Ensayo de geopolítica
PARTES II – AYER
El orden mundial en el momento unipolar (1991–2007)
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991 no solo marcaron el fin de la Guerra Fría: inauguraron un orden internacional inédito en el que, por primera vez desde la era industrial, una sola potencia ocupaba la cúspide del sistema. Estados Unidos ya no tenía enfrente un rival estratégico de igual rango; durante aproximadamente quince años, el mundo adoptó, por tanto, un perfil unipolar, con Washington en situación de primacía material y simbólica. En este marco, la estrategia estadounidense se configuró como la expansión del orden liberal: la ampliación de las alianzas, la extensión de las instituciones existentes y la promoción del modelo político-económico liberal-democrático mediante incentivos, condicionalidades y, en casos extremos, cambios de régimen.
La Guerra del Golfo de 1991 fue el primer banco de pruebas de la nueva condición. La operación Desert Storm, autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU y dirigida por Estados Unidos, demostró la capacidad de la coalición, la supremacía tecnológica y el dominio de la información. La guerra relámpago, retransmitida en directo a escala planetaria, escenificó una combinación inédita de precisión, logística y comunicación: la potencia estadounidense apareció capaz de imponer el orden con un uso de la fuerza acotado en el tiempo y espectacular en su eficacia. El mensaje, tanto a los aliados como a los potenciales adversarios, fue inequívoco: Estados Unidos detentaba el monopolio de la guerra moderna.
Durante los años noventa, aquella superioridad militar se entrelazó con una renovada legitimación normativa del uso de la fuerza. Washington promovió la idea de que la protección de los derechos humanos y la prevención de catástrofes humanitarias podían justificar intervenciones armadas. En los Balcanes, la OTAN intervino en Bosnia (1995) y en Kosovo (1999), deteniendo las limpiezas étnicas e imponiendo el fin de los conflictos. Fue la fase en la que una alianza, nacida como dispositivo defensivo, se transformó en un instrumento de proyección “fuera de área”, mientras, en segundo plano, continuaba la ampliación hacia el este: Polonia, Hungría y la República Checa ingresaron en 1999, preludio de futuras ampliaciones que rediseñaron la arquitectura de la seguridad europea en clave occidental.
El momento unipolar coincidió con una confianza sin precedentes en el multilateralismo institucional. El GATT se convirtió en la OMC, con un conjunto de reglas vinculantes y mecanismos de resolución de controversias; la ONU consolidó su papel como foro universal; la Unión Europea completó el mercado único, introdujo el euro y se preparó para acoger a los antiguos países del Pacto de Varsovia; en Norteamérica, el NAFTA creó un espacio económico integrado. Al mismo tiempo, Estados Unidos intentó una relación cooperativa con la Rusia possoviética, promoviendo instrumentos como la Asociación para la Paz: el objetivo declarado era la integración e, implícitamente, la contención a largo plazo. También China fue reintegrada gradualmente al circuito global: tras Tiananmen, la opción occidental fue la del “engagement condicionado”, que culminó con el ingreso de Pekín en la OMC en 2001, acontecimiento que aceleró la transformación de la República Popular en “fábrica del mundo”.
El 11 de septiembre de 2001 fue una cesura. Por primera vez, Estados Unidos fue golpeado en su propio territorio de forma estratégica. La respuesta redibujó la doctrina de seguridad: la guerra en Afganistán derribó al régimen talibán en pocas semanas y la “guerra contra el terror” se convirtió en el armazón de la política exterior. Dos años después, la invasión de Irak — sin un mandato claro del Consejo de Seguridad y justificada por armas de destrucción masiva nunca halladas — mostró la otra cara del unipolarismo: la disposición a recurrir al uso unilateral de la fuerza, incluso a costa de erosionar la legitimidad del orden liberal que Washington había contribuido a construir. La victoria militar no se tradujo en estabilidad política; la ocupación y el nation‑building evidenciaron los límites de la superioridad tecnológica cuando se confronta con la complejidad etno-política de los teatros de Oriente Medio.
Mientras tanto, los rivales estratégicos empezaban a reaccionar. Rusia, salida de los años noventa en condiciones de debilidad y humillación, inició, con Putin, un proceso de reorganización estatal y militar, denunciando cada vez con mayor firmeza la ampliación de la OTAN como una amenaza a su seguridad. El discurso de Múnich de 2007 marcó el punto de inflexión simbólico: Moscú dejó claro que no aceptaba la lógica de un orden dirigido por Estados Unidos. China, por su parte, crecía a ritmos vertiginosos: superávits comerciales, acumulación de reservas en dólares, escalada en las cadenas de valor. La combinación del mercado global abierto y la disciplina político-industrial interna hizo posible una transición acelerada desde la “fábrica low-cost” a la plataforma tecno-manufacturera.
El momento unipolar fue, pues, auge e incubadora de fragilidades. Nunca Washington había disfrutado de tanta libertad de acción; pero precisamente en esos años se asentaron las decisiones que alimentarían el desgaste posterior: fe excesiva en la capacidad transformadora de la fuerza militar, sobrevaloración de los efectos pacificadores de la globalización, infravaloración del retorno del realismo por parte de los rivales. Cuando la coexistencia entre unipolarismo político y creciente multipolaridad económica se volvió insostenible, el sistema empezó a chirriar.
