PARTES V – DE HOY A MAÑANA
Los conflictos en curso
La transición hegemónica no es solo un proceso abstracto: cobra cuerpo en los conflictos abiertos que salpican el planeta. Si la Parte IV de este ensayo mostraba el lento desgaste de la capacidad estadounidense para organizar el mundo bajo reglas compartidas, esta Parte V retrata el momento en que la fractura se vuelve visible. Desde 2008, la globalización ha dejado de ser el motor lineal de una eficiencia universal que había prometido la prosperidad para todos. Se ha transformado en un dispositivo selectivo, más lento y costoso, diseñado para garantizar la resiliencia y la seguridad antes que para maximizar la productividad. Los flujos se han contraído, las cadenas de valor se han acortado, las barreras se han vuelto a levantar.
Esta metamorfosis no se expresa únicamente en las salas de juntas de las multinacionales o en los paquetes legislativos aprobados en los parlamentos. Se manifiesta allí donde la autoridad vacila, las potencias se enfrentan y los engranajes del comercio global se atascan: Ucrania, Levante, Sahel, Cuerno de África, Mar de China Meridional. Es sobre estas fallas que el mundo está redefiniendo sus geometrías de poder. Aquí, la distinción de la revista italiana de geopolítica Limes entre Ordolandia — espacios regulados y relativamente estables — y Caoslandia — zonas de entropía creciente — deja de ser una metáfora para convertirse en el mapa geográfico de nuestro tiempo: un atlas dinámico en el que las áreas inestables generan choques migratorios, crisis alimentarias, subidas de precios energéticos y oleadas de terrorismo que penetran en los centros ordenados del sistema.
Caoslandia en expansión: Estados fallidos y guerras sin fin
Tras el fin de la Guerra Fría, muchos analistas imaginaron una pacificación progresiva del planeta. La realidad ha desmentido esa previsión: el “arco de la inestabilidad” no solo persiste, sino que se ha ensanchado. Hoy se extiende como un cinturón que va desde América Central hasta el Sahel, desde el Magreb hasta el Levante, hasta Asia Central y sectores del Indo-Pacífico. Aquí se libran decenas de guerras, a menudo olvidadas pero determinantes para el futuro del orden global.
Estados que en otro tiempo fueron cohesionados, aunque autoritarios, se han fragmentado en escenarios de conflicto permanente: Libia y Siria son los casos más emblemáticos, auténticos laboratorios de guerra híbrida e intervenciones externas en competencia. En el Sahel, golpes de Estado en cadena, insurgencias yihadistas y crisis fiscales han erosionado cualquier apariencia de gobernanza. También América Latina, aunque no encaje del todo en la definición canónica de Caoslandia, experimenta formas de violencia endémica ligadas a economías criminales y fragilidad institucional: narcoguerras en México y Centroamérica, implosión económica y social en Venezuela, desestabilización de las fronteras amazónicas en Brasil.
El paraguas de seguridad de las grandes potencias se ha retirado o funciona de manera intermitente. Washington sigue custodiando los nudos vitales — Golfo Pérsico, estrecho de Ormuz, Mar de China Meridional —, pero su intervención es hoy selectiva, calibrada según el coste político interno. Francia, Turquía, China, Rusia y las monarquías del Golfo intentan cubrir los vacíos con estrategias divergentes, a menudo en competencia entre sí. Pero el resultado rara vez es la estabilización: la multiplicación de proxies, el afianzamiento de economías de rapiña y el recurso a guerras por delegación generan un efecto centrífugo que alimenta la inseguridad y las migraciones masivas.
Esta expansión de Caoslandia no es una mera suma de crisis locales. Es un fenómeno sistémico: cada colapso estatal abre corredores de tráfico y redes criminales que se entrelazan; cada guerra civil se convierte en plataforma de entrenamiento para actores transnacionales; cada hambruna alimenta la inestabilidad política y las oleadas migratorias que impactan en Ordolandia. Es la nueva geografía del desorden: no lineal, incontrolable, capaz de reverberar a miles de kilómetros de distancia. Y hay teatros que pesan más que otros porque rediseñan arquitecturas regionales y estándares globales. El primero es europeo: Ucrania.
