El enfoque de Donald Trump hacia las guerras de Israel, tanto en el pasado – durante su primer mandato – como en el presente y futuro – según declaraciones y decisiones actuales -, marca una clara ruptura con respecto a las administraciones anteriores.
La política de su primera administración hacia Oriente Medio se caracterizó por un firme respaldo político y militar a Israel. La estrecha relación personal y política entre Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, guio muchas de las decisiones del gobierno estadounidense.[1]
En diciembre de 2017, la administración Trump reconoció oficialmente Jerusalén como capital de Israel y, en 2018, trasladó allí la embajada. En 2019, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. En enero de 2020, presentó su plan de paz, que proponía reconocer la soberanía israelí sobre gran parte de Cisjordania y la creación de un Estado palestino de soberanía limitada con capital en los suburbios de Jerusalén Este.[2]
Además, la primera administración de Trump suspendió la ayuda financiera a los organismos palestinos, cerró el consulado en Jerusalén Este y declaró que los asentamientos israelíes en los territorios ocupados no violaban el derecho internacional, revirtiendo décadas de política de EE.UU. y de la ONU y dando luz verde a Israel para expandir aún más sus asentamientos en Cisjordania.
Al mismo tiempo, Trump impulsó los Acuerdos de Abraham,[3] que llevaron a la normalización de relaciones entre Israel y varios países árabes. Estos acuerdos representan un cambio de paradigma en la región, desplazando la atención en el problema palestino hacia una alianza estratégica “semita” contra Irán. La intención de EE.UU. era fortalecer a Israel y delegarle el control regional y la protección de los estados árabes aliados – principalmente Arabia Saudí – frente a la supuesta agresividad de la República Islámica.
Irán fue considerado por Netanyahu y Trump como el principal enemigo y en 2018 la administración estadounidense se retiró del Joint Comprehensive Plan of Action,[4] argumentando que el acuerdo era demasiado débil para impedir que Irán desarrollara armas nucleares. Comenzó entonces una campaña de “máxima presión” contra Irán, con sanciones económicas y militares. En enero de 2020, un ataque con dron ordenado por Trump mató al general iraní Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds.
Todas estas decisiones reforzaron aún más los lazos entre Estados Unidos e Israel; sin embargo, generaron tensiones en la región y comprometieron el papel de EE.UU. como mediador.
La política de la administración Biden hacia Israel y los conflictos en Oriente Medio se caracterizó por un enfoque más equilibrado — en la línea histórica anterior a Trump —, que intentaba mantener el apoyo al Estado hebreo al tiempo que promovía la estabilidad regional. En particular, Biden reafirmó su respaldo a la solución de los “dos estados”, como la única vía para garantizar la paz y la seguridad tanto para israelíes como para palestinos, aunque no hizo pasos concretos en ese sentido, dada la imposibilidad al momento de aplicar esa visión.
Trump, al perfilar la política exterior de su segunda administración y al nombrar a sus responsables, ha mostrado la intención de retomar la ambiciosa y unilateral estrategia de su primer mandato, basada en tres pilares: el fortalecimiento de Israel, la construcción de alianzas árabe-israelíes y la contención de Irán. Esta política no solo ha rediseñado las relaciones entre árabes e israelíes en los últimos años, sino que está moldeando también las dinámicas geopolíticas de todo Oriente Medio.
Hoy, por tanto, la pregunta clave es: ¿hasta qué punto apoyará Trump a Israel en sus guerras? Por un lado, la cooperación prevista en los Acuerdos de Abraham está favoreciendo las relaciones árabe-israelíes, por otro, las guerras israelíes las están minando por la dureza con la que el estado hebraico combate a los palestinos y ocupa nuevos territorios. La cuestión palestina ha vuelto a convertirse en el mayor obstáculo para ampliar los Acuerdos, eje de la política medio oriental del nuevo mandado de Trump como del anterior.
