Hay un umbral invisible a partir del cual una democracia deja de pelear “sobre qué hacer” y empieza a pelear “sobre quiénes somos”. Cuando el debate público se desliza de la administración a la definición, cuando el Estado ya no es solo un regulador, sino que se convierte en un tótem, cuando las instituciones dejan de ser árbitros y pasan a percibirse como partes interesadas, entonces ya no estamos en el terreno de los programas: estamos en el terreno de la ideología. El trumpismo nace aquí, en una crisis tan geopolítica como íntima: Estados Unidos sigue siendo inmensamente poderoso, pero una parte creciente del país siente que ese poder ya no produce forma. La riqueza ya no se convierte en seguridad, la globalización ya no se convierte en promesa, la victoria militar ya no se convierte en orden. La potencia material permanece; la cohesión simbólica se rompe.
Por eso el trumpismo no es solo un populismo de protesta. Es una estrategia de recomposición: recomponer fracturas sociales, recomponer una identidad nacional dispersa, recomponer una idea de soberanía en un mundo donde las cadenas de valor, las migraciones, las finanzas y los ecosistemas mediáticos atraviesan las fronteras más rápido que la política. Es una respuesta estadounidense a un problema que Polanyi había descrito en otro lugar y en otro siglo: cuando la economía “desencastrada” produce inseguridad y pérdida de estatus, la sociedad genera un contramovimiento para reencastrar el mercado y la vida social dentro de un orden político.¹ El trumpismo es un contramovimiento con gramática americana: más plebiscitario que corporativo, más moral que administrativo, más teatral que planificado. En las páginas que siguen reconstruyo la doctrina trumpiana — la soberanía absoluta (“absoluta” en su significado etimológico, “desatada de” cualquier vínculo) como promesa — y analizo por qué hoy esa doctrina está produciendo una revolución política, cuyos resultados siguen siendo inciertos, pero cuya dirección ya es visible.
El acto fundacional del trumpismo es una fórmula religiosa. En el discurso inaugural de 2017, Trump dice: «From this day forward… it’s going to be only America first, America first».2 No está anunciando solo una línea de política exterior: está ofreciendo un principio de selección que organiza el mundo, un marco en sentido goffmaniano.3 A partir de ese momento, todo puede reducirse a una única pregunta: ¿a quién beneficia? Si no beneficia “a nosotros”, entonces es sospechoso. Si un tratado, una alianza, una regulación climática, un acuerdo comercial, una misión militar o una política migratoria “benefician a otros”, entonces son trampas, chantajes y fraudes. Y esa reducción no es un defecto: es una técnica política, porque hace el mundo legible para un elector cansado de la complejidad.
Hay aquí una dimensión de religión civil, según la definición de Bellah: América como comunidad moral herida, que hay que reparar, y no como simple administración de intereses.⁴ El trumpismo no solo pide ganar, sino también restaurar. Y toda restauración siempre necesita dos cosas: una frontera y un enemigo.
La frontera como sacramento: cuando la inmigración se convierte en soberanía
Si “America First” es la teología, la frontera es la liturgia. El trumpismo entiende algo que, en sociología política, es banal y decisivo: la soberanía debe verse, no solo declararse. La frontera es perfecta porque es el único lugar donde el Estado puede demostrar, con un gesto elemental, que “manda”: bloquea, selecciona, expulsa. Es la soberanía reducida a un acto físico.
La escena originaria de esta liturgia se remonta a 2015. En el discurso de lanzamiento de su candidatura, Trump transforma un tema administrativo — los flujos de inmigrantes desde el Sur — en un mito político. Habla de criminalidad, de frontera violada, de invasión; aquí no importa la precisión, sino el gesto: nombrar un enemigo e indicar una brecha.⁵ En una América donde la confianza en las élites está corroída, la transgresión se convierte en una credencial. Si el lenguaje institucional se percibe como la lengua de las élites, entonces quebrarlo se convierte en una señal de autenticidad.
Desde ese momento, la inmigración se “securitiza” según la definición de Buzan⁶ y la teoría de Wæver⁷: deja de ser gestión administrativa para convertirse en una amenaza existencial. Y cuando algo se construye como una amenaza para la supervivencia del cuerpo político, el Estado obtiene licencia para adoptar medidas excepcionales. La frontera se convierte entonces en más que una línea: un criterio moral, una manera de distinguir entre insiders y outsiders, entre los merecedores y los no merecedores. Es lo que Lamont llamaría boundary work: una sociedad que siente que pierde forma redibuja fronteras morales para reconstruir jerarquías y certezas.⁸
La plataforma republicana de 2024 enfatiza esta liturgia como si fuera un catecismo: “seal the border” y “carry out the largest deportation operation in American history”.⁹ Aquí, la palabra “largest” es más importante que el detalle operativo: representa una promesa de verticalidad. La deportación no se presenta como una política pública entre otras, sino como un acto de refundación del Estado.
Es la prueba de que el orden puede volver a existir. En esta lógica, la frontera también se convierte en la clave para reinterpretarlo todo: droga, fentanilo, bandas, desorden urbano, incluso la presión sobre el welfare se conecta con el control fronterizo. Es una forma de “metanarrativa” que simplifica el caos: hay una puerta y alguien la dejó abierta. El trumpismo promete volver a cerrarla.