La guerra en Ucrania: línea del frente del orden europeo
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 devolvió a Europa una guerra convencional a gran escala y, con ella, una gramática estratégica que muchos creían archivada. Lo que está en juego no es solo la soberanía de Kiev, sino también el principio que debe sostener el orden europeo: la intangibilidad de las fronteras y la libertad de elegir alianzas, frente a la pretensión rusa de una esfera de influencia en el espacio postsoviético. Para el Kremlin, la supervivencia de una Ucrania independiente e integrada en Occidente es una amenaza existencial; para Europa y Washington, su caída significaría el regreso de la geopolítica de las zonas taponadas y de las “finlandizaciones”.
La guerra ha interrumpido de manera definitiva la larga fase de ambigüedad iniciada en 1991, cuando el intento de integrar a Moscú en una arquitectura de seguridad cooperativa se fue desmoronando ante desconfianzas mutuas, las ampliaciones de la Alianza y los traumas rusos de los años noventa. En 2015, tras la anexión de la Crimea y el conflicto en Donbás, los Acuerdos de Minsk congelaron el conflicto sin resolverlo; en 2022 se disolvió la ficción del compromiso y se impuso una prueba de fuerza frontal.
La apuesta inicial de Moscú — una guerra relámpago para derrocar al gobierno de Kiev — fracasó. De ahí surgió un conflicto de desgaste, con densidad tecnológica creciente. Tras el fracaso en la conquista de la capital y la retirada del norte, la guerra se transformó en una combinación de artillería masiva, drones de ataque, guerra electrónica y trincheras, con avances mínimos y costes humanos elevadísimos. La dimensión tecnológica ha redibujado la gramática operativa: enjambres de UAV de bajo coste y FPV han democratizado la vigilancia y la precisión de fuego, reduciendo los tiempos de decisión; las capacidades SIGINT y EW han hecho visible cualquier movimiento, reduciendo el “espacio informativo” del campo de batalla.
El resultado es un conflicto industrial. La verdadera moneda del poder son las municiones de 152/155 mm, los drones, los misiles tácticos y la capacidad de regenerar sistemas. Las economías occidentales han descubierto que disponen de reservas limitadas y cadenas de producción demasiado lentas para sostener una guerra prolongada: think tanks del sector de defensa — desde RAND hasta CSIS — han simulado escenarios en los que los arsenales se agotarían en semanas si la guerra se intensificara. La respuesta ha sido un rearme selectivo: planes para aumentar la producción de municiones, acuerdos de adquisición conjunta en la UE y nuevos fondos de defensa.
En el plano geopolítico, la guerra ha reforzado la OTAN y la UE. La Alianza se ha ampliado a Finlandia y Suecia, ha reforzado la disuasión avanzada e integrado planes, posturas y reservas logísticas en todo el flanco oriental. La Unión ha tomado decisiones antes impensables: cofinanciar suministros de armas, impulsar programas comunes de municionamiento y de defensa antiaérea, y rediseñar con rapidez la matriz energética para desactivar la palanca del gas ruso. La reconfiguración de la arquitectura europea se ha producido bajo liderazgo estadounidense, pero en un marco en el que los socios europeos se ven obligados a invertir en la autonomía industrial de defensa, los estándares comunes y la integración de las cadenas de suministro militares. Es una militarización selectiva, hija de la conciencia de que una disuasión creíble requiere no solo plataformas, sino, sobre todo, flujos: municiones, mantenimientos, apoyos, sustituibilidad. Un paso hacia una autonomía estratégica aún incompleta, pero ya traducida en capacidades concretas.
Rusia, por su parte, ha optado por la economía de guerra. Tras una movilización parcial, el Kremlin ha reconfigurado cadenas industriales, atraído componentes de uso dual de terceros países e integrado en su arsenal operativo suministros de drones y municiones de socios como Irán y Corea del Norte. El uso masivo de misiles y drones contra infraestructuras energéticas ucranianas busca erosionar la resiliencia económica y social del país, trasladando el coste al frente interno del enemigo. La guerra submarina y la amenaza a las rutas del mar Negro han impuesto un replanteamiento de la seguridad marítima regional, con efectos en los seguros, las primas de riesgo y las rutas alternativas. La dimensión nuclear ha vuelto como último recurso disuasivo: la suspensión de regímenes de control, retóricas de umbral y despliegues en Bielorrusia han marcado la línea roja, manteniendo la incertidumbre sobre la escalada.
