La restricción interna de la estrategia y sus efectos geopolíticos (redactado el 31/01/2026; publicado en Limes 2026/2).
PRÓLOGO – La nueva National Security Strategy como autobiografía imperial y termómetro doméstico
Hay documentos que describen el mundo y otros que, mientras fingen describirlo, describen, sobre todo, a quien los escribe. La NSS 2025 de la América trumpiana pertenece a la segunda categoría: es, antes que una doctrina, un autorretrato.1 No solo porque traduce al lenguaje oficial la filosofía America First, sino también porque escenifica el nexo decisivo de esta fase: la política exterior es un two-level game, ya no separable de la forma social interna; y la hegemonía ya no es sostenible como “arquitectura” si la sociedad que la sostiene pierde confianza, pertenencia y capacidad de cooperación.2 En otras palabras, la NSS 2025 también es un termómetro doméstico.
En 2022, el orden basado en reglas se presentaba como multiplicador de potencia;3 en 2025, el orden se convierte en un coste político y la seguridad se redefine como soberanía selectiva — fronteras, industria, energía, supremacía tecnológica — con una gramática más contractual, más condicional y más permeable a la guerra cultural interna. El paso no es solo de contenido: es un cambio de régimen discursivo, es decir, de lo que América se promete a sí misma.
La tesis de este ensayo es que la regresión social y la tribalización — aceleradas con la entrada de Trump en política en 2014 — conllevan una pérdida de cohesión, entendida como vínculo estructural de la estrategia interna y externa. Reducen la capacidad de transformar recursos en una línea coherente y, en consecuencia, comprimen el margen de acción. Una superpotencia puede absorber errores tácticos; no puede absorber durante mucho tiempo una crisis de legitimidad y pertenencia sin que el exterior se convierta en terapia identitaria y el interior en un campo de batalla permanente.
Desde esta perspectiva, 2026 es un año-umbral porque combina dos dinámicas. Por un lado, la transición hegemónica acelera la competencia internacional: más teatros, más actores con iniciativa, más instrumentos de bajo coste (drones, ciberespacio, desinformación). Por otro lado, Estados Unidos atraviesa una revolución política interna que reduce la previsibilidad de su conducta exterior. La consecuencia es sistémica: la falta de fiabilidad percibida de Washington empuja a aliados y socios a un hedging explícito, acelera un mundo menos coordinado y más competitivo y, al mismo tiempo, ofrece a rivales y oportunistas el terreno ideal para la “estrategia del estrés”: probar y desgastar, más que desafiar frontalmente.
1. De la hegemonía arquitectónica a la hegemonía transaccional: cuando el orden se convierte en coste político
Entre la NSS 2022 y la NSS 2025 no hay una simple alternancia entre intervencionismo y retirada. Cambia la forma misma de la hegemonía. En 2022, América intenta gobernar la competencia construyendo marcos: alianzas, reglas, disuasión integrada, previsibilidad. En 2025, declara que gobernar “todo” fue un error: sin prioridades, el imperio se dispersa, alimenta el free riding de los aliados, debilita la base industrial y social y genera resentimiento interno. Es el diagnóstico del hegemón cansado: reducir el overstretch y convertir la primacía en una palanca negociadora.
Esta conversión es posible porque el consenso que sostenía el orden se ha desgastado. Durante décadas, el liderazgo global se narró como bien doméstico: estabilidad exterior como prosperidad interior, apertura como ascensor social, primacía como seguridad. Cuando ese nexo se rompe — o se percibe como una estafa — la hegemonía se convierte en objeto de disputa. El orden deja de ser una infraestructura invisible y se convierte en un coste visible y, por tanto, en un target. Y cuando se convierte en un target, la política exterior deja de ser “política de América” y pasa a ser “política entre Américas”.
De ahí la atracción por la gramática contractual: alianzas como intercambio, seguridad como servicio, protección con factura. No es solo cinismo; es una respuesta a un sistema político que debe hacer compatible cada gasto exterior con un electorado fragmentado y una economía moral herida, en la que el reconocimiento cuenta tanto como la renta, y la dignidad del trabajo pesa tanto como los indicadores macroeconómicos. La promesa implícita es: devolvemos la soberanía haciendo tangible el mando (frontera, aranceles, energía, policía, jueces) y transformamos las relaciones externas en transacciones que puedan venderse como “victorias”.