De la frontera a la fábrica: la soberanía desciende a la economía
Pero una coalición no vive solo de liturgia. Para convertirse en mayoría, el trumpismo debe ofrecer una traducción material de la soberanía. Aquí entra en juego el nacionalismo económico. En una América que ha vivido décadas de deslocalizaciones, precarización y pérdida de estatus industrial, la economía global ya no se considera una oportunidad: se considera un expolio. La globalización ya no es “modernización”: es “humillación”.
El acto inaugural de esta “traducción” es la salida del TPP. El memorando del 23 de enero de 2017 ordena la retirada y justifica la elección en nombre de la defensa de los trabajadores y los salarios, proponiendo la vía bilateral como alternativa “más justa”.¹⁰ Es un gesto con valor geopolítico porque rechaza una arquitectura estratégica diseñada también para contener a China; pero, sobre todo, tiene valor interno: indica que América deja de firmar “grandes acuerdos” percibidos como dispositivos de élite.
Luego le toca a China, el antagonista total. El informe del USTR de 2018 (Section 301) sobre prácticas chinas relacionadas con la transferencia tecnológica y la propiedad intelectual proporciona el fundamento técnico para una guerra comercial que Trump transforma en una guerra moral.¹¹ En el trumpismo, el comercio se convierte en el lugar donde se mide el poder: si la tecnología es soberanía, entonces importar dependencia significa perder libertad. El arancel se vuelve el equivalente económico del muro.
Es significativo que, en 2025, un documento del Congressional Research Service señale que los aranceles de 2018 “remain in effect”.¹² Este detalle es geopolíticamente más importante que muchos discursos: indica que el trumpismo no es solo un paréntesis retórico, sino una infraestructura política que tiende a normalizarse. Y cuando la excepción se vuelve rutina, la ideología ha ganado.
Sociológicamente, aquí el tema decisivo no es solo el salario. Es el reconocimiento. La fábrica prometida es la promesa de un status restaurado. Es una forma de decirles a los sectores de la working class: “no sois descartes de la historia, sois el corazón de la nación”. Y cuando una política económica se convierte en política de status, deja de evaluarse únicamente en términos de eficiencia: también se evalúa en términos de dignidad. Es una transformación profunda: la redistribución ya no es solo renta; es prestigio.
La contradicción que sostiene: proteccionismo y pro-business en el mismo cuerpo
Aquí emerge la contradicción aparente que muchos observadores han confundido con incoherencia: ¿cómo puede convivir el proteccionismo con la desregulación, la defensa de la fábrica con la alianza con el gran capital? La respuesta es sociológica, no doctrinal. La ideología trumpiana no es un sistema lógico: es un sistema de compatibilidad mínima entre bloques sociales distintos.
El Trump del Tax Cuts and Jobs Act habla al mundo empresarial con total claridad: la reducción del tipo federal del impuesto de sociedades del 35% al 21% es una señal medible, un puente con donantes, con la dirección corporativa, con una parte del capitalismo estadounidense que ve en el trumpismo una garantía contra la agenda progresista.¹³
En paralelo, la desregulación se presenta como una estética de gobierno. La Executive Order 13771 (“two-for-one”) establece un principio contable: por cada nueva regulación, eliminar al menos dos.¹⁴ No es solo un principio técnico. Es un símbolo: el Estado “deja de asfixiar” a la América productiva. Es la promesa “drain the swamp” traducida al lenguaje de la economía.
En realidad, el trumpismo no reduce el Estado: lo vuelve selectivo. Aquí Wacquant ayuda a comprender el fenómeno: el Estado puede ser al mismo tiempo permisivo con el mercado y punitivo con los márgenes; ligero cuando impone costes a la empresa y durísimo cuando produce orden y pertenencia.¹⁵ El trumpismo hace exactamente eso: desregular arriba, disciplinar abajo; liberar a la empresa, endurecer fronteras y orden. No menos Estado, sino un Estado con objetivos distintos.
Energía: la soberanía que brota del subsuelo
Si la frontera es soberanía geográfica y el arancel es soberanía económica, la energía es soberanía material. Es el pilar que convierte “America First” en poder tangible: extraer, producir, exportar. La Executive Order de 2017, “Promoting Energy Independence and Economic Growth”, declara que el desarrollo de recursos energéticos es de interés nacional y componente esencial de la seguridad geopolítica, y presenta la regulación ambiental como una carga que debilita a América.¹⁶
El gesto más simbólico es la retirada del Acuerdo de París.¹⁷ En el discurso del 1 de junio de 2017, Trump la presenta como una reapropiación de la soberanía, oponiendo los intereses de los electores estadounidenses a vínculos que, en su narrativa, favorecerían a otros países. La cuestión climática se traduce así en guerra por el autogobierno: no ciencia contra negación, sino nación contra vínculo. Es una torsión potentísima porque desplaza el debate de verdadero/falso a leal/hostil.
En 2024, esta liturgia energética reaparece como eslogan de masas, “drill, baby, drill”, y la idea de una América “energy dominant” capaz de alimentar al mundo.¹⁸ La perforadora se convierte en símbolo nacional. Es un objeto simple: promete riqueza, empleo, autonomía. Y, sobre todo, promete un orden jerárquico: quien controla la energía controla a los demás. La geopolítica entra en el petróleo.
