Genealogía y redefinición del orden político
En los Estados Unidos del último quinquenio se ha manifestado una profunda transformación político-intelectual que va mucho más allá de los paradigmas clásicos del reaganismo, del neoconservadurismo posterior al 11-S e incluso del paleoconservadurismo del siglo XX. Esta “nueva derecha” no se limita a reformular el programa del Partido Republicano; pretende redefinir los propios principios del orden político: el concepto de bien común, las modalidades de legitimación de la autoridad, la relación entre tecnología y trascendencia, y la dialéctica entre metapolítica y gobernanza. En este contexto, la metapolítica se configura como la fábrica del sentido común, mientras que la gobernanza se convierte en la ingeniería institucional que traduce las ideas en prácticas administrativas.
La “nueva derecha” se estructura en torno a tres polos que a veces se alimentan mutuamente y a veces entran en tensión: un tecno-soberanismo que coloca el poder tecnológico en la base de la soberanía; un post-liberalismo comunitario que relee la libertad en clave moral y comunitaria; y una metapolítica de los medios que convierte la edición y las plataformas digitales en instrumentos de hegemonía cultural y selección de élites. El conjunto de estos componentes se traduce en un ecosistema articulado que abarca desde las ideas hasta la formación de cuadros políticos y administrativos, pasando por empresarios, teóricos del derecho, instituciones culturales, hubs formativos, think tanks y medios.
Sociología de la nueva derecha y coalición trumpiana
Desde el punto de vista sociológico, esta nueva configuración política coincide en gran medida con la coalición trumpiana, una realidad heterogénea y conflictiva que, sin embargo, encuentra cohesión en la fuerza carismática del líder y en su capacidad para distribuir victorias parciales entre los distintos grupos de interés. The Washington Post identifica seis facciones principales dentro de esta coalición: populistas MAGA, republicanos tradicionales, halcones fiscales, derecha religiosa, derecha tecnológica y el bloque MAHA de conversos exdemócratas.[1] La intersección entre el marco ideológico y el equilibrio entre facciones constituye la clave fundamental para comprender la “nueva derecha”, tanto desde el punto de vista conceptual como mediante el análisis de los grupos sociales y los territorios en los que opera.
Las seis facciones del trumpismo
Según The Washington Post, las seis facciones principales en las que se articula la coalición trumpiana son el resultado de un diseño deliberado para mantener una cohesión amplia y dinámica.
Los populistas MAGA constituyen el núcleo movilizador, con una agenda “America First” que privilegia restricciones migratorias, políticas de reshoring y una cultura anti-élite sostenida por ecosistemas mediáticos paralelos.
Los republicanos tradicionales aseguran recursos financieros y continuidad institucional, manteniendo una plataforma pro-mercado.
Los halcones fiscales se centran en contener el gasto público y en limitar los poderes del Estado federal.
La derecha religiosa defiende valores morales en ámbitos como la educación, el género y la familia.
La derecha tecnológica aporta capital cognitivo e infraestructural y promueve una visión de soberanía tecnológica.
El bloque MAHA, compuesto en gran parte por ex demócratas conversos, amplía la base política con temáticas sanitarias e iniciativas de desregulación.
La cohesión de esta alianza heterogénea depende de la capacidad de mediar las divergencias en temas cruciales como la inmigración cualificada, los aranceles, las ayudas militares, la regulación de la IA, las biotecnologías y los derechos bioéticos.
Raíces históricas e ideológicas
La “nueva derecha” nace del entrelazamiento de al menos cuatro tradiciones: el conservadurismo clásico de posguerra, fundado en mercado, familia, religión, anticomunismo y antiliberalismo; el neoconservadurismo, caracterizado por una vocación universalista e intervencionista; el paleoconservadurismo de impronta buchananiana, basado en proteccionismo, restricción migratoria y escepticismo hacia las guerras de elección; y el libertarismo de la Costa Oeste, orientado hacia la “salida” del orden político-institucional. A partir de los años ochenta, este último movimiento elaboró estrategias de exit de las estructuras políticas e institucionales del siglo XX: salida del Estado del bienestar y del gerencialismo mediante críticas a las instituciones nacidas en la posguerra y percibidas como opresivas; salida territorial y jurídica a través de proyectos de secesionismo competitivo como ciudades privadas, charter cities y micronaciones; salida tecnológica con la adopción de tecnologías emergentes como criptomonedas y blockchain para sortear las instituciones; salida existencial con visiones transhumanistas y prometeicas que apuntan a superar las categorías de ciudadanía y Estado mediante el espacio, la IA y las biotecnologías.
