Una política resucitada del pasado que busca fracturar el frente árabe suní y reforzar la posición regional israelí
Tras la caída definitiva del régimen de Bashar al Assad en Siria, el ministro de Exteriores de Israel, Gideon Saar, fue claro: Israel debe asumir que es una minoría permanente en Oriente Medio y, como tal, tejer alianzas estratégicas con otras minorías de la región. No se trata de una idea nueva, sino de una doctrina histórica que ahora resurge con una fuerza renovada: la alianza de minorías como herramienta para desarticular el poder de las mayorías suníes y proteger los intereses del Estado judío.
Una estrategia con raíces antiguas
La doctrina de alianzas con minorías tiene claros antecedentes en la era del Imperio Otomano, cuando las comunidades no musulmanas y no suníes eran sistemáticamente marginadas. A lo largo del siglo XX, esa lógica impulsó colaboraciones puntuales entre judíos, maronitas, drusos, kurdos y alauíes. En los años 50, David Ben-Gurion la institucionalizó como uno de los cuatro pilares de la seguridad israelí, junto con la alianza con las grandes potencias, la inmigración masiva de judíos y la disuasión nuclear.
Durante décadas, Israel buscó socios periféricos en países no árabes como Turquía, Irán o Etiopía. Pero el éxito de la Revolución Islámica en Irán (1979), la fundación de Hezbolá por parte de los Guardianes de la Revolución y la desastrosa invasión israelí del Líbano en 1982 — incluida la matanza de Sabra y Chatila — erosionaron esta estrategia. La retirada de las tropas israelíes del sur del Líbano en 2000 marcó su abandono formal.
Minorías como escudo estratégico
Pese al fracaso pasado, Israel mantuvo lazos con comunidades específicas: los drusos de Siria y los kurdos de Irak. Desde los años 60, el Mosad operaba en el Kurdistán iraquí, armando y entrenando a los peshmerga. Tras la caída de Sadam Husein en 2003, esta relación se profundizó. Hoy, los informes indican una presencia permanente del Mosad en Erbil.
En el caso de los drusos, Israel nunca ocultó su simpatía. Muchos sirven en las Fuerzas de Defensa israelíes y están plenamente integrados en la sociedad. En 2025, tras el colapso del régimen sirio, Netanyahu tendió públicamente la mano a los drusos de la provincia de Sweida, calificándolos de “hermanos” y comprometiéndose a protegerlos de represalias del nuevo gobierno sirio, tachado de islamista y extremista.
Disgregar Siria para proteger Israel
La reactivación de esta doctrina responde a una lectura estratégica: impedir que el nuevo gobierno sirio — presuntamente apoyado por Turquía, Catar y la Hermandad Musulmana — cree un enclave islamista en el Golán. Así, Israel busca fomentar una federación drusa en el sur de Siria, que sirva de tapón frente a Damasco, y reforzar la autonomía kurda en el noreste.
Las tropas israelíes ya ocupan posiciones en el sur sirio, incluido el estratégico Monte Hermón, a tan solo 18 kilómetros de la capital. Desde allí, controlan visualmente el sur de Siria, el Líbano, el Valle de la Becá, Cisjordania, Jordania e incluso la frontera iraquí. Esta presencia también limita la capacidad de Hezbolá para rearmarse y envía un mensaje disuasorio claro.
Expansión de zonas colchón y presión diplomática
La ofensiva israelí pretende, además, reconfigurar los términos de una futura negociación de paz con Siria. Al ocupar el sur del país, Israel anula de facto cualquier aspiración de Siria sobre los Altos del Golán y busca ampliar la zona desmilitarizada hasta abarcar toda la Siria meridional. En paralelo, Netanyahu promueve una narrativa en favor de los derechos de las minorías, una justificación que enmascara su objetivo: crear entidades sectarias autónomas que fragmenten el poder árabe suní.
Separatismo como herramienta de legitimación
Para Israel, una región árabe homogénea supone una amenaza existencial. Por ello, su estrategia apunta a fomentar la diversificación del tejido político y social de Oriente Medio, fortaleciendo a los actores no estatales y debilitando a los estados-nación. Cuanto más fragmentado esté el entorno, mayor será la legitimidad de la existencia del Estado judío en el imaginario regional.
Netanyahu también busca evitar que un nuevo régimen suní en Damasco respalde a Hamás o facilite el tránsito de armas hacia Cisjordania, como ocurrió en el pasado. Así, su presencia militar en la zona fronteriza refuerza tanto la seguridad del sur de Siria como el control de los flujos hacia los territorios palestinos.
Una apuesta arriesgada
Sin embargo, esta estrategia no está exenta de riesgos. La caída súbita del régimen alauí, tras más de cinco décadas de dominio autoritario, revela la fragilidad de las alianzas sectarias. La historia ofrece ejemplos paralelos: las coaliciones de maronitas y chiíes con los cruzados en la Edad Media acabaron en tragedia con la llegada de los mamelucos. Las alianzas entre minorías, por definición, son inestables y efímeras.
En este sentido, la política israelí puede generar resentimiento en amplios sectores árabes y alimentar nuevas oleadas de radicalización. La región vive una transición incierta y la ruptura del mapa sirio podría contagiarse a otros estados con tejido social frágil, como el Líbano, el Irak o incluso Jordania.
Un nuevo tablero en construcción
La caída de Al Assad no ha traído paz, sino una redefinición radical del conflicto. Israel se rearma, Turquía avanza, Irán retrocede, Arabia Saudí maniobra y Estados Unidos se repliega con cautela. Mientras tanto, la balcanización de Siria ofrece oportunidades estratégicas para algunos y peligros existenciales para otros.
En este nuevo tablero, Israel juega una partida compleja, volviendo a viejas fórmulas para resolver problemas nuevos. El tiempo dirá si esta apuesta por las minorías es una genialidad geopolítica o una repetición de errores del pasado.