El efecto sistémico de la guerra es la rigidez de la lógica de bloques y la aceleración de la “interdependencia armada”. Energía, fertilizantes y cereales, ya considerados factores de interconexión, se convierten en palancas de presión; la Black Sea Grain Initiative, los corredores danubianos, la protección de puertos y redes eléctricas se convierten en cuestiones de seguridad. La respuesta occidental — sanciones financieras, vetos a exportaciones tecnológicas, topes al precio del petróleo, exclusiones parciales de SWIFT — ha mostrado cómo las finanzas y las infraestructuras de pago se han convertido en armas geopolíticas, transformando la centralidad financiera en un instrumento de coerción. El Sur global, ante esta polarización, a menudo opta por una posición no alineada y oportunista: comprar energía a precios rebajados, evitar alineamientos automáticos y maximizar su autonomía negociadora. Este pluralismo táctico forma parte de la transición: no se reedita la Guerra Fría, sino que se diseña una multipolaridad en la que las economías medianas buscan márgenes y rentas de posición.
La guerra en Ucrania también es un laboratorio de estrategias. Occidente experimenta formas de “disuasión escalable”: suministros calibrados en el tiempo, entrenamiento e inteligencia sin presencia directa en el campo de batalla, ayudas financieras condicionadas a reformas institucionales. Rusia utiliza dimensiones convencionales, cibernéticas e informativas, para testar la capacidad de sufrimiento de Occidente y la resiliencia ucraniana. En esta dinámica, el factor temporal es decisivo: la victoria no se define solo por el territorio conquistado, sino por la sostenibilidad de los flujos, la capacidad de regenerar fuerzas y sistemas, y la elasticidad del consenso interno. Sea cual sea el desenlace territorial, la guerra ha cristalizado una nueva cortina de hierro, ha despojado a Europa de la ilusión de que el mercado podía disolver la geografía y ha devuelto al centro de la política el concepto de “autonomía estratégica”: producción, reservas, redundancias y resiliencia.
El horizonte es de un conflicto prolongado, compuesto por fases de fricción y pausas operativas, con márgenes de negociación intermitentes ligados a equilibrios en el terreno, ciclos electorales, disponibilidad de municiones y posturas de disuasión. Es una guerra que seguirá modelando el rearme europeo, la cooperación transatlántica, la postura nuclear, las cadenas de valor energéticas y alimentarias, y que, sobre todo, remodela la forma en que los Estados perciben la interdependencia: ya no como garantía de paz, sino como una variable a asegurar, a usar y a temer.
El Gran Oriente Medio: el multiplicador global de riesgo
Si Ucrania es la línea del frente del orden europeo, el Gran Oriente Medio — del Magreb al altiplano iraní y hasta Pakistán — sigue siendo el epicentro de la fricción sistémica global. Es un cruce en el que energía, religión, geopolítica y símbolos identitarios se superponen, transformando cada crisis en una onda de retorno que impacta en mercados, rutas marítimas y opiniones públicas a escala planetaria.
Aquí, la historia reciente ha roto el continuum estatal construido en el siglo XX. Las Primaveras Árabes erosionaron la legitimidad de los regímenes sin construir alternativas estables; las intervenciones externas — desde Irak en 2003 hasta Libia en 2011 — desarticularon equilibrios sin recomponerlos; el yihadismo explotó los vacíos de poder para arraigarse como forma de gobernanza criminal e identitaria. Siria, Libia y Yemen son laboratorios de colapso estatal; Irak y Líbano encarnan la crisis de los sistemas consociativos; Egipto confirma que la restauración autoritaria solo produce treguas aparentes.
Siria: un equilibrio metastable
Desde las Primaveras Árabes, tras más de una década de guerra, Siria es un mosaico de dominios de influencia. La caída del régimen de Assad, sostenido por Moscú y Teherán, ha generado fragmentos de soberanía, pero el país sigue dependiendo del apoyo externo, principalmente turco y estadounidense.
Turquía sigue siendo un actor decisivo: ejerce control sobre amplias franjas de territorio en el norte y busca influir en el proceso de reformas para impedir que surja una Siria hostil a sus intereses, sobre todo en lo relativo a las aspiraciones kurdas. Estados Unidos, por su parte, mantiene presencia y apoyo en el noreste kurdo, con el objetivo de contener el resurgimiento del extremismo y afianzar su influencia sobre las infraestructuras energéticas vitales. Rusia e Irán, entretanto, han perdido parcialmente su influencia directa, aunque siguen siendo actores de peso. Rusia, obligada a reducir parte de sus fuerzas — principalmente debido a la guerra en Ucrania —, conserva bases costeras que le sirven tanto como plataforma mediterránea como canales para moldear la mediación diplomática. Irán, por su parte, se esfuerza por preservar la continuidad territorial a través del corredor logístico que conduce al Levante, sostenido por milicias chiíes y Hezbollah.
