El “caso Mearsheimer”: cuándo el lobby se vuelve decible y cuándo se vuelve peligrosa
Si en la historia del “lobby pro-Israel” en Estados Unidos hay un punto de inflexión narrativo – un momento en el que un tema antes susurrado entra en el debate público con nombre y apellido – ese punto es 2006. John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt no provienen de un activismo militante, sino del corazón de la academia, de las ciencias políticas. Estudian el realismo, el poder, los intereses nacionales y la lógica de las alianzas. Precisamente por eso, cuando publican The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (primero como ensayo y working paper, luego como libro), no están solo “criticando a Israel”: están proponiendo una hipótesis interpretativa sobre cómo decide América. Y en un país donde la alianza con Israel ha sido durante décadas un artículo de fe bipartidista, aquello se parece a una profanación.1
La chispa es doble. Por un lado, la tesis: el apoyo estadounidense a Israel, según ellos, no sería explicable solo por razones estratégicas “frías”, sino también por la acción de una constelación de grupos e individuos capaces de influir en el Congreso, en el Ejecutivo y en el espacio mediático. Por otro lado, el léxico: “Israel lobby”. Dos palabras que, en la memoria americana, tocan un nervio expuesto porque corren el riesgo de parecerse, aunque sea por efecto de un eco cultural, a las narrativas conspirativas antisemitas del pasado.
Y es aquí donde estalla el caso. La reacción no es un intercambio académico normal: es una guerra de marcos. Para los críticos, el riesgo es que el argumento “lobby” se convierta en un atajo: atribuir a un poder oculto lo que en realidad es fruto de decisiones políticas, de responsabilidades estatales, de intereses estratégicos y de cultura nacional. Alan Dershowitz, por ejemplo, ataca frontalmente el planteamiento, presentándolo como una re-proposición de la “conspiración” en versión actualizada: no una crítica a políticas concretas, sino una estructura narrativa peligrosamente afín a mitos antiguos.2
Para Mearsheimer y Walt, en cambio, el punto es casi el opuesto: si en Estados Unidos existen lobbies (energía, fármacos, armas, finanzas), ¿por qué la red pro-Israel debería ser intocable o indecible? Ellos insisten en un detalle que se convierte en defensa conceptual: no “complot”, sino coalición; no una central única, sino una loose coalition de organizaciones y simpatizantes, sin “headquarters” ni un mando monolítico. Es un pasaje importante porque marca la distancia entre el análisis del lobbying y el imaginario conspiracionista.3
La disputa, sin embargo, no se queda en los departamentos universitarios. Durante algunas semanas, la Harvard Kennedy School entra en el punto de mira mediático: periódicos y talk shows tratan el paper como si fuera “la posición de Harvard”. La institución reacciona con un gesto simbólico: elimina el logo de la versión online y refuerza el aviso legal, precisando que el trabajo refleja las opiniones de los autores. La escena es instructiva porque muestra cómo – en este tema – la batalla también es por la legitimidad: quién tiene derecho a hablar, con qué sello de autoridad y a qué precio reputacional.4
A partir de ese momento, el “caso Mearsheimer” produce tres efectos duraderos en el discurso público.
El primero es la normalización del léxico. Tras 2006-2007, decir “Israel lobby” ya no es automáticamente cosa de los márgenes: entra, aunque con prudencia y a menudo con prefacios defensivos, también en espacios mainstream. No porque la tesis sea universalmente aceptada (no lo es), sino porque se desplaza el umbral de lo decible: la pregunta ya no es “¿existe o no existe?”, sino “¿cuánto cuenta, cómo opera y dónde termina el análisis y empieza el prejuicio?”. Ese límite se convierte en el verdadero campo de batalla.
El segundo efecto es la polarización epistémica: la misma frase puede leerse como descripción empírica o como insinuación. Aquí, en el plano sociológico, el tema no es solo Israel: es la crisis de la “confianza” en las élites y en las instituciones cognitivas. En un entorno saturado de sospecha, la explicación compleja (instituciones, intereses, ideologías, historia) pierde terreno frente a la breve: “alguien controla”. El caso Mearsheimer acelera esta dinámica porque ofrece una narración potente y, para muchos, intuitiva; obliga así a los adversarios a responder, a menudo, en el plano moral, incluso antes que en el analítico.
