Redactado el 28 de marzo de 2026. Publicado en limesonline.com
Cuba después de Irán
Cuba no es un simple expediente de política exterior. Para Estados Unidos, es una memoria obsesiva, un umbral geográfico, un trauma no resuelto de su historia imperial. Para Trump, y todavía más para el aparato ideológico que se ha condensado en torno a su segundo mandato, la isla no es solamente un régimen hostil: es el símbolo perfecto de una retaguardia que hay que volver a poner en orden, de un patio trasero que hay que recuperar, de una soberanía estadounidense que debe volver a hacerse visible precisamente allí donde, por definición, no debería ser cuestionada. Aquí, la política exterior coincide con la política interior, la cuestión hemisférica se superpone a la ansiedad fronteriza, la doctrina de seguridad se convierte en liturgia doméstica. Cuba, en suma, no es solo un residuo del siglo XX: es uno de los teatros en los que la nueva derecha estadounidense trata de redefinir la relación entre imperio, identidad y opinión pública.
Pero hoy, Cuba ya no puede leerse como se habría leído hace apenas unos meses. Irán se ha interpuesto. La guerra contra Teherán ha producido, en el campo trumpiano, una grieta que no equivale ni a un pacifismo repentino ni a una conversión neoconservadora del electorado MAGA. Ha producido algo más interesante y peligroso: la sospecha de que el jefe no está rompiendo el ciclo de las guerras estadounidenses, sino reformulándolo; no lo está cerrando, sino traduciéndolo a otra gramática. Si después de Irán Trump realmente empujara hacia una nueva agresión contra Cuba, una parte de su base no leería ese movimiento como un gesto aislado. Lo leería como el segundo acto de una traición. No la traición a un pacifismo que nunca existió, sino la de un pacto material: ninguna guerra opaca, ningún teatro nuevo que descargue sobre las clases medias y populares estadounidenses costes, miedo, desorden y sacrificios presentados como necesidades superiores. Este es el punto de partida porque aquí el expediente cubano deja de ser solo geopolítica y se convierte en psicología política de la sociedad estadounidense.
La larga sombra de Cuba
Para entender por qué Cuba sigue ejerciendo esa fuerza sobre el imaginario estadounidense, hay que volver a la larga duración. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Washington no se limitó a expulsar a España; ocupó la isla, condicionó su independencia, se reservó un derecho sustancial de intervención mediante la Enmienda Platt, consolidó su control sobre Guantánamo y transformó Cuba en una de las bisagras fundamentales de su cinturón caribeño. Incluso antes de que Castro fuera un problema, Cuba ya había sido concebida como un espacio de seguridad para Estados Unidos. La revolución de 1959 no inventó, por tanto, la cuestión cubana: la invirtió. Transformó una casi dependencia en un desafío. Hizo de un territorio considerado parte de la retaguardia estadounidense una vanguardia antagonista. De ahí surgieron Bahía de Cochinos, la Operación Mangosta y la crisis de los misiles: no tres episodios separados, sino tres estaciones de un único trauma, el de ver al enemigo dentro de la zona considerada la más íntima del frente sur.
Por eso, en la mente estratégica estadounidense, Cuba pesa más que sus capacidades materiales. Su peso no es solo militar ni económico; es psicológico. Concentra miedos más amplios: la porosidad del mando, la infiltración de potencias rivales, la posibilidad de que el near abroad deje de ser dócil, el temor de que la gran potencia ya no logre imponerse ni siquiera en el espacio que considera naturalmente suyo. La cuestión, por tanto, no consiste en establecer si Cuba constituye hoy una amenaza real en el sentido clásico del término. La cuestión es que, para la estrategia global estadounidense, la mera posibilidad de que un actor hostil o competidor encuentre en la isla una cabeza de puente basta para reactivar un reflejo histórico. Y ese reflejo no es del todo irracional. La geografía sigue contando. Cuba se sitúa en los pasos entre el Golfo de México y el Atlántico; domina, en términos potenciales, corredores que tocan el corazón logístico, marítimo y comercial de Estados Unidos. Si el delta del Misisipi es un pulmón de la potencia estadounidense, los corredores marítimos alrededor de Cuba siguen siendo algunas de sus válvulas estratégicas. La vieja obsesión, por tanto, no es solo ideológica: es la traducción mental de una vulnerabilidad geográfica que Washington nunca ha olvidado del todo.