Aquí entra la dimensión sociológica. Putnam mostró cómo la pérdida de capital social dificulta sostener proyectos colectivos de larga duración y cómo la erosión de la confianza y de las redes cívicas debilita la capacidad de cooperar.4 En geopolítica, esto se traduce en una menor “paciencia imperial”: tolerancia más baja a los costes prolongados, demanda de resultados rápidos y tentación de intercambiar la estabilidad por la performatividad. La forma geopolítica de la desintegración social no es, por tanto, el fin de la potencia, sino su irregularidad: golpes de fuerza alternados con desenganche, moralismo alternado con cinismo, universalismo residual alternado con lógicas de esfera. La intermitencia, más que un incidente, se convierte en estructura: dificulta la disuasión, porque las líneas rojas cambian; dificulta la diplomacia, porque los compromisos no “escalan” en el tiempo; y ofrece a los adversarios un manual simple: “estresar” hasta que la fricción interna convierta cada coste en una crisis política.
2. El vínculo interno: regresión social, crisis de confianza y domesticación de la estrategia
“Regresión social” aquí significa el retorno de formas de conflicto menos mediadas por instituciones legitimadas y por un capital cívico compartido. Es un doble colapso: un descrédito vertical frente al Estado y una desintegración horizontal entre los ciudadanos. En términos geopolíticos, la relación es casi mecánica: menos confianza equivale a una menor capacidad para aceptar sacrificios colectivos y, por ende, a una política exterior de menor plazo, más transaccional y más reactiva.
Dos series hacen visible la trayectoria. La confianza en el gobierno federal, medida a largo plazo, se mantiene en 2025 cerca de mínimos históricos: alrededor de una quinta parte de los estadounidenses declara confiar “siempre” o “la mayor parte del tiempo” en Washington.5 La confianza interpersonal también ha caído respecto a mediados del siglo XX y le cuesta recuperarse; las mediciones comparadas muestran un país menos dispuesto a creer que “los demás” sean fiables.6 Es una fractura que no afecta solo a la política: afecta a la capacidad de coordinación, es decir, a la materia prima de la potencia organizada.
La regresión también es material y percibida: los costes de la vivienda, la compresión de los márgenes de las clases medias y la inseguridad laboral transforman la promesa de movilidad en una experiencia de trinchera. Sobre esa fractura, se injerta la guerra cultural: la demanda de protección ya no pide integración en el mundo, sino blindaje frente a él. Aranceles, reshoring y control de los flujos migratorios se convierten, a la vez, en política económica y política identitaria.
La lente durkheimiana ayuda a sostener el conjunto. Cuando las reglas compartidas se debilitan, crece la anomia: la pérdida de normas y de sentido de justicia vuelve plausible el abandono del pacto social.7 La anomia no produce solo malestar, sino también la búsqueda de pertenencia, de identidades impermeables y de la moralización del conflicto. La regresión puede leerse como una combinación de anomia y strain: fricción entre las metas celebradas y los medios efectivamente disponibles. En ese vacío prosperan el cinismo, el resentimiento y los chivos expiatorios; el Estado se convierte, para una porción creciente del país, no en solución sino en campo de disputa.
A esto se añade la dimensión psicopolítica: indicadores de ansiedad y depresión aumentados respecto a 2019, récords de estrés y rabia y la crisis del American Dream como promesa colectiva.8 Políticamente, la transformación se manifiesta en “partidismo negativo”: identidad definida más por el odio al otro que por la adhesión a un proyecto.9 Cuando la identidad es negación del otro, la política exterior se convierte inevitablemente en extensión de la guerra interna: cada dossier es un ajuste de cuentas moral, cada alianza una prueba de pureza, cada compromiso una capitulación.
2.1 Violencia de baja intensidad: de “polarización afectiva” a “guerra civil intermitente”
La violencia política no nace de la nada: surge cuando el conflicto se convierte en boundary work permanente, es decir, en la producción de fronteras morales que separan a los merecedores de los enemigos.10 En este clima, la política deja de ser conflicto regulado y pasa a ser conflicto ontológico: no discutimos sobre qué hacer, sino sobre quiénes somos. En ese punto, la violencia se vuelve más pensable y justificable, aunque siga siendo episódica.
