Europa en el interregno: Reino Unido y potencias continentales entre el retorno de la geografía, la guerra larga y la crisis de cohesión

La fase que estamos atravesando ya no se parece a la posguerra fría, e incluso no es un simple “retorno” a la guerra fría. Es una transición hegemónica que, en lugar de producir rápidamente un nuevo orden, genera un desorden más denso: más mesas, más expedientes, más combinaciones variables, más intercambios transaccionales, más conflictos informales y, sobre todo, un peso creciente de la información como dominio de poder. La capacidad de representar la guerra, al enemigo y a la realidad interna se convierte en un factor estratégico, al mismo nivel que las municiones y las finanzas.

En este mundo, Europa es el lugar donde el interregno se ve mejor, porque aquí la arquitectura “normativa” y “poshistórica” construida después de 1989 choca con un contexto que vuelve a ser trágico: disuasión, rearme, fronteras, logística, vulnerabilidad de las infraestructuras dual-use, disputa sobre las rutas marítimas y los cuellos de botella. También se debilita la vieja distinción entre política interior y exterior: lo exterior entra en casa en forma de energía, migraciones, cadenas de valor, sabotajes, desinformación y polarización.

El punto, para Europa, no es solo “gastar más” o “hacer más Europa”. El punto es más profundo: una política exterior eficaz requiere cohesión interna, y hoy la cohesión es el recurso más disputado en un continente atravesado por inflación, austeridad implícita o explícita, fracturas identitarias, desconfianza institucional y un conflicto político permanente sobre Ucrania, Gaza y la relación con Estados Unidos. En varios países, los movimientos populistas prosperan precisamente en este clima polarizado y, a veces, adoptan posturas conciliadoras hacia Moscú que erosionan la unidad europea.

La península europea: riqueza fragmentada y vulnerabilidad estructural

Para entender a las potencias europeas, hay que partir del terreno: Europa es una gran península de Eurasia, extendida entre el Atlántico y el Mediterráneo, conectada por ríos, mares y corredores comerciales que la han convertido en una de las zonas más ricas del planeta. Pero esa riqueza deriva de una geografía que favorece la pluralidad y la fragmentación: muchos centros, muchas capitales, muchas historias, muchas líneas de fractura. La “integración” ha enmascarado durante mucho tiempo la realidad subyacente: naciones con intereses divergentes, restricciones económicas y políticas distintas, prioridades geopolíticas que no siempre son superponibles.

En esta península, al menos dos tensiones estructurales vuelven a dominar. La primera es la fricción entre la península y el “mainland” eurasiático, dominado por Rusia: un conflicto de larga duración que gira en torno a las zonas colchón, las “borderlands”, desde el área báltica hasta el mar Negro, y el intento europeo de extender influencia e instituciones hacia el Este, en un espacio que Moscú percibe como su propia retaguardia estratégica.

La segunda es la fricción interna entre regiones europeas que viven en contextos geopolíticos distintos. El Norte continental y la llanura nor-europea favorecen el comercio y la manufactura, pero exponen a invasiones y presiones; el Sur mediterráneo es más montañoso y fragmentado, más difícil de integrar y más sensible a la desestabilización del vecindario meridional; el Este es frontera y vanguardia, más inclinado a pensar en términos de amenaza rusa y disuasión; el Oeste es a menudo retaguardia, más inclinado a pensar en términos de equilibrio económico y gestión del consenso.

Esta diferencia de entornos produce variaciones en la psicología estratégica. Y es aquí donde Europa se convierte, por naturaleza, en un continente difícil de gobernar “con una sola voz”: porque, en realidad, vive varias guerras y miedos a la vez. El Este teme a Rusia; el Sur teme la desestabilización mediterránea y la presión migratoria; la industria teme la guerra comercial y el decoupling; las sociedades temen la pérdida de seguridad económica e identitaria.