La nueva doctrina Monroe
El segundo mandato trumpista ya ha redefinido la jerarquía de prioridades. El America First de 2025-2026 no es el aislacionismo puro que algunos imaginaban, sino algo más ambiguo y estadounidense en sentido clásico: una Monroe actualizada, una pretensión de soberanía reforzada sobre el hemisferio occidental, una reducción selectiva de las ambiciones globales compensada por una mayor dureza en la retaguardia. Frontera, cárteles, flujos, puertos, logística, materias primas, gobiernos amigos, exclusión de potencias extrahemisféricas: todo esto compone la nueva agenda. En ella, Cuba no es una excepción sino un condensador. Es el lugar donde la nueva derecha ve converger la amenaza exterior, la debilidad interna de Estados Unidos, el trauma histórico y la ocasión de mando.
Sin embargo, Irán cambia la forma en que se percibe esta agenda. Antes de los ataques contra Teherán, la nueva centralidad del hemisferio occidental aún podía contarse como una corrección de rumbo a la base trumpiana: menos misiones universalistas, más concentración en los intereses inmediatos; menos ideología democrática, más seguridad nacional; menos dispersión imperial, más disciplina del espacio cercano. Después de Irán, ese relato se resquebraja. Porque una parte del electorado ya ha visto al jefe cruzar un umbral que se le había prometido no cruzar. Y cuando el líder cruza por primera vez un umbral, sus seguidores empiezan a preguntarse dónde está el siguiente. Cuba, en ese sentido, se convertiría en mucho más que un expediente caribeño: se convertiría en la prueba de si el intervencionismo trumpiano ha sido una desviación excepcional o el rostro real, por fin emergido, del America First. Aquí cobra cuerpo el tema de la «traición». No como acusación ideológica de la izquierda o del campo liberal, sino como sospecha visceral en los sectores que habían creído haber votado contra la guerra permanente y que ahora temen encontrarse dentro de una versión actualizada de ella, más cercana, más emotiva, más hemisférica.
La clase trabajadora y la clase media estadounidense
Para entender cómo podría percibirse Cuba, hay que considerar el estado de ánimo de las clases trabajadoras y de la clase media estadounidense, no como si fueran un bloque ideológico, sino como un conjunto de expectativas muy concretas. El elector medio de Trump no se ha vuelto antimilitarista. No sueña con la rendición del imperio estadounidense. No siente simpatía por el régimen cubano. Pero se ha vuelto fuertemente selectivo en el uso de la fuerza. Acepta el gesto punitivo; desconfía del pantano. Tolera el ataque; rechaza la ocupación. Incluso puede aplaudir el bombardeo, siempre que no se traduzca en muertos estadounidenses, desórdenes prolongados, inflación energética, nuevos impuestos en la vida cotidiana, nuevas repercusiones en la gasolina, el trabajo, los precios de los alimentos y la estabilidad de las periferias. Es una psicología política moldeada por Afganistán, Irak, los años de guerra difusa y, más recientemente, por el peso asfixiante del costo de la vida. Para estos sectores, la soberanía resulta aceptable como espectáculo; deja de serlo cuando presenta la factura.