En 2025, un informe del CRS recoge la orden ejecutiva que da inicio formalmente a la salida de París y a las obligaciones correspondientes.¹⁹ De nuevo, lo que importa es la repetición: un pilar ideológico no vive de un acto, sino de un ritual que se renueva.
Law & order: el Estado fuerte dentro de casa
El pilar energético promete potencia; el “law & order” promete forma. Porque un país puede ser rico y armado y, aun así, sentirse vulnerable. El trumpismo entiende que la inseguridad no es solo estadística: es experiencia. En el discurso inaugural de 2017, Trump pinta una América devastada y pronuncia la frase que se vuelve marca: «This American carnage stops right here and stops right now».²⁰
Aquí, Durkheim vuelve a ser útil: cuando una sociedad percibe que las reglas ya no protegen, emerge la anomia.²¹ El trumpismo se presenta como solución a la anomia: restauración del orden, restablecimiento de la jerarquía, regreso del Estado visible. Es una necesidad profundamente moderna: la demanda de que alguien recomponga lo que aparece disgregado.
En 2025, el discurso inaugural promete devolver el “law and order” a las ciudades y lo vincula a una visión más amplia que incluye la denuncia de la “weaponization” de las instituciones y la idea de una sociedad “merit-based”.²² Aquí, el orden público se vuelve parte de un paquete: Estado fuerte contra el caos urbano, pero también Estado “purificado” de élites y burocracias hostiles.
Garland hablaría de “cultura del control”: la política de seguridad como respuesta simbólica a ansiedades difusas.²³ En el trumpismo, esa cultura se convierte también en cultura de la lealtad: quien pide orden es “patriota”; quien problematiza el orden pasa a sospecharse de estar con el caos.
Culture War: la lucha por la realidad
Pero, llegado un punto, la promesa de orden no basta. La anomia no es solo criminalidad: también es desorientación cultural. Aquí, el trumpismo da el salto decisivo: transforma la política en una guerra por la normalidad. El programa republicano de 2024 habla de identidad y de un “way of life” bajo amenaza y propone una nación fundada en “Truth” y “Common Sense”.24 Es un léxico de guerra cultural: ya no se discute de policy, sino de qué es real y qué es decible.
James Davison Hunter describe la culture war como un conflicto por la autoridad moral que define el bien.²⁵ En el trumpismo, esta batalla se condensa en lugares simbólicos: escuela, familia, deporte, universidad, medios. Porque allí se decide quién será la América de mañana. La plataforma de 2024 incluye explícitamente la lucha contra la CRT (Critical Race Theory) y la radical gender ideology entre las prioridades de la agenda nacional.
En 2025, la guerra cultural también se convierte en administración: el discurso inaugural promete el fin de la “ingeniería social” basada en raza y género y declara, como política oficial, la existencia de solo dos géneros.²⁶ Aquí, las teorías de Foucault son pertinentes: gobernar también significa producir categorías, definir la normalidad y administrar cuerpos.²⁷ La cultura entra en el Estado como norma.
Este pilar cumple una función geopolítica indirecta pero crucial: reconstruir la cohesión interna mediante la simplificación moral. La potencia, en la visión trumpiana, exige un pueblo “alineado”; y el alineamiento se produce definiendo enemigos culturales. Es un mecanismo antiguo: la frontera moral como sustituto de la mediación política.
Anti-establishment: palude, weaponization y construcción del enemigo interno
Si la guerra cultural es el pegamento, el anti-establishment es el combustible. Es lo que permite al trumpismo seguir siendo un movimiento incluso cuando gobierna: la promesa no es gobernar mejor, sino liberar. En el discurso inaugural de 2025, Trump habla de una crisis de confianza y de un establishment “corrupto” que habría sustraído poder y riqueza a los ciudadanos, dejando “broken” los pilares de la sociedad.²⁸ Es su interpretación de la historia reciente: la decadencia no es un accidente, sino un producto de las élites.
La palabra clave es “weaponization”. La plataforma de 2024 promete poner fin a la weaponization del gobierno contra el pueblo.²⁹ En 2025, la promesa se vuelve fundacional: Trump sanciona el fin de la weaponization del Department of Justice.³⁰ Aquí Weber ayuda: cuando la legalidad impersonal se percibe como parte, la autoridad se desplaza hacia el carisma.³¹ La confianza ya no va a los procedimientos, sino al líder que dice: “yo os devuelvo el Estado”.
Según Becker, esto también es moral entrepreneurship: definir un mal como “palude” y autorizar su purificación.³² No sorprende que “drain the swamp” siga siendo un eslogan-tótem en la memoria política del movimiento. El aspecto sociológico es que el eslogan crea un “nosotros” y un “ellos” sin necesidad de detalles. Es un generador de pertenencia.
Y aquí emerge un rasgo geopolítico fundamental: el trumpismo tiende a transformar la política exterior en la proyección del conflicto interno. Si las élites han “vendido” el país, entonces los tratados y las alianzas se vuelven sospechosos; las instituciones multilaterales se convierten en instrumentos con los que “ellos” disciplinan a “nosotros”; las guerras lejanas se vuelven trampas. El exterior se convierte en un capítulo de la batalla doméstica.
