Ensayo de geopolítica

PARTES III – DE AYER A HOY

El orden mundial en transición multipolar (2008–2025)

El año 2008 marca el inicio de una larga fase de turbulencia. La crisis financiera que estalló en Wall Street se transformó en una recesión global y resquebrajó el mito de la infalibilidad del modelo americano: por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el choque partía del centro del sistema y no de su periferia. Las imágenes del colapso de Lehman Brothers y de los rescates públicos sacudieron la confianza en el liderazgo estadounidense y abrieron espacio a narrativas alternativas: el Washington Consensus parecía vulnerable, mientras que otros modelos de modernización — empezando por el chino — ganaban credibilidad política y performatividad simbólica.

Mientras tanto, la “guerra contra el terrorismo” se prolongaba sin un desenlace estratégico claro. Afganistán se convirtió en un conflicto interminable; Irak se precipitó en el caos sectario y los vacíos de poder generaron nuevas amenazas, como el Estado Islámico, que, a partir de 2014, controló durante años amplias zonas entre Siria e Irak. Las intervenciones en Libia y Siria, presentadas como esfuerzos de protección de civiles o de estabilización, terminaron por acelerar la crisis estatal y alimentar flujos migratorios que pusieron a Europa bajo presión. Occidente mantenía una superioridad militar y tecnológica, pero tenía dificultades para traducirla en un orden político duradero.

En este contexto, Rusia regresó con determinación a la escena global. El discurso de Putin en Múnich en 2007 fue el manifiesto del retorno; la guerra en Georgia en 2008, la demostración operativa de su voluntad de defender su esfera de influencia mediante el uso de la fuerza. La anexión de Crimea en 2014 y la intervención en Siria en 2015 certificaron el fin del unipolarismo incontestado: Moscú ya no aceptaba la supremacía estadounidense y reafirmaba su autonomía estratégica. Con la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, Rusia rompió definitivamente el equilibrio europeo posterior a 1991 y obligó a Occidente a adoptar respuestas coordinadas en los planos militar, energético y financiero, devolviendo al centro de la escena la disuasión y la lógica de bloques.

Al mismo tiempo, China aceleró su ascenso. La Belt and Road Initiative extendió redes de infraestructura e influencia política hacia Asia, África y Europa; la proyección naval en el Mar de China Meridional consolidó reclamaciones marítimas; la competencia tecnológica en 5G, inteligencia artificial y semiconductores convirtió a Pekín en el principal retador sistémico de Washington. La rivalidad entre EE.UU. y China se convirtió en el eje portante del nuevo orden: aranceles, controles a la exportación, filtrado de inversiones, diplomacia de cadenas de suministro y disputa por el estándar tecnológico. La respuesta estadounidense adoptó la forma del pivot to Asia y la construcción de coaliciones funcionales (QUAD, AUKUS), además de un rediseño de las cadenas de valor para reducir las dependencias críticas.

Europa atravesó una sucesión de crisis que pusieron a prueba su cohesión — deuda soberana, Brexit, oleadas migratorias, pandemia —, pero la guerra en Ucrania actuó como catalizador: la UE, junto con la OTAN, recuperó una relativa centralidad estratégica, coordinó sanciones sin precedentes, inició un rearme selectivo y reorientó su trayectoria energética para reducir la dependencia del gas ruso. El liderazgo estadounidense se reafirmó como piedra angular del campo occidental, pero el sistema no volvió al unipolarismo; más bien entró en una transición en la que el poder estadounidense seguía siendo dominante, pero obligado a negociar con rivales asertivos y con socios más autónomos. La categoría de “multipolaridad” se difundió en la retórica rusa y china; potencias medias como Israel, Turquía, Arabia Saudí, India y Brasil buscaron margen de maniobra y agendas propias; el llamado Sur Global reclamó una representación más equitativa y propuso gramáticas alternativas de cooperación.