Aquí las historias individuales cuentan más que las fórmulas. Jon Webber, empleado de Walmart en Indiana, encarna bien, en las reacciones recogidas tras la agresión contra Irán, al votante dispuesto a soportar incluso una subida temporal de los precios de la gasolina, siempre que el golpe sea rápido y claro. Loretta Torres, madre de tres hijos en la periferia de Houston, dice lo contrario y lo mismo al mismo tiempo: confía en la postura de fuerza, pero teme que el conflicto se descontrole y vuelva a golpear el suelo estadounidense. Chad Hill, supervisor en Ohio, admite la posibilidad de una acción limitada, pero considera línea roja todo aquello que huela a nation-building. Herman Sims, que trabaja en el sector del transporte, no razona en términos de teoría estratégica, sino en términos de cartera y combustible: para él, cada guerra empieza cuando sube el precio en el surtidor. Will Brown, estudiante, tolera la dureza, pero no la idea de muertos estadounidenses por una causa percibida como opaca. Estas biografías no hablan directamente de Cuba, pero nos dicen cómo Cuba se infiltraría en la América profunda: no a través de la gran estrategia, sino a través de la memoria de lo que las guerras hacen a la vida ordinaria. Castigo sí; ciénaga no. Mando sí; factura no. [1]
Por eso, después de Irán, Cuba se convertiría en un expediente explosivo. Sobre el papel, parece perfecto para el elector America First: es cercana, hemisférica, inteligible, ligada a la frontera, al socialismo, a Florida, a la guerra cultural interna. Pero precisamente por ser cercana, sus efectos colaterales se percibirían como mucho más rápidos y concretos. Nuevos flujos hacia Florida, tensión en Guantánamo, crisis humanitarias que gestionar, más presión sobre el debate migratorio, subidas energéticas indirectas, demanda de nuevas posturas de seguridad: todo esto haría de Cuba no un teatro lejano, sino un multiplicador de la ansiedad doméstica. Y entonces, la pregunta que atravesaría la base no sería «si golpear o no a un régimen hostil», sino «cuánto nos cuesta esta vez y dónde acaba todo». Aquí, la sospecha de traición dentro de MAGA podría pasar del murmullo a una verdadera fractura política.
La nueva derecha
Hablar solo de MAGA conduce al error. La nueva derecha es una constelación con umbrales distintos. Hay un núcleo duro, identitario, emotivo y movimentista, que vive la política como guerra moral y para el que Cuba representa el residuo intolerable de un socialismo caribeño que hay que derribar. Hay una derecha antiwoke que lee casi todo, incluida la geopolítica, como proyección exterior de la batalla interna contra el liberalismo, las élites, las universidades, los medios y el multiculturalismo. Luego, existe un conservadurismo más tradicional, menos escatológico, más burgués y de establishment, interesado en el orden, pero no en los saltos al vacío. Y, finalmente, hay una derecha contractual, formada por la clase trabajadora blanca y no blanca, por la clase media baja, por pequeños empresarios, empleados, camioneros, personal logístico y familias asfixiadas por la vivienda, la sanidad, la escuela, las hipotecas y el combustible. Esta franja no ama el desorden imperial; ama al jefe mientras este reduzca el caos. Si lo amplifica, la fidelidad se debilita.
Por ello, el posible conflicto cubano no dividiría a la derecha entre halcones y palomas en el sentido clásico. La dividiría entre los partidarios del gesto y los temerosos del precio. Una parte quiere ver al presidente amenazar, golpear y humillar al enemigo y restaurar la soberanía visible. Otra parte acepta esa teatralidad solo mientras no tenga que pagarla con inflación, desorden y confusión estratégica. Es una distinción decisiva, porque el trumpismo se sostiene precisamente sobre la ambigüedad que permite satisfacer a la vez el deseo de fuerza y el de tregua. Cuba, más que Irán, correría el riesgo de romper esa ambigüedad. Si la partida quedara confinada a las sanciones, a la presión económica, a la inteligencia y a la amenaza escenográfica, la coalición podría resistir. Pero si se deslizara hacia una dinámica más invasiva o desestabilizadora, la contradicción entre la soberanía como espectáculo y el imperio como coste podría abrirse de golpe.
Florida
Naturalmente, todo cambia si se mira a Florida. Allí, Cuba no es un concepto: es una genealogía. Es memoria de exilio, identidad cívica, familia rota, historia de fuga, anticastrismo sedimentado en el lenguaje cotidiano. Las diásporas cubana, venezolana y nicaragüense han transformado el léxico antisocialista en una de las lenguas maternas del conservadurismo floridano. Es en este laboratorio donde el Partido Republicano aprendió a romper la idea de un electorado hispano automáticamente demócrata; es aquí donde ‘America First’ se fusionó con la memoria diaspórica y con una proyección hemisférica más dura. Florida es, en este sentido, el crisol de una síntesis ideológica potentísima: anticomunismo familiar, demanda de orden, revancha histórica, control de la frontera, castigo de los regímenes latinoamericanos y reivindicación de la Doctrina Monroe como derecho natural de Estados Unidos.