Alianzas como contratos: la OTAN entre contabilidad y disuasión
Este paso se observa sobre todo en la relación con las alianzas. En el discurso inaugural de 2017, Trump dice que EE.UU. ha “subsidized the armies of other countries” y ha defendido fronteras ajenas, mientras se negaba a defender la propia. Es una frase que moraliza la alianza: ya no bien común, sino agravio sufrido.
En 2018, al hablar con Stoltenberg, Trump presentó las contribuciones a la OTAN como “delinquent”, como si la Alianza fuese una deuda.³³ Esta idea es conceptualmente engañosa: el 2% es un objetivo de gasto nacional, no una “cuota” que se pague a Estados Unidos.³⁴ En el trumpismo, sin embargo, la retórica importa más que la contabilidad real porque produce disciplina: el 2% — ahora 5% — se convierte en tributo por la defensa del imperio. Es geopolítica reducida a lenguaje doméstico.
La NSS 2017 incluye el “unfair burden-sharing with our allies” entre los factores que habrían generado peligro.³⁵ Es la institucionalización del frame: la alianza no se niega, pero se renegocia como un seguro. No comunidad estratégica, sino contrato. En 2024, la famosa frase sobre “animar a Rusia” a “hacer lo que quiera” con quien no paga provoca reacciones inmediatas porque mina la disuasión.³⁶
En 2025, la NSS habla abiertamente de “Burden-Sharing and Burden-Shifting” y utiliza la imagen del América-Atlas que ya no sostendrá el orden mundial.³⁷ Es el trumpismo traducido en doctrina: el orden liberal ya no es una misión, sino un coste. Geopolíticamente, la apuesta es clara y arriesgada: obtener más contribuciones y más obediencia con la amenaza implícita de desenganche, aceptando el precio de la pérdida de credibilidad.
Aquí, Walter Russell Mead ayuda a captar la vena “jacksoniana”: una cultura política que desconfía de compromisos permanentes y mide la política exterior en términos de respeto, reciprocidad y castigo.³⁸ El trumpismo no es aislamiento total; es una selección dura y transaccional.
Jueces e instituciones: la conquista del tiempo largo
Hasta aquí, hemos descrito un movimiento que vive del teatro y del conflicto. Pero el trumpismo se convierte de verdad en “bloque” cuando conquista el tiempo largo. El pilar judicial sirve exactamente para eso: transformar una mayoría emocional en infraestructura. Las tres nominaciones trumpianas al Tribunal Supremo registradas en las cronologías oficiales del Senado son: Gorsuch 2017, Kavanaugh 2018, Barrett 2020.³⁹
La sentencia Dobbs⁴⁰ de 2022 es el resultado simbólico de estas nominas: el Tribunal afirma que la Constitución no confiere un derecho al aborto y revoca Roe y Casey,⁴¹ devolviendo la regulación a los estados. Sociológicamente, es la institucionalización de una disputa: lo que durante décadas fue movimiento y movilización se convierte en sentencia. Es la política transformada en norma.
Y, sin embargo, aquí también la lógica trumpiana genera fricciones. Trump — y parte del MAGA — no quiere solo jueces conservadores: quiere jueces “alineados”, menos autónomos. La fractura entre MAGA y la Federalist Society revela esta tensión: la doctrina no basta; hace falta lealtad.⁴² Es un detalle que revela el rasgo más profundo del trumpismo: la soberanía no es solo ideológica, sino también una exigencia de control sobre los ciudadanos y los órganos intermedios del Estado.
Welfare “nacionalizado”: protección social como frontera
El pilar del welfare a menudo se malinterpreta como una simple suavización táctica o como una contradicción con el enfoque pro-business. En realidad, es el componente que permite al trumpismo presentarse no solo como castigo a las élites, sino también como protección de los insiders. El programa republicano de 2024 insiste en defender Social Security y Medicare, reivindicándolos como derechos conquistados “por los nuestros”.⁴³ Es un welfare nacionalizado: no un universalismo abstracto, sino una protección selectiva ligada a la ciudadanía, el trabajo, el mérito y la pertenencia. Aquí, la soberanía vuelve concreta: el Estado no debe mucho a los otros, pero debe algo a los suyos, y debe hacerlo de modo visible y políticamente explotable.
Aquí el trumpismo se aleja de cierto reaganismo: no promete recortes del welfare, sino protección. Pero lo hace transformando el bienestar en pertenencia: promesas para los insiders, sospechas para los outsiders. La plataforma vincula la defensa de Medicare con una narrativa migratoria, presentando la inmigración irregular como un riesgo para la sostenibilidad financiera. Es un welfare chauvinism: la protección social como privilegio del “nosotros”. La frontera, una vez más, entra en la política interna; esta vez no como aduana, sino como criterio de pertenencia y mérito.
Geopolíticamente, este pilar tiene un significado: en un país que percibe un declive relativo, la protección social se convierte en una infraestructura de cohesión. El trumpismo promete primero asegurar la promesa interna y luego gestionar el mundo. Es la versión social de America First.
Integridad electoral: la legitimidad como frontera
Por último, el pilar más espiritual y desestabilizador: la legitimidad electoral. La plataforma de 2024 insiste en “secure our elections,” proponiendo medidas como “voter identification, paper ballots, proof of citizenship.” También aquí el marco es el de la frontera: ¿quién pertenece al demos? ¿quién puede decidir? La elección se convierte en frontera moral. Y cuando la legitimidad se vuelve tema permanente, la política deja de ser disputa sobre programas para convertirse en disputa sobre el árbitro.