UE y OTAN: potencia potencial, soberanía dispersa, disuasión en outsourcing

La Unión Europea, en su diseño original, fue una máquina de prosperidad y de prevención del conflicto intraeuropeo. En términos geopolíticos, durante décadas ha funcionado como dispositivo de “amortiguación”: ha neutralizado rivalidades históricas, integrado economías y hecho menos probable la guerra entre las grandes potencias europeas. Pero hoy su contradicción es evidente: la UE es lo bastante grande como para ser objetivo de la política de poder ajena, y lo bastante rica como para ser disputada, pero a menudo demasiado poco unitaria para actuar como potencia plena. Por eso tiende a ser más “espacio” que “actor”: mercado, estándares, sanciones; pero también lentitud decisoria, compromiso permanente, dificultad para transformar la urgencia en mando.

Al mismo tiempo, la OTAN ha vuelto a ser el eje de la seguridad europea, pero de una forma más problemática: porque el paraguas estadounidense sigue siendo decisivo, mientras crece la percepción de que Washington selecciona cada vez más las prioridades y reduce su disposición a hacerse cargo directamente de las crisis regionales. Surge la idea de una América que mantiene la primacía global, pero intenta hacerlo “al menor coste posible”, apoyando a los aliados con medios y adiestramiento más que con intervenciones masivas. Esto empuja a Europa a debatir una mayor autosuficiencia, pero a menudo solo con la condición de contar con un aval estadounidense.

El nudo, por tanto, no es si Europa puede “desconectarse” de Estados Unidos. Es si puede dejar de considerar la disuasión un servicio externo y transformarla en una capacidad social e industrial interna. El rearme no es una cifra presupuestaria: es cultura, reclutamiento, municiones, interoperabilidad, cadena industrial, resiliencia de las infraestructuras críticas. Y, antes que nada, es legitimación: la capacidad de explicar a sociedades cansadas por qué hacen falta costes, sacrificios y disciplina en un tiempo que no promete certezas.

Reino Unido: la autonomía no borra la geografía

El Reino Unido ha elegido la ruptura más nítida con el continente: salir de la Unión para recuperar margen de maniobra. Pero el margen, cuando se vive en una isla frente a la península europea, no borra la geografía: la relee. Londres sigue siendo una potencia marítima y una intelligence power; conserva una cultura estratégica más “global” que muchos socios continentales; y tiende a maximizar su influencia presentándose como el socio europeo más fiable de Estados Unidos, precisamente porque la relación transatlántica es la estructura de seguridad que le permite proyectarse.

La Strategic Defence Review británica es la codificación de una trayectoria de rearme y liderazgo en la OTAN, con objetivos de gasto (2,5% para 2027 y la ambición del 3% en la legislatura siguiente) y la idea de convertir la defensa también en “motor de crecimiento”. Este es un punto clave: Londres intenta transformar la necesidad geopolítica en política industrial y en una narrativa económica.

La grand strategy británica hoy es una triangulación. Un lado es el atlantismo duro: inteligencia, disuasión, interoperabilidad y postura naval. Un segundo lado es la proyección extraeuropea, sobre todo en el Indo-Pacífico, como forma de demostrar que el Reino Unido sigue siendo un nodo global y no solo una potencia regional. El tercer lado es la gestión del continente: cooperar selectivamente con la UE sin reingresar en ella, porque el continente sigue siendo mercado, retaguardia y problema estructural. El Reino Unido necesita una distancia política para construir una autonomía simbólica, pero no puede permitirse una hostilidad permanente hacia Europa sin pagar un coste económico y logístico.

La fragilidad aquí es interna. Un país que quiere desempeñar el papel de potencia debe ser, antes que nada, “un país” y la unidad británica es menos obvia de lo que parece en los mapas. Las tensiones territoriales, las fracturas entre Londres, ciudad-mundo, y las periferias, la politización de la inmigración y el ciclo de inestabilidad política pos-Brexit hacen más difícil convertir la postura exterior en una estrategia coherente. En el interregno, la política exterior no puede ser una performance: debe ser una arquitectura sostenida por el consenso.

Alemania: la Zeitenwende como trauma cultural

Alemania es el centro de gravedad de Europa continental y, al mismo tiempo, su punto más sensible. Su posición en la llanura nor-europea, sin barreras naturales decisivas, la ha hecho históricamente vulnerable a las presiones del Este y del Oeste. Por eso, la grand strategy alemana, en la lectura “clásica”, gira en torno a cuatro objetivos: unidad y soberanía; dominio o control de la llanura y de las zonas colchón; estabilidad interna; limitación de la influencia de potencias externas sobre la propia llanura. La Alemania de posguerra persiguió estos objetivos, sobre todo con medios no militares, integrando económica y políticamente a los rivales a través de la UE y la OTAN, reduciendo la amenaza francesa y avanzando hacia el Este en las zonas de buffer mediante la ampliación de las instituciones europeas.