El gobierno transitorio, ocupado en reformas y diálogo, está lejos de controlar el territorio y monopolizar la violencia. El país está atravesado por rebeliones y levantamientos locales que involucran a múltiples actores: milicias drusas, antiguos fieles del régimen, grupos armados locales y tribus beduinas.
Los leales a Assad, replegados tras la caída del régimen, mantienen una guerrilla contra las fuerzas del gobierno transitorio, especialmente en la franja costera y en Latakia, bastión de la comunidad alauita. En el sur, en las provincias de Suwayda y Daraa, han estallado insurrecciones de comunidades drusas, tribales y locales que desafían la autoridad central y reclaman mayor autonomía o un mayor poder local. El Estado Islámico (ISIS/Daesh) no ha sido erradicado: continúa activo, con ataques esporádicos en el sur y en zonas desérticas, y mantiene su estrategia insurgente. En el noroeste persiste un enclave bajo control de facciones opositoras y grupos yihadistas; en el noreste, la administración kurdo-árabe resiste con respaldo aéreo estadounidense, en permanente fricción con Ankara. Israel, por último, mantiene el control del Golán y proyecta su presencia hasta las puertas de Damasco.
Es un equilibrio metastable: nadie tiene la fuerza ni el interés de recomponer el Estado; todos buscan impedir que el adversario logre una ventaja estratégica irreversible.
Libia: conflicto administrado
La caída de Muamar Gadafi en 2011, fruto de una revuelta interna apoyada militarmente por la OTAN, desmanteló un sistema autoritario que, pese a sus brutalidades, había garantizado un cierto grado de cohesión territorial. La Libia gadafista era un mosaico de tribus y comunidades locales gobernadas mediante una combinación de fuerza, cooptación y redistribución de rentas petroleras. Eliminada la figura carismática y represiva del raʾīs, lo que quedó fue el vacío: sin instituciones estatales sólidas, sin ejército unificado ni burocracia autónoma. El país entró en una fase de “somalización”: el Estado formal sobrevivía solo en el papel, mientras que en el terreno se imponían milicias, clanes y ciudades-Estado.
Desde 2014, la división se ha cristalizado en dos polos enfrentados. En el oeste, el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) en Trípoli, reconocido por la ONU y respaldado por Turquía y Catar. En el este, el parlamento de Tobruk y el Ejército Nacional Libio (LNA) del general Jalifa Haftar, apoyado por Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Francia y, posteriormente, por Rusia, que envió mercenarios del grupo Wagner. La fractura no es solo geográfica, sino también ideológica: en Trípoli prevalecen fuerzas islamistas; en Benghazi y Cirenaica domina el discurso securitario de Haftar, que se presenta como el hombre fuerte contra yihadistas y milicias descontroladas. En realidad, ninguno de los dos polos ha representado a toda Libia: cada uno ejerció un control parcial, basado en alianzas variables con milicias locales, más interesadas en rentas y territorios que en construir un Estado unitario.
Libia se convirtió en un escenario de guerra por delegación, donde potencias regionales y globales ensayaron estrategias y consolidaron alianzas. Turquía defendió Trípoli con drones y asesores militares, logrando frenar la ofensiva de Haftar en 2019–2020 y asegurándose concesiones marítimas en el Mediterráneo oriental. Rusia y los Emiratos armamentaron y financiaron a la parte este del país, transformando la Cirenaica en un bastión prorruso y obteniendo bases militares e influencia sobre las exportaciones de petróleo. Italia — que había eludido la petición de ayuda de Trípoli — trató de preservar un rol privilegiado como ex potencia colonial y socio energético de ENI, pero debió enfrentar la competencia de Francia, que apostó por Haftar para reforzar su influencia en el Sahel. Estados Unidos osciló entre el desentendimiento y operaciones limitadas contra células vinculadas al ISIS, sin apostar nunca por una verdadera reconstrucción política.
En Libia, junto al petróleo, florecen otros tráficos: armas, migrantes, drogas. Sus costas se han convertido en el principal punto de partida de las rutas migratorias hacia Europa, otorgando a las milicias un poder de negociación adicional frente a Roma y Bruselas.