Los episodios — atentados, agresiones, asesinatos políticos — funcionan como umbrales: no porque, por sí solos, cambien la estructura, sino porque vuelven la violencia parte del repertorio imaginable. El punto geopolítico es que la violencia de baja intensidad no necesita convertirse en guerra civil para tener efectos estratégicos: basta con que haga crónica la inseguridad, aumente la demanda de coerción y transforme cada elección en una potencial crisis de legitimidad. El País entra así en una fase de inestabilidad “manejable” pero corrosiva, en la que la energía política se consume en prevenir el colapso simbólico, en lugar de construir consenso.
En los últimos años, la polarización se ha traducido en “polarización afectiva”: el adversario político ya no es un competidor, sino un enemigo indigno.11 A menudo, el dato no es el acto en sí, sino la reacción: atribución instantánea de culpa al “campo enemigo”, lectura partidista y conversión del evento en arma narrativa. Esto estrecha el arte del compromiso interno, pero incentiva el uso del mundo exterior como teatro de compensación. La postura internacional se vuelve en lenguaje identitario: sanciones, muros, aranceles, misiones y retiradas se consumen como pruebas de pertenencia antes que como instrumentos de estabilización.
2.2 Ecosistemas y liderazgo: gobernar una coalición bajo estrés con la política exterior como señal
En este marco, el trumpismo no es solo una doctrina: es un ecosistema. Un archipiélago de plataformas, donantes, think tanks, iglesias, influencers, redes de movilización. En el ecosistema trumpiano, la política exterior se convierte en una señal de lealtad y en una herramienta de guerra cultural. Florida — con Mar-a-Lago como hub simbólico y organizativo — es un condensador: el lugar donde la rebelión populista y la coordinación de élite se encuentran.12
En una sociedad tribalizada, el liderazgo cambia de naturaleza. Ya no se exige la capacidad de integrar intereses divergentes, sino más bien la de prevalecer sobre la otra América. El gobierno se vuelve más performativo y menos administrativo: las políticas se diseñan para trazar una frontera antes que para resolver un problema. Esta arquitectura multiplica la movilización, pero dificulta la coordinación de una línea coherente. Se puede ganar con una coalición laxa; sin embargo, gobernar exige disciplina y la disciplina es un bien raro cuando la reputación interna depende de la intensidad del conflicto, no de la eficacia de la mediación.
2.3 Guerra por la realidad: cultura, conocimiento y procedimientos democráticos como “fronteras”
La regresión estadounidense tiene una dimensión epistémica: la posibilidad misma de una realidad compartida se erosiona ante ecosistemas informativos antagonistas y ante incentivos económicos a la polarización. La legitimidad electoral se convierte en una frontera moral: ¿quién pertenece al demos? ¿Quién puede decidir? Cuando la legitimidad se impugna de forma permanente, la política ya no disputa programas: disputa al árbitro. La democracia vive también de rituales compartidos: si el rito (procedimiento, certificación, aceptación del resultado) pierde credibilidad, el pacto mismo la pierde.13
En ciclos electorales con márgenes estrechos, esta guerra por el árbitro se ha traducido en un conflicto procedimental: acusaciones de fraude, presiones sobre funcionarios locales, certificaciones impugnadas, intentos de retrasar los resultados y de convertir cada recuento en una guerra narrativa. El punto en 2026 no es replicar mecánicamente la “estrategia 2020”, sino normalizar la idea de que el procedimiento es negociable. Cuando la normalidad democrática se percibe como manipulación, resulta plausible la tentación de “salvar” la nación suspendiendo las reglas.
En estas condiciones, gestionar el disenso resulta casi imposible sin deslizarse hacia la censura o un laissez-faire tóxico. Ambas soluciones alimentan la espiral de desconfianza: la primera, porque parece tiranía; la segunda, porque parece abandono. Como el conflicto cognitivo atraviesa cada expediente, se traslada a las alianzas, a la ciencia, a la guerra e incluso a los procedimientos que deberían arbitrarlo.
Aquí, el tema del gatekeeping no es técnico: es geopolítico. Si las plataformas y los medios determinan qué se vuelve visible y creíble, el control o la captura de estos canales incide directamente en la cohesión.14 Y cuando la cohesión es la precondición de la estrategia, la información se convierte en infraestructura de seguridad, por tanto, en terreno de guerra.
En este marco, la consolidación de los medios no es un asunto neutro: puede acelerarse mediante demandas, amenazas regulatorias y adquisiciones “alineadas”, lo que reduce el pluralismo efectivo y estrecha el espacio para una realidad compartida. El resultado es una democracia más ruidosa y menos verificable: muchas narrativas, pocos árbitros reconocidos. Cuando incluso la ciencia y las agencias estadísticas se convierten en parte de la disputa, la sociedad pierde la capacidad de producir “verdades operativas” — datos, indicadores, diagnósticos — y, por tanto, también la capacidad de planificar.