Pero sería un error leer esta realidad de forma demasiado lineal. La experiencia del exilio no implica automáticamente la adhesión a cualquier política estadounidense hacia Cuba. Produce, en cambio, muy a menudo, una fractura interna. Luis Boulart, llegado a Estados Unidos en edad avanzada y naturalizado hace poco, confía a Trump la tarea de proteger la economía, la inmigración y la política exterior: en él se condensa el deseo de orden, el anticomunismo, el culto al mando y la confianza en el jefe como garante. Julián Padron, expreso político, proviene del mismo universo de sufrimiento y rechazo del castrismo, pero considera a Trump una figura peligrosa y teme que su política acabe volviéndose contra los mismos hispanos que pretende representar. Dos biografías nacidas de una matriz común producen, por tanto, dos desenlaces opuestos. La geopolítica no pasa por encima de las vidas; las atraviesa. Al atravesarlas, muestra que el bloque anticastrista es menos homogéneo de lo que sugiere la propaganda. [2]
En Florida, además, el anticastrismo ya no se corresponde automáticamente con la confianza en los instrumentos tradicionales de la coerción estadounidense. Una parte importante de la diáspora sigue deseando el fin del régimen, pero ya no cree del todo que el embargo, el estrangulamiento y la amenaza permanente hayan producido los resultados prometidos. Esto introduce una ambigüedad de gran peso. Se puede ser radicalmente hostil al gobierno cubano y, al mismo tiempo, dudar de que Washington sepa realmente qué hacer con la isla si la crisis se agrava. La memoria del exilio empuja hacia la dureza; la memoria de las promesas incumplidas de Estados Unidos empuja hacia el escepticismo. El segundo mandato de Trump, después de Irán, corre el riesgo de reactivar ambas pulsiones a la vez: el deseo de golpear y el miedo a ser utilizados una vez más como comunidad simbólica, útil para la política estadounidense, pero sacrificable en sus consecuencias concretas.
Los inmigrantes hispanos
Si se sale del microcosmos cubano-estadounidense del sur de Florida, el cuadro se vuelve aún más fragmentado. Hablar de «hispanos» como si fueran un bloque compacto es conceptualmente erróneo y políticamente peligroso. Los cubano-estadounidenses de Miami-Dade no coinciden con los puertorriqueños de Florida central, ni con los mexicano-estadounidenses del Suroeste, ni con un mundo latino más joven, más urbano, más socialmente mezclado, para el cual las prioridades son trabajo, salario, vivienda, sanidad, coste de la vida, escuela y estatus migratorio de los familiares. Aquí, Cuba deja de ser el símbolo puro del anticomunismo y vuelve a ser también lo que es materialmente: un posible productor de nuevos flujos, nuevas restricciones, nueva incertidumbre administrativa. Para muchos inmigrantes hispanos, sobre todo para quienes han vivido en carne propia el laberinto de los permisos, las solicitudes, las revocaciones y los miedos, la cuestión cubana no se traduce en una estrategia hemisférica abstracta. Se traduce en la pregunta de si una nueva crisis producirá otra vuelta de tuerca, otra sospecha, otra precariedad jurídica.
Y aquí las historias vuelven a ser decisivas. Naydin Hernández, en el Malecón, llora porque el endurecimiento estadounidense aleja aún más a su hija. Darío Méndez, joven estudiante, vive la migración no como teoría, sino como un horizonte biográfico continuamente aplazado. Son figuras lejanas de Miami y de sus talk shows, pero muy cercanas al punto verdadero de la cuestión: cada nuevo endurecimiento sobre Cuba no golpea solo al régimen; deforma familias, suspende existencias, politiza el hambre y la espera. [3] Cuando esas vidas se mueven hacia el norte, entran en el debate estadounidense no como personas, sino como un problema. Es en este pasaje donde el archipiélago latino interno de Estados Unidos se quiebra aún más. La derecha hemisférica funciona mientras el migrante siga siendo un símbolo anticomunista. Empieza a crujir cuando ese migrante, cercano, real, asustado, administrativamente frágil, corre el riesgo de ser tratado como ilegal y de ser expulsado.