A pesar de la línea dura del gobierno de Netanyahu, la nueva administración estadounidense ha confirmado su apoyo total a Israel. El propio Trump ha reiterado su alineación con la política del Estado hebraico, aunque subrayando su intención de mantener a Estados Unidos fuera de guerras prolongadas. No obstante, fiel a su conocida incoherencia, ha lanzado después propuestas que implicarían conflictos sin fin. Más allá de estas provocaciones, el éxito de la estrategia estadounidense exige que Netanyahu abandone la idea del Gran Israel y deje a los palestinos la esperanza de tener algún día su propio estado.[5] Lo cual nos devuelve a la pregunta: ¿hasta dónde está dispuesto Trump a seguir a Netanyahu?
Como ya he explicado, para la nueva administración Trump, la normalización de las relaciones entre Israel y los países árabes sigue siendo una prioridad y se basa en el relanzamiento y la ampliación de los Acuerdos de Abraham, con un enfoque en la cooperación económica y militar frente a amenazas comunes. Entre otras ventajas, esta cooperación permitiría presionar a los países árabes para que reduzcan su apoyo a la causa palestina. Además, limitaría tanto la influencia de Irán como el ascenso de Turquía en la región, aunque a su vez podría provocar una mayor agresividad de ambos países para evitar su aislamiento. Por último, permitiría reducir los recursos humanos, económicos y militares destinados a Oriente Medio, para centrarlos en el mar de la China Meridional con vistas a contener a China, donde Estados Unidos considera que se juega la hegemonía global.
Como se ha reiterado, sin embargo, esa cooperación árabe-israelí solo sería posible si Netanyahu da marcha atrás con la idea del Gran Israel y pone fin a las campañas militares y a la expulsión o incluso masacre de palestinos. Entonces, ¿qué hará Trump si Israel persiste con sus acciones militares actuales?
El nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado, de Mike Waltz como asesor de Seguridad Nacional y de Mike Huckabee como embajador en Israel indica un apoyo tanto a la política de expansión de asentamientos israelíes en los territorios ocupados como a las posturas más agresivas contra Irán y sus aliados. Además, estas designaciones sugieren un menor interés por las negociaciones de paz con los palestinos y el abandono de la solución de los dos estados, rechazada por el actual gobierno israelí. Finalmente, apuntan a que la prioridad de EE.UU. en los próximos años, será cada vez más la contención de China.[6]
Por tanto, es probable que la administración Trump – si su política de “máxima presión 2.0” no lleva a Irán a una rendición negociada, que es el objetivo deseado – brinde apoyo no solo político, sino también militar a las operaciones israelíes en curso en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irak, Yemen e incluso Irán, contra la propia República Islámica y sus proxis, incluida la provisión de armamento avanzado y asistencia estratégica, tal vez con más cálculo que en el pasado en cuanto a costes y beneficios.
En el plano geopolítico, el alineamiento total de la administración Trump con Israel podría aumentar el riesgo de escaladas militares y conflictos regionales; aunque también podría conllevar una cierta estabilización a corto plazo en Oriente Medio bajo una pax israelí y con un Irán sometido.
Analizaremos en las próximas paginas estos siete frentes de guerra de Israel para comprender los posibles riesgos de agravamiento de los conflictos o, por lo contrario, los posibles caminos hacia la paz. También examinaremos las repercusiones geopolíticas regionales y globales, dado que en Oriente Medio están implicadas todas las grandes potencias y otras aspirantes: de Estados Unidos a Rusia, de Europa a China, de Israel a Arabia Saudí, de Turquía a Irán. En el nuevo orden mundial que Trump intentará construir, los conflictos – “calientes” como Gaza y Ucrania y “fríos” como Taiwán -, al estar todos conectados, deberán negociarse entre las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia y China. En los próximos meses, con Rusia, la nueva administración no solo buscará un acuerdo sobre Ucrania, sino que insistirá en definir el reparto de esferas de influencia en Oriente Medio, Europa y resto del mundo; sin embargo, siempre bajo la hegemonía americana.
Conflicto en Gaza con Hamás y la Yihad Islámica
La administración Trump ha mostrado históricamente un fuerte apoyo a Israel, como quedó evidenciado con el reconocimiento de Jerusalén como su capital y con la retirada del acuerdo nuclear con Irán. Estas acciones contribuyeron a intensificar las tensiones en la región.