2.4 Caos institucional: soberanía total, deslegitimación de poderes, “guerra contra los frenos”
Cuando el Estado ya no se percibe como árbitro, sino como parte, la autoridad legal-racional pierde apoyo y crece la tentación carismática: no confío en el procedimiento, sino en el líder que promete “devolver el Estado”. Es uno de los motores del trumpismo: no pide solo políticas distintas, sino un principio distinto de legitimidad. El voto se convierte en mandato personal, es decir, en autorización para doblegar cuerpos intermedios y aparatos.
Aquí entra la doctrina de la soberanía “absoluta” — desatada de vínculos — entendida como promesa de simplificación: reconducir fronteras, comercio, energía, orden, cultura, tribunales, welfare, elecciones y alianzas a un único imperativo: restaurar el mando. El paso de la doctrina a la revolución ocurre cuando los símbolos se vuelven instituciones: depuraciones de funcionarios, eliminación de watchdogs, captura de los power ministries (en particular Justice Department y FBI), uso selectivo de investigaciones y sanciones administrativas y redefinición de la relación Estado-sociedad como relación entre mando y obediencia.15
El resultado no es un colapso súbito, sino una guerra de desgaste entre poderes: hardball constitucional, contramedidas, recursos, bloqueos y venganzas administrativas.16 El procedimiento se convierte en un campo de batalla y el derecho en una táctica: las instituciones dejan de frenar y empiezan a pelear entre sí, convirtiendo la parálisis en un efecto estructural. A esta dinámica se suma un federalismo antagonista: Estados como regímenes morales competidores, laboratorios y contra-regímenes; no secesión, sino una divergencia estable que corroe la idea misma de política nacional unitaria.
La regresión social produce, además, una vulnerabilidad moderna: la stress strategy. Los adversarios no tienen que derrotar a Estados Unidos; pueden limitarse a estresarlo, sabiendo que el estrés genera conflicto político interno. Ciberguerra, desinformación, choques en las cadenas de suministro, crisis migratorias: cada perturbación se convierte en una ocasión de guerra interna. Es el efecto de una sociedad que ha perdido la capacidad de absorber shocks sin convertirlos en deslegitimación. De ahí la atracción hacia un centro decisional; pero en un sistema construido para ser lento y equilibrado, la verticalización produce contra-reacciones y, por tanto, una nueva espiral de inestabilidad.
2.5 Economía moral del declive: estatus, territorio, trabajo, expectativas
La regresión no es solo una caída en el bienestar; es la percepción de que el orden distribuye de manera injusta respeto y humillación. La pérdida de estatus — sobre todo en territorios y grupos acostumbrados a ser centrales — alimenta la demanda de reconocimiento: un culpable, una narrativa, una reparación simbólica. La inmigración, la deslocalización e incluso la transición energética se convierten en catalizadores emocionales: expedientes reales transformados en pruebas de abandono.
El trabajo no es solo renta; es pertenencia y disciplina cotidiana. Cuando se precariza o desaparece, la fractura no es solo económica; es moral. En ese vacío, prospera la promesa de castigo: aranceles como venganza, frontera como purificación, desregulación como liberación, represión como orden. Es una política a la vez distributiva y simbólica: cada elección se lee como sustracción de un “nosotros” en favor de un “ellos”, cada compromiso como humillación, cada gasto exterior como traición. El Estado se solicita, como arma, no como árbitro; y cuando el Estado se vuelve arma, la cohesión se erosiona aún más, porque la otra mitad del país ve en el arma la prueba de la usurpación.
2.6 Generaciones y futuro: cuando el país pierde el mañana
Toda gran potencia vive de un crédito sobre el futuro: la convicción de que mañana será mejor y más ordenado, o al menos predecible. La regresión erosiona ese crédito y acorta el tiempo político: prefiere resultados inmediatos y polarizantes, porque el largo plazo exige confianza institucional y compromisos. La pérdida de futuro también tiene una dimensión epidemiológica: la soledad y el aislamiento se han descrito como una crisis de salud pública, con efectos sobre el bienestar, la confianza y la capacidad cívica.17
Entre los jóvenes, las señales de vulnerabilidad siguen siendo altas: el Youth Risk Behavior Survey 2023 del CDC registra tasas muy elevadas de estudiantes con tristeza persistente o desesperanza, así como niveles significativos de ideación suicida.18 También, la esperanza de vida, desplomada entre 2019 y 2021, se ha interpretado como un síntoma de estrés sistémico y de fracturas territoriales y sociales.19 Sin un mañana compartido, también el liderazgo externo tiende a degradarse en la gestión de la ansiedad: lo externo se convierte en superficie de proyección de la frustración interna, y el orden global en una abstracción incapaz de competir con las necesidades inmediatas de reconocimiento.