La crisis cubana
La crisis cubana no nació ayer ni se explica solo por el último endurecimiento estadounidense o por el agotamiento del petróleo venezolano. Su núcleo es estructural. La red eléctrica de la isla es vieja, desgastada, en parte heredada del ciclo soviético; las plantas están deterioradas; la demanda supera la oferta desde hace décadas; el recurso al crudo doméstico, más corrosivo, ha dañado aún más las infraestructuras; el turismo pospandémico ha drenado recursos de otros sectores; las inversiones se han concentrado en otra parte, dejando las utilities en condiciones críticas. En otras palabras: el sistema cubano lleva años consumiéndose y la nueva fase geopolítica actúa como un acelerador, no como la causa única. Esto importa porque también modifica el tipo de escenario plausible. No estamos ante un régimen fuerte, aunque asediado; estamos ante un Estado desgastado, que todavía se sostiene, pero a un coste social creciente y con márgenes cada vez más estrechos.
En esta situación, el colapso no implica automáticamente una revolución. Produce con mayor frecuencia emigración, adaptación, fuga, vaciamiento demográfico, protestas intermitentes y represiones selectivas. La idea romántica de un levantamiento lineal que derroque al régimen pertenece más a los desiderata de algunos ambientes estadounidenses que a la dinámica concreta de la sociedad cubana. Muchos cubanos, cuando la presión aumenta, optan más por la salida que por la insurrección. Esto vuelve el expediente aún más complicado para Washington. Porque una política de estrangulamiento podría acelerar no la liberación ordenada de la isla, sino su vaciamiento humano y su lenta descomposición. Entonces, la Monroe trumpiana, nacida para blindar la retaguardia, acabaría importando a la propia retaguardia lo que más teme: más inestabilidad, más flujos, más presión administrativa y política dentro de los propios Estados Unidos.
Rusia, México, China
En el discurso público estadounidense, Cuba se asocia a menudo en bloque con Rusia, China y otras potencias adversarias. Pero la jerarquía concreta es más matizada. Rusia sigue siendo esencial en el plano estratégico y simbólico: para Moscú, Cuba continúa representando una posible palanca de molestia frente a Washington, una espina hemisférica, una fuente de presión asimétrica. La renovación de las relaciones entre La Habana y el Kremlin reactiva inevitablemente los temores estadounidenses. Sin embargo, la propia Rusia tiene límites evidentes: guerra, sanciones, escasez de recursos, dificultad para sostener de verdad una gran operación de estabilización de la isla. Más inmediato, en esta fase, parece recaer en México, que tiene un interés directo en evitar un colapso incontrolado de Cuba y ya ha demostrado que considera la estabilidad caribeña un problema de seguridad regional. China, aunque importante en el plano estratégico a largo plazo, parece hoy menos operativa de lo que sugieren muchas narrativas: créditos difíciles de recuperar, menor apetito por un socio exhausto, prioridades económicas internas. Esto no la elimina del cuadro, pero la desplaza del centro de la urgencia al campo de la posibilidad futura.
De aquí se desprende otra corrección decisiva. Si Washington se moviera contra Cuba, difícilmente lo haría en nombre de una conquista pura y simple. Es más plausible que intentara forzar un umbral: agravar la presión, alimentar el desgaste del régimen, apoyar o explotar la inestabilidad, favorecer una fractura interna, acompañar una transición más o menos controlada. En otras palabras, el objetivo no sería solo Cuba como territorio, sino también como dispositivo de reorientación política. Esta vía, menos teatral que la invasión pero no menos dura en sus consecuencias, es quizá la más coherente con una Casa Blanca que quiere mostrar potencia sin cargar fácilmente con el peso de una larga ocupación. Cuba, después de Irán, se convertiría en una prueba ulterior para Trump: amenazar, pero detenerse antes de que el gesto se transforme en un pantano, como en Irán.