Oriente Medio siguió siendo un cruce inestable. Irán avanzó en su programa nuclear y consolidó redes de influencia regional; Israel normalizó relaciones con varios países árabes mediante los Acuerdos de Abraham, para luego entrar en un nuevo ciclo de guerra en Gaza en 2023–2025, que se irradia hacia el Líbano e Irán. Rusia y China aprovecharon cada espacio dejado libre para expandir su influencia diplomática y económica, desde el Golfo hasta el Cuerno de África. La pandemia de COVID-19, entre 2020 y 2022, actuó como un segundo parteaguas: reveló la fragilidad de las cadenas globales de valor, aceleró la digitalización y amplió el perímetro de la seguridad nacional para incluir la sanidad, la farmacéutica y la logística estratégica.

El cuadro resultante es el de una transición hegemónica: el liderazgo estadounidense no colapsa, pero sí está cuestionado en múltiples frentes; la cohesión de Occidente renace, aunque con divisiones derivadas de intereses nacionales distintos. La competencia es híbrida y se juega en el espacio, el ciberespacio, los mercados de materias primas, las plataformas digitales y la carrera por la IA. La disuasión nuclear vuelve al centro de la estrategia; la carrera armamentista se reanuda; los conflictos de alta intensidad entre grandes potencias dejan de ser impensables. La “paz larga” de la Guerra Fría y la ilusión unipolar pertenecen al pasado: vivimos en una época en la que cada equilibrio es provisional y cada crisis puede convertirse en sistémica.

La estructura de la globalización en la fase de fragmentación (2008–2025)

La etapa inaugurada entre 2006 y 2008 marca el fin de un paradigma: no el de la globalización, sino el de su versión universalista y eficientista. Si en la fase bipolar la globalización era sobre todo una arquitectura institucional y, en el momento unipolar, una aceleración planetaria basada en la apertura de los mercados y la liberalización de capitales, a partir de 2008 se vuelve más frágil, desigual y disputada. Los engranajes no se detienen, pero empiezan a girar de forma irregular: choques, crisis y nuevas prioridades estratégicas redibujan su anatomía.

La crisis financiera desencadenada por Lehman Brothers es el evento fundacional y el punto de ruptura. El sistema tambalea desde el centro y está a punto de colapsar. Los bancos centrales, con la Reserva Federal a la cabeza, actúan como garantes de última instancia de la economía global: expanden balances, estabilizan el crédito y sostienen instituciones demasiado interconectadas como para quebrar. El rescate evita el abismo, pero acelera una transformación profunda: aumenta la concentración del poder financiero, se amplía la brecha de desigualdades y se erosiona el consenso en torno a la apertura ilimitada de los mercados. En Estados Unidos, donde la desindustrialización ya había golpeado la Rust Belt, la onda de choque se traduce en millones de empleos perdidos, en un pacto social roto y en un resentimiento que se convierte en una plataforma política. La idea de un capitalismo que socializa pérdidas y privatiza ganancias se instala en el sentido común: es el terreno donde arraigan el populismo económico y el nacionalismo político.

En el plano material, la globalización continúa, pero cambia de lógica. El crecimiento chino reorienta las cadenas de valor: de la manufactura básica a la electrónica avanzada. Una cuota creciente de la producción se desplaza hacia otros países asiáticos. Los precios globales se comprimen, pero aumentan las dependencias asimétricas y las vulnerabilidades estructurales. La ilusión del “mundo plano” cede ante la conciencia de que la interdependencia crea ganadores y perdedores tanto entre países como dentro de las sociedades. La centralidad de Pekín en nodos críticos — tierras raras, electrónica, energía solar, baterías, principios activos farmacéuticos — revela cómo la eficiencia ha erosionado los márgenes de seguridad.