3. El nuevo léxico estratégico: soberanía selectiva, economía como seguridad, cultura como perímetro
La gramática trumpiana gira en torno a tres ejes: burden shifting (desplazar costes a los aliados); realignment through peace (diplomacia presidencial para cerrar expedientes y replanificar regiones); economía como seguridad (cadenas de valor, energía y reindustrialización). La novedad es que estos criterios también se vuelven morales: quien no se adapta no es solo ineficiente, sino incumplidor. La geopolítica se traduce en contabilidad ética.
Cuando la política es moral-identitaria, las palabras se convierten en marcadores. Hunter, al definir la culture war, insiste en que la política deja de ser un conflicto entre intereses y se convierte en un conflicto entre mundos morales.20 En ese contexto, free rider, decadencia, fronteras porosas, traición no son argumentos: son identidades. Por eso, la NSS 2025 también es un texto dirigido a una coalición interna que exige señales. Y la política exterior, para sostenerse, debe ser narrativamente compatible con la guerra cultural.
En 2026, el nexo entre la identidad y las cadenas de valor emerge con fuerza en energías, electrificación e IA. La competencia no se limita a los modelos: abarca también infraestructuras y la capacidad de generar y distribuir electricidad; se centra en el stack eléctrico (baterías, motores, power electronics) y en los minerales críticos. La carrera por la IA, promesa de primacía, incrementa la dependencia de los data centers, las redes y los componentes y, en consecuencia, de las decisiones domésticas sobre permisos, energía y trabajo. En un país que discute incluso la evidencia empírica en clave partidista, la gobernanza tecnológica corre el riesgo de convertirse en una guerra de bandos: la tecnología como arma contra el otro, antes que como base de prosperidad colectiva.
4. Qué debe esperar el mundo: teatros externos como espejos de la fractura estadounidense
Si la regresión social es el hilo rojo, los teatros externos no son capítulos separados: son espejos y válvulas de escape. Los interlocutores de Estados Unidos no deben esperar una retirada lineal, sino una América más condicional e intermitente: capaz de golpes rápidos y coerción económica, menos capaz de sostener compromisos largos sin convertirlos en referéndums identitarios internos.
4.1 Europa
Europa debe esperar una América no solo más condicional, sino también más “moral” en el peor sentido del término: no moralidad universalista, sino moralidad identitaria que mide a los aliados según criterios culturales internos. La relación transatlántica oscila entre contrato y juicio: pagad más, haced más y, además, sed compatibles con nuestra narrativa. De ello derivan presiones sobre el gasto y la preparación; una disuasión más negociada; fracturas intraeuropeas entre quienes ven el paraguas de EE.UU. como único seguro y quienes construyen autonomías selectivas, clubes regionales y una política industrial militar. Cuando cae la fiabilidad percibida, crece el hedging y la disuasión pierde grosor, precisamente porque el vínculo político se vuelve más frágil que el militar.
4.2 Indo-Pacífico
La prioridad sigue siendo contener a China, pero con modalidades cada vez más económicas e industriales: controles, aranceles, cuellos de botella, estándares. Es una estrategia potencialmente eficaz, pero exige coordinación continua y estabilidad de rumbo, es decir, lo que la regresión erosiona. El riesgo para aliados y socios no es el abandono “total”, sino la intermitencia: demandas más duras, oscilaciones de tono, señales contradictorias. Para Pekín, la discontinuidad estadounidense es una invitación a probar umbrales y a desplazar la iniciativa hacia áreas grises, como la coerción económica y la presión psicológica, donde la respuesta de Washington se politiza con mayor facilidad.