Donde la biografía se hace geopolítica
Naydin Hernández, Luis Boulart, Julián Padrón, Jon Webber o Herman Sims no son simples ejemplos. Son puntos de condensación. En sus vidas se refleja la manera en que la geopolítica desciende de cota y se convierte en elección, miedo, esperanza, espera, combustible, voto, hija lejana, frontera, memoria de la cárcel, precio de la gasolina, nostalgia del orden, sospecha de engaño. La nueva agresión contra Cuba, amenazada o intentada, no será sufrida por los think tanks ni por los estrategas. Lo sufrirán una madre cubana, como cierre de una vía de fuga; un anciano exiliado, como promesa de revancha; un exprisionero, como riesgo de un nuevo autoritarismo; un trabajador de Indiana, como posible nuevo aumento del precio de la gasolina; un gestor del transporte, como otra guerra pagada por quienes no la han querido. Este es el punto en el que la política exterior deja de ser «exterior».
El verdadero riesgo para Trump
El verdadero riesgo político para Trump no es que su electorado se transforme de repente en una base antiimperialista. No ocurrirá. El riesgo es más sutil: que una parte de su coalición concluya que el presidente no está defendiendo en absoluto a Estados Unidos del coste del imperio, sino que simplemente está trayendo el imperio a casa, en forma hemisférica. Cuba, por su posición, por su historia, por el peso de Florida, por el tema migratorio, por el antiguo vínculo con Rusia, por la memoria del socialismo latinoamericano, es el teatro perfecto para el trumpismo. Pero precisamente por eso también es el teatro en el que su contradicción puede hacerse más visible. A la derecha dura le ofrece un enemigo antiguo. A los sectores floridanos les ofrece la posibilidad de una revancha histórica. A la Casa Blanca le ofrece un símbolo perfecto para escenificar el mando. Pero a la clase trabajadora, a la clase media bajo presión, a los inmigrantes hispanos no cubanos e incluso a una parte de la diáspora anticastrista también les ofrece la posibilidad de ver el reverso de la promesa: no la soberanía como protección, sino la soberanía como coste.
Por eso, Cuba hoy no es simplemente la «próxima parada». Es el lugar en el que el Corolario de Trump a la Doctrina Monroe debería, por fin, aclararse a sí mismo qué quiere ser. ¿Quiere representar la restauración? Entonces debe asumir el precio interno de esa restauración. ¿Quiere ser coerción sin ocupación, chantaje sin guerra larga, transición pilotada sin pantano? Entonces debe demostrar que sabe controlar sus propios automatismos imperiales. ¿Quiere seguir siendo fiel a la promesa de no provocar nuevas guerras contra las familias estadounidenses? Entonces, Cuba es el límite que no puede sobrepasar sin desnaturalizarse. En otras palabras, la isla no es solo una cuestión cubana. Es un espejo en el que el trumpismo corre el riesgo de ver, tras Irán, su verdadero rostro. Y puede que no le guste.
Notas
[1] Julia Harte, «Airstrikes, not occupation: Where Trump voters draw red lines on Iran», Reuters, 8 de marzo de 2026. El artículo recoge las reacciones de votantes trumpianos al ataque contra Irán, incluidas las de Jon Webber, Loretta Torres, Chad Hill, Herman Sims y Will Brown.
[2] Adriana Gomez Licon, «‘It’s not personal’: Trump’s deportation efforts find support among South Florida Latinos», Associated Press / AP News, 19 de marzo de 2025. La pieza contiene testimonios de Luis Boulart y Julián Padron sobre la relación entre la comunidad cubano-estadounidense, la inmigración y el apoyo a Trump en el sur de Florida.
[3] Anett Rios y Alien Fernandez, «Cubans lament end of American dream as Trump overhauls migration policy», Reuters, 24 de marzo de 2025. El artículo recoge, entre otras, las voces de Naydin Hernández y del joven estudiante Darío Méndez sobre el cierre de las vías migratorias hacia Estados Unidos.