El tercer efecto es el entrelazamiento, cada vez más estrecho, entre antisemitismo y crítica de Israel en el debate estadounidense contemporáneo. Por un lado, organizaciones históricas de defensa y advocacy tienden a sostener que ciertas formas de antisionismo funcionan hoy como vectores de antisemitismo; por otro, intelectuales y activistas objetan que esta conflación corre el riesgo de estrechar el espacio de crítica política legítima. Este cortocircuito, que en 2006 era latente, en los años 2020 explota con las guerras en Gaza, las tensiones en los campus y las batallas sobre las definiciones. También en esto, Mearsheimer se convierte en una referencia obligada: no porque haya “ganado” la disputa, sino porque la ha vuelto irreversible.
La paradoja del “caso Mearsheimer” es, por tanto, geopolítica y sociológica a la vez: un trabajo nacido para leer la política exterior a través de los intereses nacionales termina transformándose en una guerra interna sobre la legitimidad del discurso, sobre definiciones morales y sobre la frontera entre análisis y estigma. Es el momento en el que el lobby, más que un actor, se convierte en un símbolo: para algunos, el símbolo de una influencia real e infravalorada; para otros, el símbolo de una antigua tentación estadounidense – encontrar un chivo expiatorio – reciclada en lenguaje contemporáneo.
Personajes y biografías dentro del ecosistema: ADL, AJC, Conference of Presidents, CUFI, AIPAC y UDP como red de redes
Para entrelazar el lobby en la narración, hay que dejar de hablar de él como una entidad abstracta y verlo como un ecosistema: instituciones distintas, misiones distintas, estilos distintos, y aun así capaces de converger en algunas prioridades: ayuda militar, Irán, antisemitismo, legislación anti-BDS (Boycott, Divestment, Sanctions), seguridad de Israel, defensa del vínculo bilateral. Aquí importan las personas, porque el lobby en América es siempre también biografía.
Imaginemos el escenario como un mapa de poder distribuido. En Nueva York, la Conference of Presidents es la “cámara de compensación”: un organismo de coordinación, consenso y representación que se presenta como voz agregada de decenas de organizaciones y reivindica explícitamente el pluralismo interno (“las views no reflejan necesariamente a cada miembro”). Es una forma elegante de decir: unidad sin uniformidad.5
En la dirección operativa está William C. Daroff, un perfil de “diplomacia comunitaria”: durante años en Washington con las Jewish Federations, luego CEO de la Conference of Presidents desde 2020. Su oficio es hablar con el gobierno y con aliados, gestionar crisis y producir frentes comunes cuando la comunidad está dividida.6
Y por encima de esa estructura, desde el 1 de junio de 2025, está Betsy Berns Korn como Chair: empresaria y activista, pero sobre todo figura como puente entre mundos. Su currículum ya dice “ecosistema”: expresidenta nacional de AIPAC (2020-2023), después Chair del board de AIPAC (2023-2025) y hoy Chair de la Conference of Presidents. En ella, la red se hace persona: un nodo que une Washington (AIPAC), Nueva York (Conference of Presidents) y una parte de la infraestructura filantrópico-institucional del mundo judío estadounidense.7
En Washington, AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) es el actor más conocido porque opera en el terreno clásico del lobbying federal y – en los últimos años – también en el electoral. Aquí la biografía es organización: Elliot Brandt, hoy CEO, es “producto interno” de AIPAC, con casi treinta años de carrera entre oficinas regionales y cuartel general, hasta la sucesión de Howard Kohr (formalizada en 2024 y luego efectiva con el traspaso).8
Junto a él está la tríada de board officers que revela la gramática de la institución: Michael Tuchin, presidente de AIPAC; Korn, presidenta del Board; Bernie Kaminetsky, President-Elect: nombres que también aparecen en las comunicaciones oficiales de AIPAC cuando anuncia liderazgos y estrategias.
Pero la metamorfosis decisiva, para la narrativa pública, es el otro “alma” del comité: AIPAC ya no es solo “influencia” sobre leyes y resoluciones; es también capacidad de incidir en las carreras políticas. Aquí entra en escena la United Democracy Project (UDP), super PAC afiliado, que trabaja para elegir candidatos considerados firmes partidarios de la relación EEUU-Israel. Los datos de la FEC (Federal Election Commission) hacen trazable su operatividad.9
En 2024, esta dimensión explotó en el relato mediático: grupos pro-Israel y super PAC invirtieron masivamente en primarias demócratas muy visibles; Reuters relata la presión interna en el Partido Demócrata y el nacimiento de campañas como “Reject AIPAC”, aportando también cifras de recaudación y gasto en el ciclo electoral.10
Aquí es donde el ecosistema deja de parecer un lobby y empieza a parecer, a ojos de muchos, una máquina disciplinante: no solo persuasión, sino también selección. Y es exactamente este paso – de la policy a la carrera – el que vuelve el asunto tan polarizante.