Desde la crisis financiera de 2008, la estagnación salarial, las deslocalizaciones y el desgaste institucional han erosionado el consenso hacia las élites globalistas, mientras que las “guerras infinitas” han debilitado su legitimidad. En este vacío de poder y confianza, la “nueva derecha” emerge como una respuesta sistémica a la decadencia del liberalismo, proponiendo una refundación de los vínculos políticos y culturales. Su genealogía apunta a redefinir el estatuto de la tecnología, el bien común y el papel de las instituciones, organizando el campo en torno a tres ejes principales: tecnocracia versus comunitarismo, religión versus prometeísmo, metapolítica versus gobernanza.
Ejes teóricos y tensiones internas
El primer eje teórico enfrenta el comunitarismo y la tecnocracia. Por un lado, los teóricos comunitaristas proponen arraigar la libertad en pertenencias sustanciales — familia, comunidad, nación — orientadas por un fin compartido (telos). Por otro lado, los defensores de la tecnocracia — con frecuencia empresarios e inversores — consideran la innovación y la rapidez decisoria como criterios morales del orden político.
El segundo eje opone la religión al prometeísmo tecnológico. Los post-liberales sostienen que la trascendencia debe ordenar la política y la vida civil, mientras que los tecno-soberanistas secularizan la salvación en la conquista de las fronteras del espacio, la inteligencia artificial y las biotecnologías.
El tercer eje cruza la metapolítica con la gobernanza. La “nueva derecha” actúa simultáneamente sobre la producción del sentido común y la conquista de las palancas administrativas — como demuestra el Project 2025 —, buscando integrar verticalmente el recorrido desde las ideas hasta la formación de cuadros y la definición de políticas públicas.
Estas tres líneas de fractura representan tanto la fuente de creatividad y energía del movimiento como los puntos de posible crisis y división interna.
Protagonistas intelectuales y empresariales de la nueva derecha estadounidense
La escena de la “nueva derecha” estadounidense ve el protagonismo de una constelación de emprendedores políticos e intelectuales que moldean tanto el imaginario como las estrategias del movimiento.
Destaca Peter Thiel, conocido por haber desarrollado una visión de libertarismo elitista basada en referencias a pensadores como Girard, Strauss y Schmitt. Para Thiel, la innovación y la creación no son solo herramientas prácticas; se elevan a criterios morales y principios fundamentales para la selección de nuevas élites fundadoras.
Elon Musk, por su parte, se distingue por un prometeísmo soteriológico: el espacio, la inteligencia artificial y la manufactura avanzada se conciben como instrumentos de redención para la humanidad. Su enfoque tecno-populista y anti-woke le ha permitido servir de puente entre las élites tecnológicas y las masas digitales.
Curtis Yarvin propone un modelo de neo-monarquismo algorítmico, en el que el gobierno corporativo se convierte en paradigma para el Estado, basando la legitimación en la ownership y en la responsabilidad de los propietarios.
Nick Land, filósofo de la Dark Enlightenment, aboga por una aceleración del tecno-capitalismo, defendiendo la reducción del welfare, la creación de ciudades-empresa y la supremacía de élites tecno-eficientistas, y ofrece una narrativa radical y antidemocrática.
Otros actores relevantes son Marc Andreessen, Palmer Luckey y figuras del ecosistema de defensa-software, quienes evidencian cómo la soberanía se juega hoy en la arquitectura informacional hecha de sensores, redes, cadenas de suministro críticas y stacks propietarios. Esta “familia prometeica” imprime a la nueva derecha un impulso de “frontera”, sin agotar la heterogeneidad del movimiento.