En el discurso inaugural de 2025, Trump presenta la elección como un mandato de restauración y promete restablecer la integridad y la confianza, conectando el tema con el fin de la weaponización. Es una forma de religión cívica invertida: no confianza en las instituciones, sino cohesión a través de la sospecha. Durkheim diría que el rito produce solidaridad;44 aquí la solidaridad nace de la convicción de haber sido traicionados.
Para una superpotencia, esto es geopolíticamente costoso: un país que compromete su legitimidad interna reduce su credibilidad externa y su capacidad para desarrollar una estrategia coherente. Pero para un movimiento, es combustible: convierte cada batalla política en batalla existencial y, por tanto, en una movilización total.
La síntesis: soberanía absoluta, Estado selectivo, guerra por la forma
Llegados aquí, se ve la coherencia profunda del trumpismo. No es coherencia doctrinal, sino coherencia funcional. El trumpismo toma un mundo complejo y lo reduce a una sola pregunta: ¿quién decide? Y luego responde reduciendo la soberanía a símbolos visibles: muro, arancel, perforadora, policía, juez, papeleta.
Su Estado es selectivo: ligero con la empresa y duro con las fronteras y el orden; protector con los insiders y punitivo con lo que amenaza la cohesión. Su política exterior es transaccional: alianzas como contratos, reciprocidad como moral, credibilidad como palanca. Su política interna es guerra por la forma: la cultura, la legitimidad y las instituciones se convierten en campos de batalla.
El trumpismo, en definitiva, es una doctrina de soberanía absoluta porque aspira a reconducir cada esfera — fronteras, comercio, energía, orden, cultura, tribunales, welfare, elecciones, alianzas — bajo el mismo imperativo: restaurar el mando. En una época en que el orden liberal aparece como una máquina que distribuye costes sin producir consenso, el trumpismo ofrece un contramovimiento simple: reconstruir la dimensión política como poder de decisión. El precio es la simplificación moral y la conflictividad permanente; la ganancia es la cohesión emocional.
Por eso, una parte de América lo vive como una amenaza y otra como liberación. Porque no es solo un cambio de políticas: es un cambio de ontología política. Es un intento de rehacer el país volviendo visible aquello que muchos creen perdido: el poder de decir “no”. Pero cuando un movimiento transforma ese “no” en método de gobierno, la cuestión ya no es solo qué hará el Estado, sino en qué se convertirá.
De la doctrina a la revolución: el trumpismo como transformación del régimen
Hasta aquí, el trumpismo ha aparecido como una doctrina: una gramática que reduce el mundo a la pregunta «¿quién decide?» y que, para responder, construye una liturgia de símbolos: el muro, el arancel, la perforadora, la policía, el juez, la papeleta. Pero una doctrina solo se convierte en historia cuando logra transformar los símbolos en instituciones. Es aquí donde, en el segundo mandato, la cuestión deja de ser una agenda y se convierte en un proceso: la soberanía absoluta intenta construir un nuevo contenedor estatal adecuado. Se convierte, por tanto, en una revolución.
Y lo que está ocurriendo en Estados Unidos es precisamente una “revolución política”, entendida como el intento de desmantelar sistemáticamente los controles sobre el poder presidencial, de capturar la maquinaria del gobierno federal y de utilizarla contra los enemigos del presidente. La fórmula es significativa porque desplaza el foco del contenido de las policy al dispositivo de mando: lo que había comenzado como un norm-breaking táctico se convierte en una transformación del sistema, cualitativamente distinta del simple hardball partidista o de un overreach normal del Ejecutivo.
La conexión con la soberanía absoluta es directa. Si el problema es que el Estado se percibe como parte (capturado por burocracias, tribunales, medios de comunicación, universidades, establishment), entonces la promesa de restaurar el mando no puede limitarse a cambiar las leyes: tiene que cambiar los frenos. La revolución, en este sentido, no es la abolición de la democracia, sino su reinterpretación en clave autocrática y plebiscitaria: la legitimidad ya no procede de los contrapesos, sino del voto como mandato personal, es decir, como autorización para doblegar a los cuerpos intermedios. Este proyecto también es una “restauración”: una purga necesaria de un sistema considerado ya corrupto y weaponized, y, por ello, ilegítimo.
La administración ha comenzado a politizar el Estado, en consecuencia: depuración de funcionarios de carrera por razones políticas, destitución de inspectores generales, de watchdogs éticos, de las cúpulas de agencias independientes, y, sobre todo, transformación de los “ministerios de poder” — en primer lugar, el Departamento de Justicia y el FBI — en brazos políticos de la Casa Blanca, tras décadas de relativa autonomía, construida como reacción al Watergate. También los medios, los bufetes de abogados y las universidades entran en el perímetro del control mediante investigaciones, litigios y amenazas orientadas a lograr compliance.
Así se erosionan las normas y los checks garantizados por los tribunales, el Congreso, las agencias independientes, la prensa y la profesión legal. Muchas acciones se concentran precisamente en estos ámbitos y la mayoría ya ha producido resultados: en varios casos, incluso cuando una maniobra es impugnada, su objetivo estratégico se alcanza antes de la sentencia, porque el efecto de enfriamiento sobre redacciones y despachos se produce de todas formas.