Yemen: el frente olvidado
La guerra en Yemen es la consecuencia de fracturas históricas y profundas en el ámbito político. Tras la unificación de 1990 entre el norte y el sur, el país permaneció atravesado por disparidades económicas, tensiones tribales e instituciones frágiles. Las protestas de la Primavera Árabe en 2011 provocaron la caída del presidente Saleh, pero la transición liderada por su sucesor, Hadi, fracasó en estabilizar el país. En ese contexto, emergió el movimiento hutí, arraigado en el norte y de mayoría zaydí, que en 2014 conquistó Saná y obligó al gobierno a refugiarse en el sur.
En 2015, Arabia Saudí encabezó una coalición militar en apoyo del gobierno reconocido, lo que transformó Yemen en un campo de batalla regional. Desde entonces, el conflicto se ha fosilizado: los hutíes controlan gran parte del norte y de la capital, mientras que en el sur se fortalece el Consejo de Transición del Sur (STC), que reclama autonomía o secesión. Esta fragmentación interna, sumada al colapso económico y a la crisis humanitaria, ha convertido a Yemen en una de las emergencias más graves del planeta.
En el plano geopolítico, la guerra se ha transformado en un enfrentamiento indirecto entre Arabia Saudí e Irán, pero también en un nudo estratégico de las rutas comerciales globales que atraviesan Bab el-Mandeb. En los últimos años, los hutíes han ampliado el conflicto al mar Rojo, atacando buques mercantes e involucrando a Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, que respondieron con bombardeos y operaciones navales.
Los lanzamientos de misiles y drones hutíes contra la navegación comercial en el mar Rojo y en Bab el-Mandeb han demostrado hasta qué punto esos estrechos son cuellos de botella estratégicos, no solo para el petróleo, sino también para toda la logística mundial de contenedores. Cada pico de tensión se traduce en primas de seguro más altas, interrupciones en las cadenas de suministro y aumentos de precios globales.
Israel contra Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irak, Yemen e Irán
La guerra en Gaza, reavivada con violencia desde octubre de 2023, se ha convertido en el epicentro de un conflicto regional que sitúa a Israel en el centro de una auténtica guerra “a siete frentes”. El ataque de Hamas, con su dimensión militar y simbólica, impulsó a Israel a responder con una ofensiva masiva en la Franja de Gaza, destinada a desmantelar las estructuras del movimiento islamista y redibujar la realidad política del territorio. Sin embargo, la desproporción de fuerzas, las enormes pérdidas civiles y la destrucción sistemática de infraestructuras transformaron Gaza en una crisis humanitaria sin precedentes, atrayendo la condena internacional y erosionando las relaciones de Israel con muchos de sus aliados tradicionales.
Pero la guerra no se limitó a Gaza. Israel se encuentra inmerso en un conflicto multidimensional que trasciende los límites palestinos. Primer frente: la propia Franja, epicentro de la ofensiva militar. Segundo frente: Cisjordania, donde crece la tensión por la expansión de colonias, los choques con la población palestina y el debilitamiento de la Autoridad Nacional Palestina, incapaz de frenar la radicalización. Tercer frente: el sur del Líbano, con Hizbulá realizando ataques de baja intensidad, pero continuos, ejerciendo una presión constante en la frontera norte. Cuarto frente: Siria, donde Israel golpea infraestructuras y convoyes militares para frenar la consolidación del gobierno transitorio. Quinto frente: Irak, desde donde milicias chiíes proiraníes han lanzado drones y misiles contra objetivos israelíes, extendiendo geográficamente el desafío. Sexto frente: Yemen, donde los hutíes han declarado guerra abierta, atacando rutas del Mar Rojo y obligando a la marina israelí, junto con las estadounidense y británica, a comprometerse en la defensa directa. Séptimo frente: Irán, epicentro estratégico de esta constelación de conflictos, que coordina y alimenta las acciones de sus milicias y aliados regionales, manteniendo una presión constante sobre Israel.
Desde la perspectiva geopolítica, Israel se encuentra rodeado por una serie de hostilidades asimétricas, en las que cada frente por sí solo carece de fuerza para abatirlo, pero en conjunto erosiona sus recursos, aísla a Jerusalén en el plano diplomático y refuerza la narrativa de la resistencia antiisraelí en el mundo árabe y musulmán. Los Acuerdos de Abraham habían abierto un proceso de normalización entre Israel y las monarquías del Golfo, pero el ciclo bélico 2023–2024 en Gaza y la escalada en los frentes libanés, sirio e iraníes han complicado el escenario, ralentizando la convergencia árabe-israelí y obligando a Washington a un difícil equilibrio entre el respaldo a su aliado y la contención del riesgo de escalada regional.