4.3 Oriente Medio
En la lógica del realineamiento, la región de Oriente Medio se convierte en el lugar donde cerrar expedientes, reducir el ancho de banda e impedir que una escalada devore la atención. De ello deriva una diplomacia más presidencial y transaccional, hecha de intercambios y garantías condicionales. Pero la gestión mercantil legitima a los brokers y backchannels, multiplicando la idea de que todo es negociable y debilitando las líneas rojas; con umbrales más frágiles y armas de bajo coste, el riesgo es una espiral por accidente. Y cuando el accidente produce imágenes impactantes y polariza a la sociedad, la gestión regional queda rehén de la guerra interna estadounidense.
4.4 América Latina y hemisferio occidental
Es el teatro donde América tiende a ser más asertiva y menos ambigua, porque aquí la política exterior coincide con la política interna: migración, frontera, cárteles, fentanilo, seguridad urbana, ansiedad social, percepción de declive. El hemisferio ya no es “vecindario”: es la retaguardia identitaria. En la NSS 2025, esto se codifica como un Trump Corollary a la doctrina Monroe (rebautizada “Donroe”), que comprime la migración, el narcotráfico y la penetración china en un único marco: la frontera violada. Es una securitización: un tema administrativo se narra como amenaza existencial, lo que autoriza la excepción y la verticalidad.21 La frontera se convierte en liturgia de la soberanía: uno de los pocos lugares donde el Estado puede demostrar, con un gesto elemental, que manda.
Para la región, esto significa más presiones operativas y bilaterales, pero también un mayor riesgo de fricciones con socios cruciales (en primer lugar, México), porque cada crisis puede traducirse en culpas políticas y medidas demostrativas. En paralelo, el impulso al nearshoring puede crecer porque ofrece un relato vendible a nivel doméstico (traemos la producción “al continente”), pero tiende a ir acompañado de exigencias más invasivas en materia de seguridad, migración y estándares; la cooperación económica se entrelaza así con una lógica protectora, en la que la asociación queda subordinada al control de la frontera.
4.5 Rusia
En el teatro euro-atlántico, Moscú apuesta por la zona gris: presión informativa, sabotajes plausibles, instrumentos energéticos y migratorios. Una América regresiva puede oscilar entre enfoques deal-driven y punitivos; la imprevisibilidad incentiva a Moscú a estresar a Occidente, apostando a la fatiga de la política estadounidense y a las fracturas entre aliados. La guerra larga se convierte en palanca: no tanto para ganar en el terreno como para ganar en la percepción y en la capacidad de hacer permanente el coste político de la guerra.
4.6 China
Adversario estructural, pero entrelazado por la interdependencia: EE.UU. necesita materias primas (también procesadas) y capacidades industriales chinas; China necesita tecnología y el mercado estadounidense para absorber parte del excedente productivo. En este marco, la dureza económica estadounidense puede aumentar, pero la fragilidad política dificulta sostener una línea de largo plazo. Para Pekín, la regresión estadounidense es una oportunidad de tiempo: no hace falta ganar ya; basta con esperar, estresar, dividir a los aliados y hacer costosa cada elección de Washington.
4.7 Mundo
En conjunto, el sistema debe esperar una América que intenta gestionar la transición no con un nuevo orden, sino con un desorden gobernado: mesas múltiples, compensaciones, umbrales negociados, acuerdos parciales. Pero si la cohesión interna cae, el desorden gobernado corre el riesgo de convertirse en desorden improvisado: ajustes tácticos presentados como estrategia. En este contexto, los aliados reaccionan aumentando el hedging y las redundancias; los adversarios prueban los umbrales y explotan las fracturas.
Además, la regresión social dificulta la gobernanza internacional de las tecnologías de alto impacto. La IA, por su naturaleza, acentúa la asimetría entre la velocidad de la innovación y la capacidad regulatoria; si la capacidad estatal se debilita y la confianza pública es baja, cada decisión sobre seguridad, trabajo e información se interpreta como arma de parte. La competencia tecnológica se vuelve entonces doble: carrera por los modelos y carrera por el orden, es decir, por la capacidad de gestionar los efectos sociales sin convertirlos en guerra interna.
5. Escenarios domésticos: trayectorias, no futuros alternativos
Para imaginar escenarios futuros, conviene recordar que la regresión social no es solo un declive: también es una demanda de recomposición. Polanyi llamaría a todo esto una “contra-movida”: cuando la economía desincrustada produce inseguridad y pérdida de estatus, la sociedad intenta “re-encastrar” el mercado y la vida social dentro de un orden político.22 El problema estadounidense es que la contra-movida ocurre en una democracia hiper-mediatizada y tribalizada: por tanto, la recomposición corre el riesgo de asumir la forma de una guerra reptante.