La estructura de la globalización en la fase unipolar (1991–2007)
El fin de la Guerra Fría liberó energías acumuladas durante décadas. Estados Unidos no tuvo que inventar un orden ex novo: extendió a escala planetaria una estructura de reglas, instituciones y mercados ya preparada. Los ex satélites soviéticos se integraron en el circuito financiero y normativo global; la OMC proporcionó un marco jurídico para la liberalización; la UE completó el mercado único y lo amplió; el NAFTA institucionalizó la integración norteamericana. De ello derivó una aceleración sin precedentes de los flujos de bienes, capitales, personas e información.
La logística contenerizada, unida a la revolución de la información, hizo posible la fragmentación de la producción: diseño en California, industrialización en Alemania, componentes en China, ensamblaje en México y distribución en Europa. Las cadenas globales de valor se convirtieron en el dispositivo organizativo de la economía mundial, gobernadas por estándares propietarios y plataformas digitales, en su mayoría occidentales. El just‑in‑time reducía costes y minimizaba inventarios, pero aumentaba la dependencia de la regularidad de las rutas y de la estabilidad de los nodos.
En este ecosistema, el elemento silencioso pero decisivo fue el mar. Más del noventa por ciento del comercio por volumen viajaba por vía marítima y transitaba por pocos pasos vulnerables: Suez, Malaca, Ormuz, Panamá, Bab el‑Mandeb, y Gibraltar. La Marina de los Estados Unidos transformó estos cuellos de botella en arterias relativamente seguras, convirtiendo la libertad de navegación en un bien público global. La piratería somalí, las tensiones en el Estrecho de Taiwán, las alertas periódicas sobre Ormuz y, en general, las crisis regionales recordaban que la arquitectura de la globalización descansaba sobre una condición marítima garantizada por el hegemón. En los fondos oceánicos, entretanto, se tendía la red de cables submarinos que se convertiría en la columna vertebral de la comunicación digital: una infraestructura física a menudo invisible, controlada por consorcios y empresas mayoritariamente occidentales, por la que circulaban datos, finanzas y poder cognitivo.
La hegemonía estadounidense también se manifestó a través de estándares tecnológicos y de la gobernanza de las plataformas. Internet, privatizado y puesto a disposición del gran público, adoptó protocolos y arquitecturas desarrollados en Estados Unidos; la combinación entre Silicon Valley y Wall Street generó un poder normativo de facto, capaz de definir convenciones, software, sistemas de pago e interfaces que los demás actores debían adoptar para participar en el juego. El “efecto red” consolidó posiciones dominantes con profundas externalidades políticas: adherirse a los estándares implicaba adherirse a un universo de reglas implícitas y de jurisdicciones extraterritoriales.
La dimensión cultural siguió una trayectoria similar. CNN, MTV y, más tarde, las plataformas digitales impusieron gramáticas narrativas y modelos de gusto; Starbucks, McDonald’s y las marcas del prêt-à-porter de masas como Nike marcaron el imaginario urbano global; el iPod de Apple se convirtió en el símbolo de una modernidad portátil y deseable. El sueño americano dejó de ser un mito nacional para convertirse en una aspiración transnacional: una promesa de movilidad social y de autorrealización tangible, gracias al consumo estandarizado y a la conectividad.
Pero el optimismo ocultaba tensiones crecientes. La deslocalización vació de empleo regiones manufactureras enteras en Estados Unidos y Europa, alimentando fracturas socio-territoriales. Aumentaron las desigualdades en los países avanzados, mientras la confianza en el “crecimiento para todos” empezaba a resquebrajarse. La liberalización financiera, aunque generó riqueza y liquidez, multiplicó los riesgos sistémicos; la profunda interdependencia volvió más vulnerables las economías ante los shocks. Las guerras de Afganistán e Irak, victoriosas en el plano militar pero inconcluyentes en el político, minaron la legitimidad del unipolarismo y revelaron la distancia entre la capacidad de coerción y la de construcción institucional.
La narrativa de la globalización unipolar (1991–2007)
Si las infraestructuras, los estándares y las cadenas de valor constituían la anatomía del orden, la narrativa era su psicología colectiva. Tras 1989, prevaleció la lectura universalista, según la cual la historia habría alcanzado un telos: la democracia liberal y la economía de mercado aparecieron como metas naturales. La idea del “fin de la historia” sintetizó este optimismo teleológico, mientras que la metáfora del flat world describía una competencia nivelada por la tecnología y la interconexión. El concepto de global village expresaba la confianza de que la comunicación instantánea reduciría conflictos e incomprensiones.
Esta narrativa se tradujo en políticas concretas: ampliación de la OTAN y de la UE, apoyo al ingreso de China en la OMC, proliferación de acuerdos comerciales regionales y bilaterales, programas de privatización y desregulación en países en transición. El comercio se presentó como un antídoto estructural contra la guerra, en la estela de la “interdependencia compleja” teorizada por la ciencia política: pueblos vinculados por cadenas de valor no tendrían interés en combatirse, porque la guerra destruiría beneficios económicos compartidos.