Mientras tanto, China ensaya papeles de mediación (acercamiento Riad–Teherán y, más recientemente, Riad–Islamabad) y de infraestructura estratégica, mientras que Estados Unidos oscila entre aliviar su carga de responsabilidades y regresar selectivamente a la primera línea. En Oriente Medio, la interdependencia armada ya es una realidad cotidiana: drones y misiles de bajo coste alteran los paradigmas de la defensa aérea; los ataques a puertos elevan las primas de seguro; la dimensión cibernética completa el arsenal. Sin ingeniería institucional (agua, electricidad, fronteras, policía y tribunales), cada alto el fuego es solo un intervalo entre crisis. Y cada crisis en Oriente Medio se refleja más allá de la región: en los precios de la energía, en las rutas de contenedores, en los flujos migratorios y en la polarización política dentro de Ordolandia.
Otros actores regionales
Turquía ha consolidado un perfil autónomo: presencia militar en Siria e Irak contra el PKK, papel en el conflicto libio, diplomacia pendular entre la OTAN y Rusia. Arabia Saudí, tras los ataques de 2019 a las instalaciones de Abqaiq, ha recalibrado su estrategia, apostando por la diversificación económica y la desescalada con Teherán — mediada por China — hasta el reciente acuerdo con Pakistán. Los Emiratos proyectan poder tecnológico y financiero a lo largo de los nodos que van desde África Oriental hasta el Océano Índico, mientras Egipto — agobiado por crisis económicas y demográficas — defiende con firmeza sus intereses sobre el Nilo, donde la presa GERD en Etiopía amenaza con reescribir la geografía hídrica de la región.
Este bloque nos muestra el Gran Oriente Medio no como una suma de crisis locales, sino como un multiplicador de la inestabilidad global que repercute en la energía, las rutas marítimas y la opinión pública occidental.
África subsahariana: la nueva frontera de la competencia
África es al mismo tiempo promesa y pesadilla de la transición hegemónica. El continente alberga algunas de las economías más dinámicas del mundo, una población joven y en crecimiento, y un enorme potencial de urbanización y digitalización, pero también concentra la mayor parte de los Estados frágiles, de los conflictos armados y de las crisis humanitarias crónicas.
El Sahel se ha convertido en el epicentro de una guerra de baja intensidad, pero de alta resiliencia, donde yihadismo, criminalidad organizada y conflictos étnicos se superponen. Golpes de Estado en Malí, Burkina Faso y Níger han barrido a gobiernos pro-occidentales y abierto la puerta a un reacomodo geopolítico hacia China y Rusia. El grupo Wagner — ahora reestructurado bajo distintas etiquetas —ha ofrecido seguridad rusa a cambio de concesiones mineras, transformando minas de oro y uranio en palancas de influencia estratégica. En el Cuerno de África, el conflicto en Etiopía, la fragilidad somalí y las tensiones sobre el Nilo dibujan un triángulo de inestabilidad que incide en las rutas marítimas del mar Rojo y en los proyectos de corredores logísticos hacia el Océano Índico. En África Central, las guerras en Kivu y en Sudán demuestran que el colapso estatal puede coexistir con economías extractivas que alimentan las cadenas globales de materias primas críticas — cobalto, coltán, tierras raras — indispensables para la transición verde y digital.
Las grandes potencias han intensificado la competencia por África: China con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, Rusia con mercenarios y trigo a precios reducidos y Occidente con iniciativas de asociación para infraestructuras resilientes y transición energética. El riesgo es que África se convierta en el principal campo de batalla geoeconómico del siglo XXI, con las poblaciones locales relegadas a ser espectadoras o piezas de estrategias externas.