La pandemia actúa como prueba de resistencia. En 2020, el bloqueo simultáneo de fábricas, puertos y rutas generó escasez de bienes esenciales, incluso en las economías más avanzadas: semiconductores, dispositivos médicos, fármacos básicos, fertilizantes y trigo. La seguridad nacional se redefine en torno a la capacidad productiva interna y el acceso garantizado a insumos estratégicos. Empresas y gobiernos rediseñan las cadenas: el reshoring cuando es posible, el nearshoring hacia regiones próximas y el friend-shoring con socios políticamente confiables. La lógica just-in-time y los inventarios mínimos ceden el paso a la resiliencia: redundancia, reservas estratégicas, diversificación de proveedores y acortamiento de las cadenas.

En esta trayectoria se inscribe la rivalidad sistémica entre EE.UU. y China. La guerra comercial de 2018 evoluciona hacia una competencia tecnológica y geoeconómica: controles a la exportación, restricciones a las inversiones, listas de entidades y prohibiciones sobre componentes y software en sectores sensibles como semiconductores, inteligencia artificial, biotecnología y telecomunicaciones. Sin renegar del multilateralismo, Washington vuelve a valorar la política industrial y la seguridad económica. El CHIPS and Science Act incentiva la microelectrónica avanzada; el Inflation Reduction Act vincula la transición energética, las cadenas verdes y el empleo manufacturero doméstico. En paralelo, nacen alianzas tecnológicas con Japón, Corea del Sur, Países Bajos y la UE: la coordinación de estándares y controles se convierte en instrumento de contención y co-desarrollo entre democracias industriales. La UE elabora una brújula estratégica y planes de autonomía en energía, defensa y tecnologías críticas; en Asia, Japón, India y Corea impulsan la diversificación fuera de China.

La seguridad energética y alimentaria vuelve a ser prioritaria. La invasión rusa de Ucrania en 2022 y el régimen de sanciones sin precedentes revelan la profundidad de las dependencias europeas, el rol de Ucrania en los cereales y el de Bielorrusia en los fertilizantes. El comercio de materias primas se reestructura: surgen circuitos paralelos para el petróleo ruso; se fortalecen los cárteles de países productores; se multiplican las restricciones a la exportación de tierras raras, litio, chips y trigo, utilizadas como palancas de presión. La exclusión parcial de bancos rusos de SWIFT, el congelamiento de reservas y la finanza como sanción muestran que las infraestructuras de pago y las monedas de reserva son instrumentos de poder. La interdependencia se convierte en weaponized interdependence: una red de nodos y cuellos de botella a través de los cuales ejercer coerción selectiva.

Avanza la regionalización. El T-MEC renueva la integración norteamericana; el RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership entre Australia, Brunéi, Camboya, China, Indonesia, Japón, Corea del Sur, Laos, Malasia, Myanmar, Nueva Zelanda, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam) consolida un vasto espacio en Asia-Pacífico; se multiplican asociaciones diferenciadas entre África y China o entre India y la ASEAN. Surgen subsistemas en los que la cooperación económica refleja alineaciones políticas y de seguridad. La apertura universal de la era unipolar se invierte: proteger ventajas tecnológicas, evitar fugas de know-how y reducir las dependencias de adversarios potenciales se convierten en prioridad. Los gobiernos vuelven a ser protagonistas con subsidios, incentivos fiscales, compras públicas selectivas, controles de inversión de entrada y salida y estándares técnicos con función geopolítica.

Los efectos sociales son profundos. La erosión de la clase media en las economías avanzadas, la inseguridad en las áreas desindustrializadas y la percepción de que los beneficios se concentran en las élites cosmopolitas alimentan movimientos de protesta y fuerzas soberanistas. En Estados Unidos, esta dinámica se cristaliza en la elección de Trump y en la renegociación selectiva de la apertura comercial; en Europa, se traduce en demandas de protección industrial y de “autonomía estratégica”; en las democracias maduras, toma forma la idea de que el crecimiento y la cohesión requieren protección e inversión pública selectiva, no solo desregulación.