La componente cultural de la narrativa fue igualmente relevante. Las series de televisión estadounidenses, el cine y la música pop difundieron imágenes de una sociedad abierta, dinámica y meritocrática; Internet encarnó la idea de libertad sin fronteras y de una creatividad difundida. Silicon Valley adquirió una dimensión mítica: un lugar donde la innovación prometía resolver problemas colectivos y desintermediar jerarquías consolidadas. En la percepción dominante, la tecnología aparecía neutra, progresiva e intrínsecamente inclusiva.
Sin embargo, el universalismo fue asimétrico. Aunque se proclamaba neutral, el paradigma seguía siendo marcadamente americano-céntrico: reglas redactadas en gran medida en Washington y, en menor medida, en Bruselas; estándares tecnológicos moldeados en California; narrativas globales producidas por centros mediáticos anglosajones. En el Sur Global, y no solo allí, la globalización se percibió a menudo como imposición más que como elección. La promesa de convergencia chocó con trayectorias históricas, identidades políticas y modelos de desarrollo alternativos.
Entre 1991 y 2007, pese a las ambivalencias, esta narrativa permaneció hegemónica. Convenció a gobiernos y a la opinión pública de que el futuro pertenecía a quienes se integraran en las redes del capitalismo global. No obstante, a la víspera de la gran crisis financiera ya eran visibles fisuras: desigualdades crecientes, conflictos regionales, sentimientos de exclusión en las periferias industriales de las democracias avanzadas. La promesa de un “mundo plano” empezó a estrellarse contra la resistencia de la geografía, la política y las identidades.
Economía y finanzas en el momento unipolar (1991–2007)
En el plano económico-financiero, el período estuvo caracterizado por una gran expansión. La liberalización de intercambios y capitales, la desregulación de los mercados y la acción concertada de las instituciones de Bretton Woods produjeron una reducción sin precedentes de la pobreza global, un rápido desarrollo de países del Sur global insertados en las nuevas cadenas de suministro y una aceleración del comercio internacional: la cuota de las exportaciones sobre el PIB mundial pasó de alrededor de una quinta parte a más de un tercio en vísperas de 2007. El ingreso de China en la OMC transformó el equilibrio productivo: Pekín se convirtió en la plataforma manufacturera del planeta, comprimió los precios de los bienes comerciables y acumuló superávits comerciales y reservas de divisas. La desindustrialización en partes de Estados Unidos y Europa ocurrió en paralelo al aumento de la productividad global, generando ganancias de eficiencia agregadas, pero también desequilibrios distributivos notables.
La economía estadounidense se reestructuró profundamente. La cuota de la manufactura en el PIB disminuyó, mientras aumentaba la de los servicios avanzados y los activos inmateriales: finanzas, software, consultoría, medios y propiedad intelectual. Wall Street se convirtió en la cámara de compensación de las finanzas mundiales, con innovaciones como las titulizaciones y los derivados que ampliaron el crédito y multiplicaron los canales de intermediación. El dólar, pese a haber quedado sin anclaje al oro, consolidó su estatus como moneda de reserva y de denominación de materias primas; los mercados de eurodólares y la red de corresponsales bancarios difundieron liquidez en cada rincón del sistema.
La infraestructura de pagos internacionales se estandarizó en torno a plataformas como SWIFT y a prácticas de cumplimiento que se ajustaban a la normativa estadounidense. Las agencias de calificación norteamericanas se convirtieron en árbitros de la solvencia soberana y corporativa, condicionando el acceso al capital y los costes de financiación. La combinación de extraterritorialidad normativa, predominio del dólar y centralidad de Wall Street hizo de las finanzas un canal privilegiado del poder estadounidense, pero también un vehículo de riesgos sistémicos, en ausencia de un “prestamista de última instancia” verdaderamente global.
Bajo la superficie de la expansión, se acumularon desequilibrios. Estados Unidos y algunas economías avanzadas registraron déficits estructurales por cuenta corriente, financiados por la afluencia de ahorro externo proveniente de países en superávit, principalmente China y Alemania. A nivel microeconómico, la explosión del crédito al consumo y del crédito hipotecario sostuvo la demanda, mientras la innovación financiera dispersaba el riesgo a lo largo de cadenas cada vez más opacas. La riqueza crecía, pero también la interdependencia: los shocks lejanos podían transmitirse a una velocidad inédita por redes financieras densísimas.
El ciclo se cerró con la crisis de las hipotecas subprime, estallada entre 2006 y 2008 en el mismo corazón de las finanzas estadounidenses. Aquel episodio reveló la vulnerabilidad de un modelo basado en el apalancamiento, la confianza y la liquidez permanente. El unipolarismo, aunque intacto en términos de potencia militar, entró en crisis de sostenibilidad financiera y política. La globalización, de espacio de convergencia, se transformó en terreno de competencia estratégica: prólogo de la fase siguiente, marcada por el retorno asertivo de los grandes actores estatales y por la politización de las interdependencias económicas.