Pero esta estrategia solo funciona si la UE es cohesionada y el entorno externo es relativamente estable. Cuando la UE se fragmenta y la guerra vuelve a Europa, Alemania descubre que su potencia geoeconómica no basta para garantizar su seguridad. Ahí la Zeitenwende se convierte, más que en un giro militar, en un trauma cultural: el retorno de la guerra como posibilidad concreta, el fin de la paz como “dato de la naturaleza”, la necesidad de “sacudir a la población” con un lenguaje hasta ahora reprimido.

Alemania es un work in progress, una forma no estabilizada, una identidad históricamente inquieta, favorecida por la falta de fronteras naturales y por una historia que dificulta “geometrizar” la nación como lo hacen Francia o Italia.

La Zeitenwende, sin embargo, es un trabajo en progreso “a cámara lenta”: inversiones, fondos especiales, promesas de incrementar el débito más allá del 2% del PIB, compras de F-35 para reforzar el desarrollo nuclear y la interoperabilidad, pero dificultades para gastar rápidamente, lentitud burocrática y resistencias internas. Mientras tanto, el giro se ha concretado antes en el plano geoeconómico que en el militar: el corte de la dependencia energética de Rusia y la reducción del “chantaje”, mientras la reconstrucción plena de las capacidades militares avanza con esfuerzo.

Aquí la contradicción alemana es doble. Por un lado, la economía alemana es estructuralmente export-led: su estabilidad interna depende del acceso a mercados externos y de la solidez de una Europa que no pueda depreciarse y que siga siendo un gran mercado para la industria alemana. La UE y la zona del euro, en su lectura estratégica, no son solo ideales para compartir: son dispositivos de estabilidad social interna, porque el pleno empleo y el consenso dependen de la capacidad de exportar.

Por otro lado, la sociedad alemana atraviesa fracturas identitarias y generacionales que inciden directamente en su postura estratégica. El crecimiento de la AfD en el Este y su capacidad para atraer también a jóvenes que exigen “historia” e identidad, la competencia entre Westbindung y la tentación de Mittellage, la idea de equilibrar el Este y el Oeste frente a la cultura política renana: todo esto no es solo política interna, sino también un debate sobre la ubicación internacional de Alemania.

A esto se añade un tema a menudo infravalorado: la capacidad de reclutamiento y la disponibilidad social de la fuerza. Existen dificultades alemanas para hacer a la Bundeswehr “kriegstüchtig”, la necesidad de artificios contables para alcanzar los objetivos de gasto y, sobre todo, la crisis de reclutamiento: los jóvenes no quieren el uniforme y se vuelve a discutir el servicio obligatorio e incluso modelos “suecos”.

Alemania, en otras palabras, es fuerte pero expuesta. Y en el interregno, la exposición es una forma de vulnerabilidad estratégica porque obliga a elegir en un contexto en el que la cohesión interna es menos estable.

Francia: soberanía plena y fractura social como restricción estratégica

Francia es la excepción europea más cercana al Estado estratega clásico: presidencialismo, cultura de potencia, disuasión nuclear, hábito de proyección en el Mediterráneo y en África, y una tradición de autonomía incluso cuando está integrada en Occidente. En una Europa a menudo reglamentada, París razona más fácilmente en términos de soberanía plena y, en consecuencia, de arquitecturas: mando, disuasión, proyección e industria.

El problema es que la soberanía, para ser creíble, debe apoyarse en sociedades gobernables. Y la Francia contemporánea vive una tensión permanente entre la verticalidad del Estado y la horizontalidad de una sociedad fracturada: conflictos identitarios, ciclos de protesta, polarización electoral, conflicto centro-periferia. En el interregno, esta fractura interna compromete la continuidad estratégica: Francia puede pensar en grande, pero también debe dedicar energías a gestionar su “guerra civil fría” interna.

