrado una restricción estructural: interceptar misiles es caro y finito; saturar con misiles es relativamente más barato y, sobre todo, psicológicamente desestabilizador. The Wall Street Journal informó sobre la magnitud del consumo de interceptores estadounidenses (THAAD y misiles navales) en aquella breve guerra, para subrayar la diferencia entre defender durante días y defender durante semanas.
Por último, la quinta razón es la política. El presidente de los Joint Chiefs, el general Dan Caine, advirtió a la Casa Blanca sobre la posibilidad concreta de fracaso y de víctimas estadounidenses, es decir, de que, una vez dentro, ya no se controlaría la magnitud del coste total del conflicto.
La represalia: bases, Golfo, “frontera” estadounidense
La vulnerabilidad regional se materializó de inmediato. En las horas posteriores a los ataques, Irán lanzó misiles y drones contra Israel y la infraestructura estadounidense en el Golfo, golpeando o intentando golpear bases y activos en varios países: Catar, Bahréin, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos. Reuters reconstruyó los lanzamientos y los impactos en los países del Golfo, mientras que The Guardian describe la propagación de sirenas, interceptaciones y cierres del espacio aéreo en áreas que, hasta ayer, se percibían como “retaguardia segura”.
Este es el núcleo de la trampa en la que los propios Estados Unidos se han metido: no combaten, de hecho, en el vacío. Combaten con bases, hubs logísticos, radares, depósitos, pistas y personal expuesto. Cada golpe “decisivo” contra Irán abre un frente de protección de la infraestructura estadounidense. Y proteger la infraestructura implica tiempo, sistemas, munición y atención: exactamente lo que hoy es más escaso.
Reuters también publicó imágenes y reconstrucciones de ataques en Manama, en Bahréin, en áreas vinculadas al dispositivo estadounidense. Es un recordatorio tangible de que, para Washington, la guerra está en todas partes donde tenga una base.
Hormuz: no hace falta cerrar el estrecho, basta con hacer creíble el riesgo
La palanca energética es la forma más sencilla con la que Irán convierte la guerra en un coste político para Estados Unidos. El estrecho de Ormuz no tiene por qué cerrarse necesariamente para generar consecuencias; basta con hacer creíble la inestabilidad, lo que implica un aumento de la prima geopolítica sobre seguros, rutas, logística y el precio del barril. En una fase en la que la asequibilidad es la variable electoral interna decisiva, la prima geopolítica sobre el petróleo no se queda en un indicador macroeconómico: se convierte en el precio de la gasolina, por tanto, en inflación y, en consecuencia, en pérdida de consenso.
Así es como la geopolítica entra en casa de los estadounidenses: a través del surtidor. La trampa que, en el artículo de ayer, todavía era un dilema (“si golpeas, pagas en consenso; si no golpeas, pagas en credibilidad”), hoy cambia de forma: la credibilidad se ha comprado con el ataque, pero el coste del consenso se paga a plazos mediante la “duración”. Y un conflicto que se alarga no solo produce un coste económico: produce cansancio, luego resentimiento, luego fractura interna.
La guerra exterior se convierte en guerra doméstica por delegación
La política estadounidense no es un bloque; es una constelación. Está quien teme la inflación y el desorden; quien teme el “pantano”; quien ve la intervención como una traición antisistema; quien la considera una necesidad securitaria; y quien la rechaza como despilfarro. La guerra no une: selecciona y divide. Y la división no es solo ideológica: es material. Cuando el coste se manifiesta en la factura, en el supermercado y en el surtidor, la guerra deja de ser un evento externo y se convierte en un referéndum cotidiano.
Además, la dimensión institucional cuenta: varios medios han señalado críticas de parlamentarios por iniciar operaciones a gran escala sin una consulta previa adecuada. Es otro rostro de la soberanía visible: la guerra como acto de mando concentrado. Pero también es un factor de fragilidad: sin una amplia coalición política, la duración de la guerra se vuelve más costosa y más vulnerable a los shocks (víctimas estadounidenses, escalada, incidentes, errores).
Coalición corta en un teatro largo: el Golfo frena, Europa persigue
La operación confirma una geometría ya evidente. El aliado explícito es Israel. Los socios árabes del Golfo, aunque temen a Irán, temen aún más que la desestabilización los convierta en objetivos y en una retaguardia expuesta: los países-puente del dispositivo estadounidense se convierten de inmediato en frontera. Antes de la guerra, esta prudencia ya se había formalizado: Reuters informó a finales de enero de la posición saudí de rechazo al uso de su espacio aéreo y su territorio para acciones militares contra Teherán. La guerra, hoy, obliga a recalcular: algunos gobiernos del Golfo condenan los contraataques iraníes y ofrecen cooperación defensiva, pero lo hacen precisamente porque están golpeados y vulnerables, no porque deseen un conflicto largo.