Esta es la política como economía del miedo: el coste de la oposición aumenta y el simple hecho de tener que pagarlo modifica los comportamientos. Medios y empresas tecnológicas prefieren desembolsar millones para cerrar litigios, aunque sean “ganables”; los directivos financieros callan y los actores colectivos eligen la prudencia, porque la alternativa es la exposición. El orden ya no es solo “ley y orden”: es “orden como obediencia”, un orden construido para la disuasión interna.
En este paso, el Tribunal Supremo resulta decisivo. Aunque la administración haya perdido varias batallas en los tribunales, a menudo ha aprovechado los tiempos y las lagunas de un sistema legal que no logra seguir el ritmo del Ejecutivo; la Corte, uno de los checks más potentes, en más de una ocasión ha acompañado el empuje revolucionario, también porque la mayoría conservadora parece receptiva a una concepción maximalista del poder presidencial, la llamada unitary executive theory.45 Aquí, la revolución no es solo un hecho de voluntad política: es un hecho de arquitectura institucional y de interpretación de la Constitución.
Desde esta perspectiva, muchas categorías de la ciencia política relativas a la erosión democrática dejan de ser abstractas. Levitsky y Ziblatt han llamado guardrails a las normas informales que impiden que la competencia derive en guerra institucional; cuando se rompen, el sistema sigue en pie formalmente, pero se deforma.46 Bermeo ha mostrado cómo el backsliding moderno rara vez pasa por golpes de Estado y, más a menudo, pasa por la captura gradual de instituciones y procesos.47 La realidad de los hechos muestra exactamente una secuencia de este tipo: no la interrupción del voto, sino la reescritura de las condiciones en las que el voto produce alternancia.
Por eso, la dirección ya es visible, aunque el desenlace sea incierto. Para 2026, es probable un aumento de la “aceptación del riesgo”: con la perspectiva de unas elecciones de medio mandato desfavorables y una ventana que se estrecha, Trump y su círculo estarán incentivados a intensificar el uso de la maquinaria federal contra los adversarios: investigaciones sobre plataformas de fundraising demócrata, donantes, funcionarios y candidatos; represalias regulatorias contra empresas que empleen a críticos; amenazas a fundaciones mediante litigios sobre su estatus fiscal. El resultado, buscado y ya en marcha, es encarecer la crítica y la organización.
La dimensión mediática es parte integral del dispositivo. Son probables nuevas presiones mediante demandas y amenazas regulatorias, pero también mediante cooptación: inversores alineados con Trump que obtienen aprobaciones políticas para adquirir plataformas a cambio de una cobertura favorable, con la perspectiva de una concentración de medios legacy y redes sociales en manos pro-Trump. En una democracia de masas, controlar el ecosistema de la atención significa controlar el perímetro de lo decible: es una manera de producir realidad sin tener que argumentarla.
El punto más delicado, porque toca el último check, es el terreno electoral. He definido antes la legitimidad como frontera: aquí la frontera se convierte en ingeniería. Son muchas las maniobras dirigidas a inclinar el campo de juego: impulso inédito al redistricting a mitad de la década; pardon a los fake electors de 2020; debilitamiento de la Cybersecurity and Infrastructure Security Agency, que ayuda a los estados a defender las elecciones; y la presencia de un negacionista electoral al frente de la seguridad electoral dentro del Departamento de Seguridad Nacional. Si el voto permanece, pero el árbitro y el campo quedan bajo presión, la competencia sigue siendo “competitiva”, pero se vuelve menos “justa”: es una trayectoria típica de los regímenes híbridos.48
¿Por qué, entonces, los desenlaces siguen siendo inciertos? Porque aún existen fricciones reales. Grandes jurados, jurados populares y jueces independientes dificultan convertir la presión política en condenas automáticas, y una victoria demócrata en el Congreso aumentaría la probabilidad de que la revolución fracase, lo que añadiría fricción y legitimaría la resistencia. Además, las coaliciones pueden agrietarse: las fisuras internas del MAGA y la impulsividad del presidente son factores que podrían sabotear el proyecto. El punto, sin embargo, es que incluso el fracaso no devuelve el pasado: deja como herencias poderes ampliados y contrapesos debilitados.
Aquí resulta útil O’Donnell: en las “democracias delegativas”, el líder elegido interpreta el voto como delegación total, y los cuerpos intermedios como estorbo.49 El trumpismo radicaliza esta tendencia dentro de una superpotencia: la política interna se convierte en prueba de soberanía y la soberanía se convierte, literalmente, en la capacidad de imponer costes. Cuando este esquema entra en la administración federal, la transformación ya no afecta solo a la ideología: también afecta a la capacidad y a la forma del Estado.
Y, en realidad, el daño colateral de la revolución es la degradación de la competencia: mientras los lealistas sustituyen a los expertos, la capacidad estatal se debilita; se reducen las capacidades de recolección de datos y de respuesta ante crisis; aumentan las presiones en los nodos de producción estadística y administrativa. La América de hoy comienza a parecerse a la fase final de la era de Gorbachov: un sistema que corre hacia algo desconocido, con una sociedad que acepta la incertidumbre revolucionaria porque juzga insoportable la certeza del declive bajo un orden percibido como fallido.