El frente comunitarista y nacional-conservador
En contraposición a la prometeica y tecnológica se sitúa el post-liberalismo comunitario, que ofrece un sólido contrapeso teológico-político.
Patrick Deneen interpreta el liberalismo como la causa de la disolución de los presupuestos morales de la libertad individual y propone la construcción de comunidades ordenadas teleológicamente.
Adrian Vermeule, con su “constitucionalismo del bien común”, rechaza el mito de la interpretación neutral de la Constitución y devuelve centralidad a los bienes comunes en los valores constitucionales.
Yoram Hazony reintegra la Biblia como fundamento de la política nacional y lanza el concepto de «mutual loyalty» y de «círculos concéntricos». Su programa prevé a Dios y la religión en el discurso público, la familia como institución central, fronteras e inmigración controladas, libre mercado templado por el interés nacional y realismo en política exterior.
Kevin Roberts invoca una segunda revolución estadounidense de cuño creacionista y anti-élite liberal. Su objetivo es reconstruir el poder ejecutivo y “desmantelar el Estado administrativo” mediante una plataforma unificada de policies y personal político conservador. Quiere fronteras protegidas, políticas migratorias más estrictas, relanzamiento de familia y religión en el espacio público, política industrial pro-reshoring, y recorte y reestructuración de agencias federales.
Michael Anton, con su narrativa apocalíptica, pretende refundar el conservadurismo mediante la conquista de las instituciones y una visión nacional-populista: «Urge conquistar el Estado para salvar su identidad».
Russell Vought propone un Estado ejecutivo centralizado y una “nación bajo Dios”, lo que promueve un choque frontal con la burocracia federal.
J.D. Vance traduce estas ideas en un populismo económico centrado en el trabajo y la reindustrialización.
Este conjunto de posiciones proporciona un sólido anclaje normativo y moral, lo que permite a la nueva derecha dialogar eficazmente con el electorado evangélico y católico conservador, equilibrando así el secularismo de la derecha tecnológica.
Infraestructuras culturales y formativo-doctrinales
La nueva derecha se distingue por una sólida infraestructura cultural y formativa.
El Claremont Institute sostiene teorías como la de las “dos constituciones”, critica los derechos concedidos a grupos minoritarios a expensas de todos y relee la política estadounidense en clave decisionista para refundar el conservadurismo estadounidense.
Hillsdale College funciona como un laboratorio educativo para la formación de cuadros y administradores, centrado en la defensa de la libertad civil y religiosa.
La Heritage Foundation, con el Project 2025, diseña una cabina de mando para la reorganización del ejecutivo, la selección de personal y la traducción de las doctrinas en praxis operativa.
La Universidad de Notre Dame, el Intercollegiate Studies Institute, el Ethics & Public Policy Center y otras instituciones y organizaciones menores impulsan los valores de nación, virtud cívica, orden, familia y religión en el espacio público, con acentos diversos.
Este proceso — que va de las ideas a la formación de cuadros hasta la definición de policies — permite al movimiento consolidarse y superar la fase puramente movimentista.
La máquina mediática y la metapolítica
En el plano mediático y metapolítico, la nueva derecha se vale de un archipiélago policéntrico de plataformas y figuras.
Steve Bannon, con War Room, adopta una estrategia gramsciana de contrahegemonía: pueblo versus managerial class, soberanía nacional, fronteras que defender, guerra política permanente.
Tucker Carlson representa un vector de normalización anti-élite en el mainstream, con acento en la libertad de expresión y escepticismo hacia el globalismo y el “Estado administrativo”. Converge con First Things y NatCon en temas como la nación, la familia y la religión en el espacio público.
NatCon es la infraestructura congresual y doctrinal del nacional-conservadurismo: reúne tradición religiosa, nación y realismo político con una agenda económica post liberal.
Alex Kaschuta, con Subversive, hace de puente entre la nueva derecha y mundos post-liberales, reaccionarios y la manosphere culta, red de comunidades masculinas contra el feminismo y la emancipación femenina (“Men Going Their Own Way”, “Pick-Up Artist” y los grupos por los derechos de los padres).