Europa, por ahora, reacciona con llamamientos al derecho internacional, a la protección de los civiles y a la urgencia de una desescalada; la diplomacia persigue la dinámica militar, no la guía. El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió de urgencia, mientras el OIEA y otros actores técnicos intentan acotar el componente más incontrolable, el radiológico. Reuters informó que la agencia nuclear de la ONU no detectó, en las primeras horas, un “impacto radiológico” de los ataques. Es un detalle técnico que, políticamente, pesa: porque señala que la campaña puede proseguir sin el “freno” de un desastre nuclear, pero también porque devuelve la atención a un dato: la guerra está en marcha mientras se discute cómo evitarla.
Mientras tanto, la crisis desencadena de inmediato una batalla por las víctimas civiles y la legitimidad. El Financial Times informó sobre una matanza en una escuela primaria en Minab, en un contexto de ataques extendidos: es el tipo de hecho que, incluso si no fuera intencional, se vuelve políticamente decisivo, porque desplaza la operación del terreno de la “precisión” al de la “culpa”.
El regalo estratégico a China: saturación y simultaneidad
Toda guerra prolongada en Oriente Medio es un impuesto estratégico sobre el Pacífico. Si Washington queda clavado en un teatro costoso y políticamente tóxico, reduce la atención, las municiones y las prioridades en otras partes. Pekín no tiene que hacer mucho: basta con que Estados Unidos se consuma en un conflicto que se prolonga, porque sostener la duración es difícil. Además, la simultaneidad de teatros en los que estar presente es un arma eficaz contra la potencia estadounidense: no hace falta derrotarla, basta con saturarla. Y la guerra con Irán, tal y como ha empezado — coalición corta, teatro largo, represalia regional, riesgo energético — es un saturador perfecto.
La teoría del fin: la salida nunca es un acontecimiento
El nudo más peligroso no es la entrada en guerra; es la falta de una teoría creíble del objetivo final y, por tanto, del fin de esta guerra. Si el objetivo declarado pasa a ser “quitar el yugo” y “favorecer el cambio de régimen”, el listón sube automáticamente: no basta con haber golpeado, hay que producir un desenlace. Pero un cambio de régimen provocado “desde el aire” es inédito, y una dictadura — sobre todo si es imperial como la persiana — tiene una tolerancia al dolor más alta que la de una democracia. El riesgo, entonces, es doble: no solo no consigues el colapso del régimen, sino que obtienes un régimen más duro, más paranoico, más dispuesto a sacrificar la economía y el bienestar por la disuasión.
En este escenario, todas las “salidas” posibles son imperfectas. Un alto el fuego rápido salvaría la región, pero dejaría abierta la cuestión estratégica y, sobre todo, parecería una media derrota, dado que la operación se ha presentado como un giro histórico. Una negociación bajo fuego, en cambio, exige algo que la guerra tiende a consumir: confianza mínima y canales estables. Una guerra larga, por último, es la peor salida: porque quema el recurso más escaso de la hegemonía en un interregno, la capacidad de durar, y transforma el teatro de Oriente Medio en una máquina de desgaste de la postura global estadounidense.
El punto que no cambia: a Irán le basta con encarecer el “después”
De los elementos analizados — mando, apagón, represalia regional, prima energética, coalición corta, fractura política interna estadounidense — se desprende una tesis: Irán no necesita ganar en el sentido clásico. Debe hacer prohibitivo el cruce del umbral y costosa la gestión del “después”. En este sentido, la crisis iraní es un dispositivo de desgaste de la “forma” estadounidense: no de Estados Unidos-potencia, sino de Estados Unidos-capacidad de durar sin deshilacharse.
La decisión del 28 de febrero ha salvado la credibilidad “aquí y ahora”. Pero ha transformado la credibilidad en deuda: una deuda que se paga con la paciencia interna, con la cohesión de los aliados, con la resiliencia económica, con la sostenibilidad de las existencias y con la capacidad de impedir que el escenario de Oriente Medio se convierta en una trampa de desgaste. La verdadera pregunta, por tanto, es si Estados Unidos e Israel tienen una teoría del fin — una teoría de la salida — que no coincida con la vana esperanza de que, en la oscuridad, el régimen se derrumbe por sí solo.