Los cinco escenarios siguientes no son futuros alternativos rígidos: son trayectorias que pueden superponerse, en función de tres variables: grado de captura de las instituciones federales; capacidad de los estados y de las grandes áreas metropolitanas para actuar como contrapoder; calidad del “campo informativo” y resistencia de la cohesión social. 2026 es un año-umbral en el que la fricción interna estadounidense se convierte, por sí sola, en una fuente primaria de riesgo global.
5.1 Escenario I – Estabilidad coercitiva (verticalización conflictual)
La soberanía absoluta se traduce en una arquitectura de mando: disuasión interna, autocensura de la oposición, elevación de los costes del disenso. La politización no es un accidente, sino un método: la transformación de los power ministries en brazos políticos de la Casa Blanca; la disposición de la Corte Suprema a una concepción maximalista del poder presidencial, coherente con la unitary executive theory.23 A corto plazo, la gobernanza puede parecer más rápida; a medio plazo, sin embargo, resulta más frágil. En 2026, en esta trayectoria, domina la lógica preelectoral: rediseño de distritos como señal de mando, protección e indulto para transgresores alineados, vaciamiento de estructuras de defensa electoral y presiones sobre infraestructuras y certificaciones; en el caso extremo, uso extensivo de “seguridad” y “emergencia” para condicionar el acceso al voto. El efecto colateral es un aumento del riesgo sistémico: mayor corrupción explícita, inversiones dependientes de la proximidad política y, por tanto, mayor fragilidad económica y mayor conflicto institucional.
5.2 Escenario II – Archipiélago federal (divergencia estable)
La fractura se institucionaliza: los estados y las áreas metropolitanas se convierten en regímenes morales competidores. No se trata de secesión, sino de una incompatibilidad creciente: se vive en un país formalmente unitario, pero sustancialmente plural. El federalismo opera como freno y multiplicador: Washington puede ser contenido, pero también ejerce represalias financieras; además, en distritos disputados, el conflicto se vuelve procedimental (acusaciones de fraude, presiones sobre funcionarios, certificaciones impugnadas). En el exterior, la política tiende a elegir dossiers breves y de alta vendibilidad interna, porque cada compromiso a largo plazo puede ser saboteado por el disenso interno.
5.3 Escenario III – Violencia intermitente (baja intensidad, alta politización)
No estalla una guerra civil clásica; crece una violencia episódica y simbólica, a menudo de actores solitarios o de micro-redes, con picos ligados a elecciones, procesos y “crisis morales” mediatizadas. La respuesta institucional tiende a la securitización: más disuasión interna, más vigilancia, más conflicto sobre los límites entre el orden público y la represión, con retroalimentación de desconfianza que alimenta la radicalización. En el exterior, la credibilidad sufre: los adversarios explotan imágenes de desorden y los aliados aceleran el hedging, porque perciben un país menos capaz de sostener compromisos y más inclinado a oscilar.
5.4 Escenario IV – Recomposición imperfecta (re-encastre pragmático)
Parte de las fracturas se atenúan con políticas de materiales: reindustrialización creíble, reducción de algunas inseguridades (trabajo, vivienda, sanidad), inversiones tecnológicas e infraestructurales que generan dividendos perceptibles.
Aquí, el riesgo está en el atajo: reencastrar sin recomponer. Si la reindustrialización se guiara más por clientelismo que por eficiencia y si los grandes instrumentos públicos (subsidios, aranceles, contratos, cuotas de propiedad) se convirtieran sobre todo en dispositivos de premio y castigo, nacería un “capitalismo político”. El sistema económico se polariza como el cultural: invertir pasa a ser también elegir bando. La ventaja inmediata es la gobernabilidad; el coste, la pérdida de dinamismo, la mala asignación y una nueva forma de desconfianza, porque el Estado también aparece como árbitro de parte en la economía.
En este escenario, la cultura de guerra no desaparece, pero pierde su centralidad porque la promesa nacional vuelve, en parte, practicable. Condición necesaria: reconstruir la capacidad estatal; sustituir expertos por fieles debilita la recogida de datos y la respuesta ante crisis; y, en paralelo, hay que contener la deriva hacia un capitalismo político en el que el alineamiento partidista determina los resultados económicos.