Con su regreso a la presidencia, Trump expresó la intención de facilitar un alto el fuego en Gaza y la liberación de los rehenes detenidos por Hamás antes de su investidura. El senador Lindsey Graham declaró que Trump está decidido a detener los combates y liberar a los rehenes, subrayando la necesidad de cooperar con la administración Biden durante la transición. Sin embargo, las declaraciones anteriores de Trump, como el alentar a Israel a “resolver el problema” en Gaza, sugieren un enfoque que podría intensificar las operaciones militares israelíes en la región.
En síntesis, mientras la administración Trump podría tratar de mediar un alto el fuego y promover la liberación de los rehenes, su histórico apoyo incondicional a Israel y sus declaraciones previas indican que podría seguir respaldando las operaciones militares israelíes contra Hamás y la Yihad Islámica, influyendo de manera significativa en la dinámica del conflicto en Gaza. Este apoyo de la administración Trump a Israel podría derivar en operaciones militares más frecuentes y destructivas contra Gaza, con un aumento de las víctimas civiles y de la destrucción de infraestructuras. La marginación de los palestinos podría, además, conducir a un fortalecimiento de Hamás como fuerza política, en detrimento de una solución negociada.
Conflicto en Cisjordania
La nueva administración Trump podría influir de manera significativa en la dinámica del conflicto en Cisjordania y en las relaciones con los palestinos. El nombramiento de Mike Huckabee como embajador de Estados Unidos en Israel resulta particularmente relevante. Huckabee expresó en el pasado posiciones favorables a la anexión de Cisjordania por parte de Israel, llegando a declarar que “Cisjordania es parte integrante de Israel” y que “en realidad los palestinos no existen”.
Estas posiciones sugieren que la administración Trump podría apoyar o, al menos, no oponerse a iniciativas israelíes dirigidas a la anexión de partes de Cisjordania, un movimiento que la ONU considera ilegal y que podría complicar aún más las perspectivas de una solución de dos Estados. Además, el enfoque de la administración podría provocar un aumento de las tensiones y de la violencia en la región, como muestran las recientes escaladas de violencia por parte de colonos israelíes y sus nuevas ocupaciones.
En resumen, la administración Trump podría adoptar una política que favorezca las posiciones israelíes más duras, apoyando potencialmente la anexión de Cisjordania y la expulsión parcial de palestinos de la región, reduciendo las posibilidades de negociaciones significativas. Este enfoque, aunque reforzaría a Israel a corto plazo, correría el riesgo de desencadenar una nueva oleada de inestabilidad, radicalización y violencia, amenazando la paz y la seguridad de la región a largo plazo.
Conflicto en Líbano con Hezbolá
El Líbano atraviesa actualmente una profunda crisis política, económica y social. Una guerra civil latente se ve alimentada por la presencia y la influencia de Hezbolá, respaldado por Irán; por las tensiones sectarias entre suníes, chiíes y cristianos; y por la presión de Israel en las fronteras meridionales. Además, una devastadora crisis económica, agravada por la afluencia de refugiados desde Siria, ha llevado al sistema financiero y político libanés al borde del colapso.
La administración Biden ha adoptado un enfoque cauto, apoyando la estabilidad económica del Líbano mediante ayuda humanitaria y diplomática, pero manteniendo una línea dura contra Hezbolá. El regreso de Trump podría implicar un mayor respaldo a Israel para contener a Hezbolá, con el riesgo de intensificar las tensiones militares a lo largo de la frontera entre Líbano e Israel. A diferencia de Biden, Trump podría reducir la ayuda humanitaria directa al Líbano, en gran parte gestionada por Hezbolá.
Recientemente, se alcanzó un frágil alto el fuego de dos meses entre Israel y Hezbolá, mediado por un panel internacional encabezado por Estados Unidos. El acuerdo prevé la retirada de las fuerzas de Hezbolá del sur del Líbano y el regreso de las tropas israelíes a la frontera a la espera del cambio de administración estadounidense. El apoyo de la administración Trump a Israel podría derivar en una intensificación de las operaciones contra Hezbolá, sobre todo si el grupo violase el alto el fuego. Además, el enfoque más duro de Trump contra Irán, principal sostén de Hezbolá, podría influir en la dinámica del conflicto, aumentando la presión sobre Teherán y, de forma indirecta, sobre Hezbolá.