Indo-Pacífico: el corazón de la transición
Si Europa es el escenario de la crisis del orden existente, el Indo-Pacífico es el laboratorio del mundo que vendrá. Aquí se define el baricentro del poder global: más del 60% del PIB mundial, las cadenas tecnológicas más avanzadas y los pasos marítimos más críticos. Aquí se enfrentan la potencia en declive y la potencia en ascenso, en un arco que va del golfo de Bengala al mar de Japón y que tiene en Taiwán y en el mar de China Meridional sus epicentros. La cuestión taiwanesa condensa historia, identidad, derecho internacional, economía y tecnología: isla autogobernada, democracia madura, eje central de la microelectrónica mundial — en particular de los semiconductores avanzados —, es, para Pekín, parte inalienable de la “cuestión nacional” y de la legitimación del Partido; para Washington y sus aliados, la prueba de fuego de la credibilidad de la disuasión y del orden basado en reglas.
La estrategia china combina presión militar, coerción económica y desgaste político. Las incursiones de aeronaves y buques en la zona de identificación de defensa de Taipéi, los ejercicios que simulan bloqueos y ataques de precisión, la construcción de bases e islas artificiales en el mar de China Meridional, la proyección de una guardia costera paramilitar y de una milicia marítima “gris”, buscan erosionar el statu quo, probar umbrales de reacción y habituar a la región a una presencia armada casi permanente. El arsenal misilístico A2/AD, con sistemas antibuque y balísticos de alcance intermedio, crea una burbuja de exclusión destinada a mantener alejadas a las fuerzas navales aliadas y saturar las defensas aéreas y antimisiles. La dimensión cibernética e informativa completa el cuadro: ataques a infraestructuras críticas, campañas de desinformación, interferencias en la vida política y en la cohesión social de la isla.
Estados Unidos responde reajustando posturas y alianzas. El pivote hacia Asia ha adoptado la forma de una red de cooperación: QUAD con Japón, India y Australia para la coordinación política y marítima; AUKUS para capacidades submarinas y transferencia tecnológica avanzada; acuerdos de acceso y pre-posicionamiento con Filipinas y Micronesia; y cooperación trilateral con Japón y Corea del Sur en misiles, sensores y cadenas de suministro. El Taiwan Relations Act y la doctrina de la “ambigüedad estratégica” siguen formalmente en pie, pero la práctica avanza hacia una “claridad operativa”: refuerzo de los suministros de armas defensivas, entrenamiento, interoperabilidad y resiliencia de la isla. El debate doctrinal occidental se inclina por la disuasión por negación: convertir a la isla en un puercoespín difícil de someter, invirtiendo en minas, misiles antibuque de largo alcance, movilidad de fuego, dispersión de plataformas, redundancia en C4ISR, protección de infraestructuras críticas y reservas energéticas.
El escenario más probable de crisis no es una invasión anfibia inmediata — operación de complejidad y riesgos enormes — sino el bloqueo gradual: interdicción del tráfico mercante, inspecciones “sanitarias”, zonas de ejercicios superpuestas a las rutas, ciberataques, amenazas selectivas a infraestructuras, acompañadas de salvas misilísticas “demostrativas”. El bloqueo, menos explícitamente bélico que un desembarco, pondría a prueba la voluntad de resistencia de Taipéi y la capacidad de respuesta de sus aliados, con costes inmediatos para la economía mundial. Porque Taiwán es también TSMC, es una cadena de chips avanzados, es un segmento crítico del valor digital global. La respuesta occidental — reshoring, friend-shoring, construcción de plantas en EE.UU., Japón y Europa — mitiga, pero no elimina el riesgo: la concentración de know-how y la ventaja acumulativa del ecosistema taiwanés no se replican a corto plazo.
El mar de China Meridional aporta un nivel de complejidad. Pekín reivindica casi toda el área con la “línea de los nueve trazos”, cuestionada por países de la ASEAN y no reconocida por el derecho internacional del mar. Las islas Paracel y Spratly han sido militarizadas con pistas, radares y misiles; la guardia costera china recurre a tácticas de desgaste — choques, cañones de agua, láseres — contra unidades filipinas y vietnamitas; EE.UU. y socios europeos y asiáticos realizan misiones de libertad de navegación para reafirmar el principio de la apertura de los estrechos. Los incidentes de baja intensidad que se multiplican — casi colisiones, interferencias, daños — muestran cómo la disuasión mutua camina sobre el filo de la navaja, en una zona por donde circula una enorme parte del comercio mundial y donde corren cables submarinos vitales para datos y finanzas.