En el plano tecnológico, se dibuja una bifurcación: de un lado, el bloque EE.UU.–UE–aliados asiáticos; del otro, un área sino-rusa que intenta replicar cadenas y plataformas, desde la microelectrónica hasta las redes 5G, pasando por sistemas operativos y pagos digitales. La fragmentación normativa acompaña a la industrial: estándares incompatibles, regímenes de cumplimiento divergentes y conflictos en la gobernanza de datos. La red global sigue siendo interdependiente, pero el hilo que la mantiene unida está más tenso y menos neutral: con estándares, listas, licencias y sanciones se trazan fronteras económico-políticas de facto.

En conjunto, la globalización de 2008–2025 cambia de naturaleza. Es menos universalista y más segmentada; menos orientada a la eficiencia y más a la seguridad; menos espontánea y más guiada por decisiones políticas. Las cadenas se acortan y se duplican, los inventarios vuelven a ser una virtud, la redundancia se convierte en un seguro. La retórica del libre comercio deja espacio a la soberanía tecnológica, la autonomía estratégica y la resiliencia. Las infraestructuras creadas para conectar — SWIFT, cables submarinos, nube, plataformas — emergen como arenas de poder y como potenciales palancas de exclusión. Todo ello no es gratis: un mundo más resiliente es más caro y, en el corto plazo, menos eficiente; la regionalización reduce las economías de escala; la duplicación de cadenas introduce fricciones. Pero el precio se considera aceptable a cambio de menores vulnerabilidades sistémicas.

La narrativa de la globalización fragmentada: de la promesa de integración a la política de resiliencia (2008–2025)

El 2008 no representa solo una crisis económica; es una fractura en la confianza colectiva. La idea de una globalización destinada a generar bienestar difuso vacila. El “fin de la historia” de los noventa resulta de repente ingenuo. Las imágenes de familias desahuciadas, rescates bancarios millonarios, filas en las oficinas de empleo resquebrajan la narrativa de la eficiencia perfecta de los mercados. La globalización se convierte en blanco de críticas: desde la izquierda, por desigualdades y precariedad; desde la derecha, por la pérdida de soberanía y el control de las fronteras. Las grietas que ya habían surgido en Seattle en 1999 se convierten en un tema de debate político mainstream; el lenguaje del “1% contra el 99%” entra en el debate; movimientos como Occupy Wall Street, los Chalecos Amarillos y la movilización climática cuestionan la idea de que el crecimiento del PIB baste para medir el bienestar.

En Estados Unidos, esta nueva narrativa se une a la herida de la desindustrialización: ciudades vaciadas, salarios estancados, epidemias sociales. De allí nace un populismo económico que lee la globalización como una traición al pacto social. “Make America Great Again” promete revertir la lógica de la apertura indiscriminada mediante la renegociación de tratados, aranceles selectivos y la relocalización de cadenas críticas. Es un cambio de registro: la globalización deja de ser un destino para convertirse en una elección condicionada por el interés nacional.

También en el plano internacional cambia el relato. China, que ingresó en la OMC en 2001, es cada vez más descrita como free rider de las reglas occidentales; está tomando forma la categoría de “competencia estratégica”. Washington habla de desacoplamiento tecnológico y de reducción de la dependencia de Pekín en sectores críticos; Pekín responde con la doctrina de la “doble circulación”, que pone en el centro el mercado interno y la soberanía tecnológica, y relanza la Belt and Road Initiative como una propuesta alternativa, tanto infraestructural como simbólica. La pandemia acelera el cambio de tono: las cadenas globales de suministro se convierten en sinónimo de vulnerabilidad; entran en el léxico “resiliencia”, “reshoring”, “friend-shoring” y “near-shoring”. La administración Biden construye una narrativa que no reniega de la integración, pero la filtra: producción nacional de bienes estratégicos, alianzas tecnológicas entre países afines, de-risking en lugar de desacoplamiento total. En Europa, la Comisión hace suyas la semántica de la “autonomía estratégica” y la “soberanía digital”; el Green Deal también se convierte en una herramienta de seguridad económica para reducir dependencias y competir en la carrera tecnológica. Pero la sobrerregulación y la inacción siguen presentes en el sistema comunitario como virus paralizantes.