5.5 Escenario V – Choque y reagregación (o choque y aceleración)
Una crisis exterior mayor — guerra, gran ataque, colapso financiero o ciber-catástrofe — puede activar un rally y reanimar una solidaridad mínima. Pero también puede hacer lo contrario: ofrecer un pretexto para purgas, sospechas y scapegoating, acelerando la soberanía absoluta y la crisis de los frenos. El punto crítico es que el choque llega a un ecosistema ya degradado: consolidación mediática, erosión de la capacidad estatal y ausencia de gobernanza sobre tecnologías de alto impacto, en particular la IA. En ambos casos, el choque se convierte en prueba de legitimidad: si el pacto social ya está roto, la crisis no une sino divide; y si las instituciones no se perciben como árbitros neutrales, la gestión de la emergencia se vuelve ella misma un arma de parte.
Para el sistema internacional, el escenario del choque es ambivalente: puede generar un retorno del liderazgo estadounidense (rally, recursos, coaliciones), pero también puede producir la forma más peligrosa de intermitencia: la emocional. En un ciclo emocional, la disuasión se vuelve reaccionaria, la diplomacia se reduce a un ultimátum y la gestión de costes recae sobre los aliados. En ese caso, la fiabilidad no depende de la potencia, sino del humor político: una crisis puede desencadenar una escalada rápida o, por el contrario, una huida precipitada si crece el coste simbólico interno. El resultado más probable es una aceleración de la adaptación global: mayor autonomía europea, mayor zona gris en el Pacífico, más intermediarios regionales en Oriente Medio y mayor militarización de la retaguardia hemisférica.
EPÍLOGO – La duda no es “qué hará América”, sino “cuánto tiempo logrará quererlo”
La NSS 2025 se propone como manual de selección estratégica: elegir teatros, reducir dispersiones, devolver la potencia a un perímetro sostenible. Pero, al hacerlo, revela casi involuntariamente el diagnóstico más duro: la fragilidad interna no es ruido de fondo; es la restricción que mide la duración de cada compromiso. La regresión social no “influye” en la política exterior: la determina, porque define cuánta paciencia colectiva existe, cuánta confianza institucional queda, cuánta legitimidad política tiene el sacrificio.
Por eso, la regresión es la verdadera lente: explica por qué el lenguaje de la transacción sustituye al de la comunidad; por qué la alianza se vuelve contrato; por qué la disuasión se vuelve intermitente; y por qué la política exterior se “domestica” hasta convertirse en extensión de la frontera y de la guerra cultural. Explica también el riesgo mayor: cuando la política exterior se convierte en teatro doméstico, su lógica deja de ser la estabilidad y pasa a ser la performatividad. No cuenta solo la elección que reduce riesgos en el mundo; cuenta la elección que produce pertenencia y castiga al enemigo interno.
Los aliados reaccionarán aumentando el hedging y las redundancias: más capacidades propias, más canales, más autonomía selectiva. Los adversarios usarán el mismo manual: probar umbrales, explotar fracturas, comprar tiempo. En definitiva, no basta entender qué quiere Washington: hay que estimar durante cuánto tiempo logrará quererlo y con cuánta disciplina social e institucional podrá sostenerlo. Cuando la ansiedad se vuelve política, la política se vuelve frontera; cuando la frontera se vuelve identidad, el exterior se vuelve casa. Y en ese punto, la potencia deja de ser palanca y se convierte en reacción. El poder es un producto social, no un dato natural. Si la sociedad se fragmenta, también se fragmenta la potencia. Y cuando la potencia se fragmenta, el mundo se adapta, acelerando la transición hacia un orden más competitivo y menos gobernado. La geopolítica, en esta fase, es la proyección externa de una crisis de vínculos.
NOTAS
- The White House, National Security Strategy, diciembre 2025 (segunda administración Trump), documento oficial.
- Robert D. Putnam, “Diplomacy and Domestic Politics: The Logic of Two-Level Games”, International Organization, 42 (3), 1988.
- The White House, National Security Strategy, octubre 2022 (Biden-Harris Administration), documento oficial.
- Robert D. Putnam, Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community, Simon & Schuster, 2000; Id., “Bowling Alone: America’s Declining Social Capital”, Journal of Democracy, 1995.
- Pew Research Center, “Public Trust in Government: 1958-2025”, 4 de diciembre de 2025 (serie histórica de confianza en el gobierno federal).
- Our World in Data, sección “Trust” (recopilación comparada y notas metodológicas).
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