Las consecuencias geopolíticas para Líbano de la política de Trump podrían ser la inestabilidad política y económica, lo que acercaría al país a un conflicto interno o a una guerra con Israel. La marginación de las instituciones estatales favorecería a actores no estatales, como Hezbolá, así como a grupos yihadistas y milicias locales. Para Estados Unidos, el aislamiento del Líbano podría reforzar el mensaje anti-Irán de Trump, pero reduciría su influencia en la región, dejando espacio a Rusia e Irán. El aumento de la tensión entre Líbano e Israel podría arrastrar a Estados Unidos a un conflicto regional no deseado.
En el plano regional, la desestabilización del Líbano tendría repercusiones en Siria, Jordania e incluso en Israel, incrementando el riesgo de un conflicto de mayor amplitud. Los países del Golfo podrían tratar de influir en el Líbano para contrarrestar a Irán, aunque con resultados inciertos.
Conflicto en Siria con el ISIS y las fuerzas proiraníes
Durante su anterior mandato, la política de Trump en Siria estuvo marcada por una reducción del compromiso estadounidense. Trump declaró en múltiples ocasiones su voluntad de retirar las tropas estadounidenses del país, manifestando el deseo de limitar el compromiso militar directo en la región. La intervención se centró en la lucha contra el Estado Islámico, que culminó con la declaración de victoria en 2019. A pesar del papel crucial de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), lideradas por los kurdos, en esa lucha, Trump permitió a Turquía lanzar operaciones contra ellas en el noreste de Siria. Aunque mantuvo una retórica crítica, Trump evitó choques directos con Rusia y privilegió un enfoque pragmático, tolerando en parte la influencia rusa e iraní en Siria.
Con la nueva presidencia, podría concretarse la reducción del compromiso estadounidense. Trump podría ordenar una retirada completa de las fuerzas aún presentes en el noreste sirio, reduciendo aún más la influencia de Washington en el conflicto. Esto dejaría a los kurdos enfrentándose solos a las presiones de Turquía, del régimen sirio y de las fuerzas proiraníes, generando un vacío de poder en el noreste y aumentando el riesgo de conflictos entre facciones locales. Con el ISIS debilitado, Trump podría asimismo reducir el apoyo a las operaciones de contraterrorismo en Siria, elevando el riesgo de un posible resurgimiento del Estado Islámico u otras organizaciones yihadistas.
En este escenario, la administración Trump podría incluso buscar un diálogo con Putin para reducir tensiones, aceptando de facto la presencia rusa como garante de la estabilidad en Siria. Ello podría consolidar el poder de Bashar al-Assad. Y aunque Trump haya mantenido una línea dura frente a Teherán, podría tolerar la presencia iraní en Siria si se considera parte de un equilibrio regional, limitando el respaldo a operaciones israelíes contra objetivos iraníes en el país. Es probable que Trump también se alinease con las ambiciones turcas en la región, autorizando nuevas operaciones contra los kurdos y reconociendo de facto una mayor influencia turca en el norte sirio. Todo ello, sin embargo, debilitaría la influencia estadounidense.
En un escenario alternativo, Israel intensificaría los ataques aéreos contra bases iraníes y convoyes de armamento destinados a Hezbolá, con el pleno apoyo de Estados Unidos. Esto podría desestabilizar aún más Siria, complicar los esfuerzos de reconstrucción y reforzar la dependencia del régimen de Assad respecto a Rusia e Irán. Una escalada israelí en Siria podría aumentar el riesgo de incidentes con las fuerzas rusas, que cuentan con una presencia significativa en el país. La inestabilidad siria, al igual que en Irak, brindaría al ISIS nuevas oportunidades de reclutamiento y reorganización.