El deterioro no es solo técnico, sino también moral y cognitivo. La consolidación de los medios degrada el entorno informativo y fragmenta la “realidad compartida” necesaria para la deliberación; la corrupción se vuelve más explícita y la violencia política continúa expandiéndose, con amenazas contra funcionarios electorales, jueces y políticos, mientras los pardons a los responsables del 6 de enero envían un mensaje claro: los rule breakers alineados con Trump pueden contar con protección ejecutiva.
En este marco, la revolución trumpiana es geopolítica incluso cuando parece doméstica. La inestabilidad se irradia hacia fuera: amenazas arancelarias usadas como palanca, alianzas que oscilan con el humor presidencial, erosión del soft power y de la capacidad de coalición, nueva retirada de la cooperación multilateral. Y lo que ocurre en América no se queda en América: la regresión estadounidense se convierte en un acelerante de otras regresiones.
La conclusión, entonces, no es una profecía sino un criterio. El trumpismo genera una revolución política porque intenta transformar la soberanía absoluta del lenguaje en régimen, desplazando el baricentro del equilibrio de poderes a la supremacía del Ejecutivo y de la idea de instituciones-árbitro a instituciones-arma. Los desenlaces son indeterminados y lo seguirán siendo durante años, pero la dirección ya es visible: no un retorno al pasado, sino una refundación conflictiva del mando, con costes internos y externos que, en una superpotencia, se convierten en costes globales.
NOTAS
- K. Polanyi, The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time, Rinehart, New York 1944 (ed. it. La grande trasformazione, Einaudi, Torino 1974): para la idea de “desincrustación” (disembedding) y de reacción social al mercado autorregulado.
- Donald J. Trump, Inaugural Address, 20 de enero de 2017, The American Presidency Project (UCSB): para la fórmula “America First” y la arquitectura simbólica de la investidura.
- E. Goffman, Frame Analysis: An Essay on the Organization of Experience, Harvard University Press, Cambridge (MA) 1974: sobre el framing como estructura interpretativa de la realidad social.
- R.N. Bellah, “Civil Religion in America”, Daedalus, vol. 96, n.º 1, 1967, pp. 1–21: para el concepto de religión civil como gramática moral nacional.
- Donald J. Trump, Remarks Announcing Candidacy for President in the 2016 Election, 16 de junio de 2015, The American Presidency Project (UCSB): para el planteamiento securitario inicial sobre inmigración (cita “When Mexico sends its people…”).
- B. Buzan, O. Wæver, J. de Wilde, Security: A New Framework for Analysis, Lynne Rienner, Boulder 1998: para la teoría de la securitización (la transformación de un tema en cuestión de seguridad).
- O. Wæver, “Securitization and Desecuritization”, en R. Lipschutz (ed.), On Security, Columbia University Press, New York 1995.
- M. Lamont, Money, Morals, and Manners. The Culture of the French and the American Upper-Middle Class, University of Chicago Press, Chicago 1992; y The Dignity of Working Men, Harvard University Press, Cambridge (MA) 2000: para las “fronteras simbólicas” y la dimensión moral de la distinción social.
- Republican National Committee, 2024 Republican Party Platform (“Make America Great Again!”), texto difundido en 2024: para las formulaciones sobre frontera, deportaciones y “way of life”.
- Presidential Memorandum, “Withdrawal of the United States from the Trans-Pacific Partnership Negotiations and Agreement”, 23 de enero de 2017 (White House Presidential Actions).
- Office of the United States Trade Representative (USTR), Findings of the Investigation into China’s Acts, Policies, and Practices Related to Technology Transfer, Intellectual Property, and Innovation Under Section 301 of the Trade Act of 1974, 22 de marzo de 2018.
- Congressional Research Service, “Section 301 Tariffs on U.S. Imports from China”, actualizaciones 2024–2025: para la continuidad de los aranceles de 2018 y su estatus en las revisiones del USTR.
- Tax Cuts and Jobs Act (TCJA), 22 de diciembre de 2017: para la reforma fiscal y la reducción del tipo federal sobre sociedades al 21%.
- Executive Order 13771, “Reducing Regulation and Controlling Regulatory Costs”, 30 de enero de 2017 (Federal Register): para la regla “two-for-one” y el enfoque antirregulatorio.
- L. Wacquant, Punishing the Poor. The Neoliberal Government of Social Insecurity, Duke University Press, Durham 2009: para la coexistencia de desregulación económica e hiperregulación punitiva selectiva.
- Executive Order 13783, “Promoting Energy Independence and Economic Growth”, 28 de marzo de 2017 (Federal Register): para el marco de la energy dominance y para la revisión de regulaciones ambientales.
- Donald J. Trump, Remarks/Statement on the Paris Climate Accord, 1 de junio de 2017, The American Presidency Project / archivos de la Casa Blanca: para la retirada de EE. UU.
- RNC, 2024 Republican Party Platform: recurrencias léxicas y eslóganes energéticos (“Drill, Baby, Drill”, “Energy Dominance”).
- Congressional Research Service, “The Paris Agreement on Climate Change: U.S. Withdrawal and Reentry”, actualización 2025; y Executive Order 14162, “Putting America First in International Environmental Agreements”, 20 de enero de 2025 (White House Presidential Actions).