La guerra en Ucrania lleva esta transformación a su punto culminante. El arsenal de sanciones financieras, la exclusión parcial del sistema SWIFT y el congelamiento de reservas demuestran que la interdependencia puede convertirse en arma geopolítica. El marco “democracias versus autocracias” vuelve al discurso público occidental; el objetivo ya no es integrar a todos, sino fortalecer el campo de los socios afines y aislar a los rivales sistémicos. La globalización se convierte en un escenario de confrontación.

El resultado es una narrativa condicionada y selectiva: apertura sí, pero compatible con la protección del empleo, la seguridad sanitaria y la resiliencia de las cadenas de suministro. Las clases políticas prometen el de-risking, no el aislamiento; sin embargo, el mensaje es claro: la interconexión debe servir al interés nacional. El relato del “pueblo global” cede espacio al de la “ciudadela” que hay que defender; la retórica se vuelve pragmática y ansiosa y habla el lenguaje de la protección, la soberanía y la disuasión, propio de una época en la que el orden mundial vuelve a ser competitivo.

Economía y finanzas en la globalización fragmentada (2008–2025)

La crisis de 2008 inaugura un régimen de política económica en el que los bancos centrales se convierten en protagonistas permanentes: tipos de interés a cero, relajamiento cuantitativo, balances expandidos. El dinero abundante sostiene los mercados, pero alimenta burbujas y desigualdades. El crecimiento se ralentiza, la productividad se estanca, la fe en la apertura global se erosiona. La finanza sigue siendo el circuito más integrado de la globalización, pero su politización aumenta: sanciones, controles, requisitos de cumplimiento y estándares extraterritoriales se convierten en palancas de poder.

China acumula reservas por billones de dólares y se presenta como un gran acreedor mundial, mientras que Estados Unidos ve crecer sus déficits y su deuda pública, pero mantiene la primacía del dólar como moneda de reserva y medio de pago internacional. El uso de reservas como herramienta de sanción impulsa a algunos países a diversificar activos y divisas, aunque no surge un sustituto funcional de la moneda estadounidense. Paralelamente, se experimentan sistemas de pago alternativos y liquidaciones en moneda local para esquivar restricciones; se trata de un movimiento de ajuste, no de una revolución monetaria.

La pandemia y la guerra en Ucrania devuelven la seguridad económica al primer plano. Chips, fármacos, fertilizantes y energía se convierten en bienes estratégicos; aumentan los aranceles selectivos y las restricciones a la exportación; se multiplican los planes de reshoring, near-shoring y friend-shoring. Estados Unidos invierte en semiconductores, IA, centros de datos y energía; China acelera la autosuficiencia tecnológica mediante planes como Made in China 2025 y la estrategia de doble circulación. Mientras tanto, el comercio global no se detiene, pero cambia de geografía: crece el peso del Sur Global, aumenta el comercio intra-asiático, se consolidan corredores Sur–Sur y triangulaciones que reducen la centralidad transatlántica.

La economía estadounidense, aunque con una base manufacturera reducida, sigue liderando en tecnologías de frontera y en activos intangibles: software, nube, inteligencia artificial, propiedad intelectual, medios y plataformas. El desafío es doble: mantener la primacía innovadora y reconstruir capacidades industriales en sectores críticos, en un capitalismo que se vuelve explícitamente “nacional” y selectivo. La finanza sigue operando en redes globales, pero la producción se regionaliza; los flujos comerciales se politizan; las sanciones y las restricciones tecnológicas fragmentan la economía mundial en bloques parcialmente interconectados. Es la globalización de la seguridad: menos eficiencia y más redundancia, menos universalismo y más competencia regulatoria, menos neutralidad y más potencia nacional.

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