Conflicto en Irak con el ISIS y las fuerzas proiraníes
La nueva administración Trump no introducirá probablemente cambios sustanciales en la dinámica del conflicto en Irak, especialmente en la lucha contra el ISIS y en las relaciones con las facciones proiraníes. Durante su mandato anterior, Trump adoptó un enfoque agresivo contra el ISIS, intensificando las operaciones militares y otorgando mayor margen de decisión a los comandantes sobre el terreno, lo que llevó a una rápida reducción del territorio controlado por el grupo.
Aunque Trump mostró una tendencia hacia el desentendimiento militar en Oriente Medio, como se evidenció en su anuncio de 2018 sobre la retirada total de las tropas de Siria, en Irak podría mantener una presencia limitada con el fin de garantizar la estabilidad y prevenir el resurgimiento de organizaciones terroristas.
Por otro lado, Israel podría intensificar los ataques aéreos contra las milicias chiíes proiraníes en Irak, percibidas como una amenaza estratégica, con el probable respaldo de la nueva administración estadounidense. El renovado apoyo a Israel y una postura más dura hacia Irán podrían alterar las dinámicas en Irak, donde Teherán ejerce una influencia significativa a través de milicias chiíes. Un aumento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán podría derivar en choques indirectos en suelo iraquí, desestabilizando aún más el país.
Conflicto en Yemen con los hutíes
La nueva administración Trump podría impactar de forma notable en la dinámica del conflicto en Yemen, particularmente en lo referente al papel de los hutíes y a las relaciones con Israel.
Durante su anterior mandato, Trump designó a los hutíes — un movimiento armado chií zaidí — como Organización Terrorista Extranjera (FTO) y como “Terroristas Globales Especialmente Designados” en enero de 2021. Esta decisión fue revocada posteriormente por la administración Biden en febrero de 2021, debido a preocupaciones sobre su impacto humanitario. Sin embargo, en enero de 2024, Estados Unidos volvió a catalogar a los hutíes como “terroristas globales” en respuesta a los ataques contra la navegación en el mar Rojo.
Trump ha apoyado históricamente a Israel y sus iniciativas regionales. Su administración podría, por tanto, respaldar las operaciones israelíes contra las milicias respaldadas por Irán, incluidos los hutíes en Yemen. Trump podría también retomar el apoyo activo a la coalición liderada por Arabia Saudí, proporcionando armamento, inteligencia y apoyo logístico. Este alineamiento podría desembocar en un incremento de las operaciones militares conjuntas o coordinadas en la región, destinadas a limitar la influencia iraní. Un enfoque más agresivo hacia los hutíes e Irán podría intensificar las tensiones en Oriente Medio, incrementando el riesgo de conflictos en múltiples frentes. La designación de los hutíes como terroristas podría, asimismo, repercutir en la dinámica del conflicto palestino-israelí, dada la compleja red de alianzas en la región.
En términos geopolíticos, un renovado apoyo a la coalición saudí podría arrastrar a Estados Unidos a un conflicto prolongado y costoso. La escalada en Yemen podría agravar las tensiones entre Washington y Teherán, aumentando la posibilidad de enfrentamientos directos o indirectos en la región. Una intensificación del conflicto yemení podría desestabilizar toda el área del Golfo, con consecuencias negativas para las rutas energéticas y comerciales.
Para Yemen, el retorno a una estrategia militarista reduciría las opciones de una solución política, prolongando la guerra civil y el sufrimiento de la población. La intensificación del conflicto podría acentuar la fragmentación del país, con el riesgo de un enfrentamiento interno todavía más complejo. Esto podría intensificar los bombardeos y prolongar la inestabilidad en el mar Rojo.
Conflicto con Irán
La nueva administración Trump pretende restablecer una política de “máxima presión” hacia Irán, dirigida a debilitar económica y diplomáticamente a Teherán. Ello incluye el respaldo a posibles ataques israelíes contra instalaciones nucleares y energéticas iraníes, así como la reintroducción de sanciones a las exportaciones petrolíferas del país.