Luego hay otro edificio, menos lobbying en sentido estricto y más “autoridad moral”: la Anti-Defamation League (ADL). Jonathan Greenblatt no llega de una trayectoria diplomática, sino de un perfil híbrido: emprendimiento, mundo corporativo, Casa Blanca (oficina de innovación social con Obama) y, desde 2015, ADL. Es un tipo de liderazgo típico de la América contemporánea: gerencialismo, política y advocacy.
Tras el 7 de octubre y las crisis en los campus, ADL ha acentuado las dimensiones legales y operativas:11 Reuters describe el lanzamiento de una red nacional de asistencia legal pro bono contra el antisemitismo, señal de un paso de “monitorizar y denunciar” a “intervenir y litigar”.12
En el debate sobre las definiciones, Greenblatt es también uno de los rostros de la tesis “anti-zionism is antisemitism”, posición que – más allá del fondo – tiene un efecto geopolítico interno: redibuja la línea entre crítica legítima y estigma, y por tanto la posibilidad misma de disentir en el espacio público sin ser colocado en el campo del odio.13
El American Jewish Committee (AJC) es otra especie: más “diplomacia pública” y relaciones internacionales que lobby congresual en sentido estricto. Ted Deutch, CEO desde 2022 tras más de una década en el Congreso, encarna esta transición: de la política electiva a la advocacy institucional. Es una biografía que cuenta un método: hablar el lenguaje de los legisladores porque se ha vivido desde dentro.14
Y, por último, está el mundo que Mearsheimer y Walt ya indicaban en 2006 como componente decisivo de la coalición: los sionistas cristianos. Aquí el personaje es John Hagee, fundador y National Chairman de Christians United for Israel (CUFI). Su biografía (televangelista, pastor en San Antonio, red de fieles y donantes) explica una parte de la paradoja americana: la alianza con Israel no es solo geoestrategia o “lobby judía”, sino también teología política, identidad evangélica y movilización de masas. CUFI reivindica enormes números de adherentes y funciona como multiplicador de popularidad, sobre todo en ambientes conservadores.
Poniendo a estos personajes en la misma escena, el ecosistema aparece por lo que es: una red de redes. La Conference busca consenso y unidad; AIPAC transforma prioridades geopolíticas en presión legislativa y electoral; UDP traduce el conflicto simbólico en inversiones en primarias; ADL custodia la frontera entre crítica y odio y construye herramientas legales; AJC opera como diplomacia civil; CUFI aporta masa, fe y narrativa identitaria.15
Y es aquí donde el “caso Mearsheimer” vuelve a ser útil como lente narrativa. Porque, a casi veinte años, lo que entonces parecía un debate sobre una tesis (“la lobby distorsiona la policy”) hoy se parece más a un conflicto sobre el propio funcionamiento de la democracia estadounidense: cuánto lobbying es fisiología y cuánto es hegemonía; dónde termina la advocacy y empieza la disciplina; dónde termina la lucha contra el antisemitismo y empieza la gobernanza del disenso. El verdadero cambio que Mearsheimer produjo no fue “demostrar” una tesis de una vez por todas, sino haber desplazado la conversación a un terreno del que no se vuelve atrás: quién decide la política exterior, con qué instrumentos y a qué coste interno.
NOTAS
- J.J. Mearsheimer, S.M. Walt, “The Israel Lobby”, «London Review of Books», 23 de marzo de 2006; Id., “The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy”, KSG Faculty Research Working Paper Series RWP06-011, Harvard Kennedy School, marzo de 2006; Id., The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, Farrar, Straus and Giroux, New York 2007.
- A. Dershowitz, “Debunking the Newest—and Oldest—Jewish Conspiracy”, 2006 (réplica a Mearsheimer y Walt); cfr. también la reconstrucción del debate y de las reacciones académicas en “The Israel Lobby”, «Harvard Magazine», junio de 2006.
- J.J. Mearsheimer, S.M. Walt, “The War over Israel’s Lobby”, roundtable, «Foreign Policy», julio/agosto de 2006 (en particular sobre la noción de “loose coalition” y sobre el tema del “control del debate”); Id., The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, cit., Introducción y cap. 1.