Auron MacIntyre proporciona un marco doctrinal para militantes anti-progresistas, focalizándose en inmigración, identidad y estrategias de poder en un contexto marcado por el escepticismo hacia la democracia administrada.
Anna Khachiyan y Dasha Nekrasova, de Red Scare, conectan la nueva derecha con ámbitos intelectuales, creacionistas y estéticas urbanas. Se trata de un fenómeno cultural convergente con la NRx en anti-woke, crítica al liberalismo cultural y de un revival católico, con fuerte impacto en el público urbano y la creative class.
Estos protagonistas, junto con podcasters e influencers como Joe Rogan — megáfono transversal —, aseguran la difusión de ideas y la creación de estilos de consumo informativo y activismo.
La periferia mediática conspirativa cumple la función de shifting de Overton window, forzando a que ideas antes consideradas radicales se vuelvan aceptables y mainstream. Este “desplazamiento” se está produciendo con el tiempo mediante la persuasión, la repetición de argumentos y la conversación pública.
Por último, la infraestructura editorial — representada por Jonathan Keeperman y Passage Press— garantiza continuidad y estatus al ecosistema intelectual. La narrativa compartida — élites corruptas, pueblo traicionado, amenazas internas y externas, como China, el globalismo y el woke capitalism — permite a las distintas facciones reconocerse en una historia común, superando las diferencias de detalle.
Las dos dimensiones — mediática y editorial — se alimentan mutuamente. No se trata de mera propaganda: es producción de comunidades y rituales, de estilos de consumo informativo y de activismo. La autoridad es performativa y reticular; la coherencia doctrinal es secundaria frente al ensamblaje narrativo.
Religión, teología política y la nueva derecha
La religión representa el elemento simbólico fundante que permite a la “nueva derecha” transformar simples preferencias individuales en deberes colectivos y estrategias políticas en normas compartidas. Para los post-liberales de matriz católica y para la Religious Right evangélica, el orden político legítimo debe reflejar una ley moral considerada inderogable. En este marco, la dimensión religiosa no es solo una fuente de valores, sino que se traduce en un verdadero criterio de admisibilidad de las decisiones públicas.
First Things, revista de vocación ecuménica, y su director, “Rusty” Reno, critican la secularización y la hegemonía cultural liberal-progresista y defienden el papel normativo de la Iglesia y la fe en la vida civil. Son la caja de resonancia de temas como la familia, la natalidad, la bioética, la libertad religiosa, la crítica al “gerencialismo” cultural, el escepticismo hacia el globalismo y la tecnocracia, y la recuperación de la tradición y las virtudes como fundamento del bien común.
Para los nacional-conservadores, la Biblia sirve como código de referencia para definir la soberanía nacional y la identidad colectiva. Por el contrario, para los tecno-prometeicos, la trascendencia religiosa es sustituida por una teleología secular en la que la ciencia y la tecnología guían la política pública. Esta polaridad entre la trascendencia religiosa y la tecnología constituye, sí, una contradicción interna, pero también es el motor que permite al movimiento difundir sus ideas y mantener un equilibrio dinámico. Sin referencia religiosa, la “nueva derecha” corre el riesgo de deslizarse hacia un eficientismo carente de valores; sin recurso a la tecnología, perdería la ventaja competitiva a escala global.
Nueva derecha y tradición republicana: el cambio de paradigma
Con respecto a la tradición del Partido Republicano, la “nueva derecha” opera una transformación significativa en sus referencias y estrategias. En el ámbito económico, se pasa del énfasis en la cadena de suministro global a una forma embrionaria de capitalismo nacional, que se expresa mediante aranceles selectivos, políticas industriales focalizadas, participaciones estatales y un uso estratégico de la demanda pública y de las restricciones al export. En política exterior, el intervencionismo neoconservador deja paso a una defensa selectiva del interés nacional, caracterizada por conceptos como el ‘restraint‘ y el ‘burden sharing’ entre aliados.