La competencia sino-estadounidense ha transformado el mar de China Meridional en un escenario estratégico. Pekín ha militarizado arrecifes y atolones, proyectando poder aeronaval más allá de la primera cadena de islas; Washington ha respondido con patrullas de libertad de navegación (FONOPs), acuerdos bilaterales de defensa y el fortalecimiento de arquitecturas como QUAD y AUKUS. Australia ha iniciado su programa de submarinos de propulsión nuclear; Japón ha revisado su doctrina de defensa; India oscila entre la cooperación con Occidente y la defensa de su autonomía estratégica. La postura de Japón, con el aumento del gasto militar y la adquisición de capacidades de “contraataque”, marca un cambio histórico, al igual que la estrategia australiana de proyección subacuática y la renovada centralidad de Filipinas en la arquitectura de acceso estadounidense. India, aunque se mantiene autónoma, utiliza el QUAD para contener la presión en su vecindad marítima y equilibrar la presencia china en el océano Índico. Corea del Sur, centrada en la amenaza norcoreana, integra cada vez más sus sensores y capacidades con los de Japón y Estados Unidos, creando una única “piel” informativa en el Pacífico noroccidental. La ASEAN, heterogénea en intereses y dependencias, oscila entre el compromiso económico y la demanda de garantías de seguridad, mientras que las potencias medias buscan maximizar ventajas evitando elecciones binarias.
En este teatro, el error de cálculo es el riesgo sistémico. El “juego de sombras” entre disuasión y provocación se juega en distancias y tiempos reducidísimos, con cadenas de mando que deben decidir en minutos cómo reaccionar ante una maniobra agresiva o ante una señal de radar ambigua. La presencia de armas hipersónicas, la saturación de sensores, la vulnerabilidad de satélites y cables submarinos añaden capas de incertidumbre. La gestión de crisis exige canales de comunicación abiertos, protocolos de desconflcto, ejercicios conjuntos para codificar comportamientos; pero la competencia por el estándar — tecnológico, jurídico, operativo — empuja a los actores a probar límites.
El punto final es que la cuestión de Taiwán no es solo política y militar. Es el ensayo general sobre la globalización de la seguridad: cómo proteger las cadenas críticas, cómo asegurar las rutas y los datos, y cómo combinar disuasión y cohesión entre economías interdependientes. Incluso si se evita un conflicto abierto, la presión seguirá empujando hacia la duplicación de las cadenas de suministro, la adopción de estándares incompatibles y la politización de la innovación. El Indo-Pacífico seguirá siendo el escenario donde se decidirá si la interdependencia puede gestionarse como bien público o si será reclutada definitivamente como arma.
Taiwán permanece como la línea roja: su seguridad es esencial no solo para el equilibrio geopolítico, sino también para la cadena global de semiconductores. Un conflicto en el estrecho tendría efectos devastadores en la economía mundial, comparables a los de una Gran Depresión tecnológica. Por eso, la disuasión se calibra con extremo cuidado: reforzamiento defensivo sin provocar la guerra y preparación de planes de resiliencia industrial ante un bloqueo naval. El sudeste asiático también desempeña un papel crucial: los países de la ASEAN, aunque evitan alinearse abiertamente, compiten por atraer inversiones y cadenas de suministro que huyen del riesgo de China. Es una multipolaridad de facto que ofrece a estos actores un margen de maniobra inédito.
Del campo de batalla a los escenarios
El mapa que se perfila a partir de esta exploración global es un mosaico de conflictos, colapsos y reconfiguraciones que no representan únicamente crisis circunstanciales, sino verdaderos laboratorios del mundo que emerge. Ucrania ha reintroducido la guerra industrial y la lógica de bloques en el corazón de Europa; Oriente Medio continúa actuando como multiplicador del riesgo global; África se erige como la nueva frontera de la competencia entre grandes potencias; el Indo-Pacífico constituye la región donde se dirime la hegemonía tecnológica y marítima del siglo XXI.
Todos estos escenarios comparten un rasgo esencial: convierten la interdependencia de un factor pacificador en una variable estratégica, transforman una garantía de estabilidad y un instrumento de presión. Es la señal de que el mundo ingresa en una fase en la que la política vuelve a imponerse sobre la técnica y la seguridad sobre la mera eficiencia. Y es a partir de esta constatación que se abre la Parte VI: un intento de imaginar las trayectorias posibles de esta transición, de delinear escenarios en los que las mismas fuerzas — geografía, demografía, tecnología, poder geopolítico — se entrelazan en desenlaces distintos. El futuro no está escrito, pero sus líneas de tendencia ya se dejan entrever en los campos de batalla del presente.