- “Kennedy School disavows paper by two professors”, «The Harvard Crimson», marzo de 2006 (retirada del logo y nota de desvinculación institucional); “The Israel Lobby”, «Harvard Magazine», junio de 2006.
- Conference of Presidents of Major American Jewish Organizations, “Who We Are / About” (misión, membership y función de coordinación); cfr. también las notas institucionales sobre el principio de “unity without uniformity” en las comunicaciones públicas de la organización.
- Conference of Presidents, “Leadership / William C. Daroff” (perfil y rol de CEO); Jewish Federations of North America, comunicación sobre el nombramiento de William C. Daroff como CEO (2019) y el inicio del cargo en 2020.
- Conference of Presidents, comunicados de prensa: “Harriet P. Schleifer elected for a second term as Chair… Betsy Berns Korn approved as Chair-Elect” (mayo de 2024) y “Betsy Berns Korn Assumes Role as Chair of the Conference of Presidents” (4 de junio de 2025).
- AIPAC, “The next AIPAC CEO, Elliot Brandt” (4 de junio de 2024); Times of Israel, “AIPAC names Elliot Brandt as successor to veteran chief Howard Kohr” (5 de junio de 2024).
- Federal Election Commission (FEC), perfiles de comités: American Israel Public Affairs Committee Political Action Committee (C00797670) y United Democracy Project (“UDP”) (C00799031); FactCheck.org, “United Democracy Project”, 26 de septiembre de 2024; UnitedDemocracyProject.org, “About”.
- Associated Press, “More than 20 progressive groups form a coalition to counter pro-Israel groups…” (febrero de 2024); «The Guardian», “Race to unseat ‘squad’ member Jamaal Bowman becomes most expensive House primary ever” (junio de 2024) (sobre el papel del gasto independiente y de los comités pro-Israel).
- Anti-Defamation League (ADL), Audit of Antisemitic Incidents 2024, publicado el 22 de abril de 2025 (serie histórica desde 1979; datos de 2024 y tendencias).
- Reuters, “Law firms, Anti-Defamation League launch legal group to counter antisemitism”, 29 de octubre de 2025; Gibson Dunn, “ADL and Gibson Dunn Launch Nationwide Pro-Bono Legal Support Network…”, octubre de 2025.
- International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA), Working Definition of Antisemitism (adoptada en 2016) y materiales explicativos; U.S. Department of State, “Defining Antisemitism”; Executive Order 13899, “Executive Order on Combating Anti-Semitism”, 11 de diciembre de 2019 (referencia explícita a la definición IHRA).
- American Jewish Committee (AJC), “American Jewish Committee Announces Appointment of Congressman Ted Deutch as Next Chief Executive Officer”, 28 de febrero de 2022; AJC, “Press Release: Ted Deutch Is New American Jewish Committee CEO”, 3 de octubre de 2022; perfil: AJC, “Ted Deutch (bio)”.
- Christians United for Israel (CUFI), “Our Leadership” (John Hagee: fundador y National Chairman); Associated Press, “Why conservative American evangelicals are among Israel’s strongest supporters”, 2025 (sobre el peso político de los Christian Zionists y el rol de CUFI); PBS, Bill Moyers Journal, perfil “Christians United for Israel (CUFI)”, 2007.
BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
J.J. Mearsheimer, S.M. Walt, The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, Farrar, Straus and Giroux, New York 2007.
J.J. Mearsheimer, “The Israel Lobby”, «London Review of Books», 23 de marzo de 2006.
A. Dershowitz, The Case for Israel, Wiley, Hoboken 2003.
A. Dershowitz, “Debunking the Newest—and Oldest—Jewish Conspiracy”, 2006.
Anti-Defamation League, Audit of Antisemitic Incidents 2024, ADL, 2025.
AIPAC, recursos y comunicaciones institucionales (liderazgo; PAC; AIEF).
Conference of Presidents of Major American Jewish Organizations, materiales institucionales y comunicados de prensa (liderazgo; misión; sucesión de chair).
American Jewish Committee, comunicados y perfiles institucionales (liderazgo; policy briefs).
Christians United for Israel, materiales institucionales (liderazgo; membership; CUFI on Campus).
Federal Election Commission, datos y perfiles de comités (AIPAC PAC; United Democracy Project).
E. Schattschneider, The Semisovereign People, Holt, Rinehart and Winston, New York 1960 (para la teoría del conflicto político y de la agenda).
M. Olson, The Logic of Collective Action, Harvard University Press, Cambridge (MA) 1965 (para la teoría de la organización de intereses).