En lo referente al Estado, se supera el minimalismo libertario en favor de un decisionismo que busca reducir los espacios discrecionales de las agencias federales, reforzando, pero, la responsabilidad política. En el frente mediático, se pasa de la combinación de think tanks tradicionales y cable news a un sistema digital ramificado y capilar. En este escenario, el mercado no se abandona, sino que se subordina a la soberanía nacional, al orden social y a la identidad cultural.
Gráfico 1 – La compleja galaxia de la Nueva Derecha

Impacto institucional y social
Los efectos de estas transformaciones ya se observan en diversos planos.
En primer lugar, se asiste a una reorganización de la administración federal, orientada a una estructura más vertical y políticamente responsable.
En segundo lugar, se adoptan políticas industriales que favorecen el reshoring productivo, la protección de las cadenas estratégicas, el desarrollo de la industria de defensa y el fortalecimiento de la soberanía tecnológica.
Un tercer impacto atañe a la educación y la familia, consideradas ejes fundamentales para la relegitimación del orden social mediante instrumentos como la libre elección escolar, los vouchers y las políticas de natalidad.
Por último, se registra un realineamiento electoral que integra a la working class blanca y a sectores crecientes de minorías culturalmente conservadoras.
La dimensión geopolítica
En el enfrentamiento global — en particular con China —, la “nueva derecha” traduce el decoupling económico en una estrategia de de-risk tecnológico: esto se concreta en restricciones a la exportación de tecnologías de doble uso, control de inversiones, incentivos internos para semiconductores, inteligencia artificial y biotecnologías y una apertura selectiva a la inmigración altamente cualificada. En este punto, las tensiones internas son evidentes: para los populistas, la inmigración cualificada mantiene un valor ambivalente, mientras que para los tecno-soberanistas constituye una herramienta competitiva fundamental.
En la relación con Rusia, prevalece un enfoque realista orientado a contener costes y evitar conflictos prolongados que ofrezcan escasos retornos estratégicos. En Oriente Medio, la asociación con Israel y la disuasión hacia Irán se entrelazan con una visión funcional de los Acuerdos de Abraham, considerados tanto dispositivos de seguridad como vectores económicos y tecnológicos. Con respecto a Europa, la “nueva derecha” exige un burden sharing más equitativo y manifiesta desconfianza hacia las políticas ESG y la sobrerregulación: la Unión Europea se percibe como un socio táctico, no como un pilar estratégico. En América Latina, la mirada es pragmática y securitaria, centrada en materias primas críticas, en la gestión de flujos migratorios y en la contención de la influencia china.
El conjunto de estas estrategias da lugar a una grand strategy centrada en la soberanía tecnológica y la reconfiguración transaccional de las alianzas.
Fortalezas y fragilidades de la nueva derecha
En conclusión, la nueva derecha estadounidense no se configura como una mera suma de grupos ocasionales, sino como un proyecto orgánico de refundación que integra tecnología, religión y metapolítica, y que va más allá del paradigma liberal-globalista. Su fuerza reside en la integración vertical entre ideas, formación de cuadros y definición de policies, así como en la capacidad de agregar un bloque histórico heterogéneo pero cohesionado.
Las fragilidades principales se manifiestan en las tensiones entre élites tecnocráticas y base soberanista; entre aspiraciones trascendentes e impulso prometeico-tecnológico; entre prioridades de mercado y decisionismo político. El verdadero desafío será la transición de un “modelo de campaña” basado en el carisma del líder a un “modelo de gobierno” estable e institucionalizado. Si este proceso tiene éxito, la nueva derecha podría consolidar un orden nacional fundado en la soberanía tecnológica y en el capitalismo nacional, con efectos globales duraderos; en caso contrario, la fragmentación podría favorecer una restauración moderada o el surgimiento de nuevas síntesis populistas. En ambos escenarios, la política estadounidense del siglo XXI deberá confrontarse con la tríada compuesta por tecno-soberanismo, post-liberalismo y metapolítica como gramática fundamental de la contienda política.
Notas
[1] Natalie Allison, “The six warring factions that make up Trump’s coalition”, The Washington Post, 2025.
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