Durante su primer mandato, Trump adoptó una línea dura hacia Irán, retirándose del acuerdo nuclear de 2015 e imponiendo sanciones económicas. Esta estrategia tuvo efectos limitados al modificar el comportamiento de Teherán. Con su regreso a la presidencia, Trump prevé intensificar dichas medidas, con el objetivo de reducir la capacidad financiera de Irán para sostener a grupos como Hamás, Hezbolá, las milicias chiíes y los hutíes.
Israel recibe con satisfacción este enfoque, esperando que la administración Trump adopte una postura más rígida frente a Irán, creando oportunidades para nuevos acuerdos de paz con sus vecinos árabes.
En respuesta, Irán trata de abrir canales diplomáticos con la nueva administración, en un intento de mitigar el impacto de las sanciones y del aislamiento internacional. Sin embargo, la región permanece volátil, con conflictos en curso que incluyen ofensivas israelíes contra proxies iraníes, lo que complica los esfuerzos diplomáticos de Teherán.
La política de “máxima presión 2.0” y el apoyo abierto a las operaciones israelíes contra objetivos iraníes en Siria, Irak y otros escenarios, aumentarían las posibilidades de enfrentamientos directos. Irán, percibiendo una amenaza creciente, podría reforzar a sus proxies en la región, incrementando el apoyo a grupos como Hezbolá, Hamás y los hutíes. El abandono definitivo de toda negociación sobre el acuerdo nuclear podría llevar a Teherán a acelerar su programa nuclear, lo que podría provocar un posible ataque preventivo israelí con apoyo estadounidense.
La intensificación de la “máxima presión” sobre Irán mediante acciones militares y sanciones, junto con el respaldo político y militar a Israel, libre de actuar según los objetivos de Netanyahu, podría, no obstante, empujar a Irán a negociar un acuerdo de “rendición”, teniendo en cuenta su inferioridad militar y las crisis económicas que devastan al país, lo que debilitaría a todos sus proxies. La perspectiva de una nueva política dura en Oriente Medio por parte de Trump ya ha inducido a Hezbolá a aceptar un acuerdo — aunque inestable y limitado en el tiempo — de alto el fuego con Israel. De este modo se establecería en Oriente Medio una pax israeliana, al menos en el corto plazo, como desea Trump.
[1] La relación se remonta a los años 80, cuando Netanyahu, por entonces embajador israelí ante las Naciones Unidas, se hizo amigo de Fred Trump, padre de Donald. Netanyahu siempre ha mantenido vínculos estrechos con figuras conservadoras importantes, tanto en el Partido Republicano como en el mundo empresarial. También fue ciudadano estadounidense, aunque renunció a la ciudadanía para poder presentarse a la Knéset.
[2] Se trata del plan Peace to Prosperity, definido por Trump como “el acuerdo del siglo”.
[3] Los Acuerdos de Abraham son una serie de pactos de normalización diplomática firmados a partir de 2020 entre Israel y varios países árabes — inicialmente Emiratos Árabes Unidos y Baréin, seguidos por Sudán y Marruecos — con la mediación de Estados Unidos.
[4] El Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) es un acuerdo internacional sobre energía nuclear firmado en 2015 entre Irán y el grupo P5+1 — Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia, China + Alemania — con el respaldo de la Unión Europea. El acuerdo preveía que Irán limitase su programa nuclear — reducción del enriquecimiento de uranio, inspecciones internacionales, fin de ciertas actividades — a cambio del levantamiento progresivo de las sanciones económicas. El objetivo era impedir que Irán desarrollara armas nucleares, permitiéndole el uso civil de la energía atómica.
[5] El “Gran Israel” representa para Netanyahu un Estado judío que mantenga el control permanente sobre todos los territorios entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, incluidos Cisjordania (Judea y Samaria) y Jerusalén Este.
[6] Rubio es un firme defensor de Israel, conocido por sus posturas duras hacia China e Irán. Huckabee ha expresado con frecuencia su apoyo a los asentamientos israelíes en los territorios ocupados y es ferviente partidario de Israel. Waltz tiene reputación de “halcón” en política exterior, con posturas agresivas hacia China, Irán y sus proxis.