- Donald J. Trump, Inaugural Address, 20 de enero de 2017, The American Presidency Project (UCSB): para la fórmula “American carnage”.
- É. Durkheim, Le suicide. Étude de sociologie, Félix Alcan, Paris 1897: para el concepto de anomia.
- Donald J. Trump, Second Inaugural Address, 20 de enero de 2025, transcripción oficial (U.S. Embassy transcripts/AP): para “law and order”, “weaponization” y “merit-based”.
- D. Garland, The Culture of Control. Crime and Social Order in Contemporary Society, University of Chicago Press, Chicago 2001: para la lectura del “law & order” como gestión político-cultural de la inseguridad.
- RNC, 2024 Republican Party Platform: para el léxico de “truth”, “common sense” y la representación del “way of life”.
- J.D. Hunter, Culture Wars. The Struggle to Define America, Basic Books, New York 1991: para la teoría de las culture wars.
- Donald J. Trump, Second Inaugural Address, 20 de enero de 2025 (transcripción oficial/AP): para la referencia a “solo dos géneros”.
- M. Foucault, Surveiller et punir. Naissance de la prison, Gallimard, Paris 1975; y Histoire de la sexualité, I: La volonté de savoir, Gallimard, Paris 1976.
- Donald J. Trump, Second Inaugural Address, 20 de enero de 2025 (transcripción oficial/AP): para la narrativa anti-establishment y el diagnóstico de “broken pillars”.
- RNC, 2024 Republican Party Platform: para la promesa de poner fin a la “weaponization of government”.
- Donald J. Trump, Second Inaugural Address, 20 de enero de 2025 (transcripción oficial/AP): compromiso de poner fin a la “weaponization” del Departamento de Justicia.
- M. Weber, Wirtschaft und Gesellschaft, 1922; y Politik als Beruf, 1919: sobre legitimidad, carisma y burocracia.
- H.S. Becker, Outsiders. Studies in the Sociology of Deviance, Free Press, New York 1963: para los “emprendedores morales” (moral entrepreneurs).
- Archivos de la Casa Blanca, “President Trump Participates in a Bilateral Breakfast with the Secretary General of NATO” (12 de julio de 2018): para la retórica de las contribuciones “delinquent”.
- NATO, Wales Summit Declaration, 5 de septiembre de 2014: para el Defense Investment Pledge y el objetivo del 2% del PIB como target nacional.
- The White House, National Security Strategy of the United States of America, 18 de diciembre de 2017 (archivos de la Casa Blanca de Trump).
- Declaraciones de Donald J. Trump en campaña 2024 sobre la OTAN y los “aliados incumplidores” (Reuters/AP, febrero 2024): para la frase de “animar a Rusia” a hacer “whatever the hell they want”.
- The White House, 2025 National Security Strategy, diciembre de 2025 (texto oficial): para “burden-sharing/burden-shifting” y para el enfoque transaccional de las alianzas.
- W.R. Mead, Special Providence. American Foreign Policy and How It Changed the World, Knopf, New York 2001; y “The Jacksonian Revolt”, Foreign Affairs, 2017.
- U.S. Senate, nominaciones al Tribunal Supremo: Neil Gorsuch (2017), Brett M. Kavanaugh (2018), Amy Coney Barrett (2020).
- Supreme Court of the United States, Dobbs v. Jackson Women’s Health Organization, 597 U.S. (2022).
- Supreme Court of the United States, Roe v. Wade, 410 U.S. 113 (1973), y Planned Parenthood v. Casey, 505 U.S. 833 (1992).
- Sobre el choque MAGA–Federalist Society y la figura de Leonard Leo: Politico (30 de mayo de 2025), “Inside the split between MAGA and the Federalist Society”; y Associated Press, 20 de enero de 2025, sobre los ataques de Trump contra Leonard Leo.
- Republican National Committee, 2024 Republican Party Platform (“Make America Great Again!”), 2024: formulaciones sobre Social Security y Medicare (“fight for and protect social security and Medicare”).
- Véase É. Durkheim, Le suicide, cit.: sobre anomia, crisis de integración y el concepto de aplicación interpretativa.
- Calabresi, Steven G.; Yoo, Christopher S., The Unitary Executive: Presidential Power from Washington to Bush, Yale University Press, New Haven 2008: sobre la unitary executive theory como interpretación del art. II y como expansión de la prerrogativa presidencial.
- Levitsky, Steven; Ziblatt, Daniel, How Democracies Die, Crown, New York 2018: para el concepto de guardrails y para la centralidad de las normas informales en la contención de la competencia política.
- Bermeo, Nancy, “On Democratic Backsliding”, Journal of Democracy, vol. 27, n.º 1, 2016, pp. 5–19: sobre las modalidades graduales e institucionales del backsliding (captura de instituciones, distorsión de las reglas de la competencia).
- Levitsky, Steven; Way, Lucan A., Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes after the Cold War, Cambridge University Press, Cambridge 2010: para la noción de elecciones competitivas en un campo inclinado y la idea de regímenes híbridos.
- O’Donnell, Guillermo, “Delegative Democracy”, Journal of Democracy, vol. 5, n.º 1, 1994, pp. 55–69: sobre el mandato personal como delegación total y la marginación de los cuerpos intermedios.