Además, la erosión de la influencia francesa en algunos teatros africanos y la creciente competencia con actores externos transforman la proyección en una empresa más costosa y contestada, sobre todo en el plano narrativo. Hoy, en un mundo en el que alianzas y legitimidades son modulares y transaccionales, Francia debe convertir su tradición de potencia en un nuevo lenguaje de asociación, sin poder contar ni con rentas coloniales ni con automatismos de prestigio.

Italia: la maritimidad como imperativo, la restricción interna como riesgo existencial

Italia es la potencia europea que vive con mayor claridad la contradicción entre su geografía y su estructura. La geografía le asigna una vocación mediterránea: rutas, puertos, energía, cables, estabilización del vecindario. Pero la estructura interna — deuda, crecimiento débil, inestabilidad política, fragmentación institucional — dificulta transformar esa vocación en una estrategia coherente.

Los puertos y las infraestructuras marítimas ya no son solo un elemento económico, sino que también representan poder, ya que casi toda infraestructura es de doble uso. La idea de delegar competencias sobre infraestructuras estratégicas en nombre de cálculos internos es, de hecho, una imprudencia estratégica: en una época de retorno del Estado y de competencia por las rutas, el Estado debe mantener el control directo sobre infraestructuras marítimas y portuarias, porque se trata de una cuestión geopolítica existencial.

Este es el corazón de una estrategia italiana posible: la maritimidad como condición de existencia, no solo como adorno. La guerra en Ucrania no es solo una guerra “en el Este”: amplía la fractura entre la vanguardia antirrusa y los pivotes occidentales, corre el riesgo de arrastrar al Mediterráneo al vórtice y convierte al Adriático en una falla estratégica, con exposición a sabotajes de gasoductos y cables submarinos y a amenazas sobre cuellos de botella como el canal de Otranto.

De aquí se desprende otra implicación: Italia no puede permitirse pensar en su seguridad únicamente en términos terrestres o “europeos”. Su política exterior es inevitablemente una política del mar: mantener libres las rutas, proteger las infraestructuras y contribuir — en la medida de lo posible — a evitar que la falla Este-Oeste se convierta en una ruptura interna del sistema euroatlántico, que acabaría descargándose sobre el Mediterráneo.

En este marco, la dimensión adriática se convierte en un laboratorio: el corredor Báltico-Adriático, Trieste como activo, la idea de conectar el Trimarium y, al mismo tiempo, construir sistemas adriáticos integrados con puertos y retropuertos, hasta imaginar una cogestión del espacio adriático-balcánico. No es solo logística: es estabilización. Y también es una forma de coser la fractura Norte-Sur italiana mediante una estrategia de conexión, en lugar de una redistribución estéril.

Pero la restricción interna sigue siendo decisiva. Las reformas institucionales, si se conciben como respuesta táctica a conflictos políticos internos y no como una arquitectura de poder, pueden convertirse en un multiplicador de fragilidad. La devolución incontrolada corre el riesgo de poner en cuestión no solo la unidad del país, sino también su capacidad de supervivencia estratégica, precisamente porque debilita el control estatal sobre los nodos dual-use y la resiliencia cibernética.

Italia, por tanto, es un país que puede ser más central de lo que parece, pero solo si convierte su geografía en un proyecto y su política interna en cohesión. En el interregno, quien no se gobierna a sí mismo es gobernado por los demás.

España: puerta anfibia entre Atlántico y Mediterráneo, con un problema de forma interna

España suele ser tratada como potencia “secundaria”, pero su posición la convierte en un eje: accesos entre Atlántico y Mediterráneo, cercanía al Norte de África, papel en las rutas energéticas y en los flujos migratorios y una relación histórico-cultural con América Latina que puede convertirse en canal político y económico. Su estrategia general implícita es anfibia: atlanticismo como anclaje de seguridad y mediterraneidad como entorno operativo.

La principal restricción es interna: la estructura territorial y las tensiones centro-periferia dificultan la construcción de continuidad estratégica. En un entorno en el que Europa arriesga una nueva crisis migratoria y debe gestionar la inestabilidad en los Balcanes y en el vecindario oriental y meridional, la cohesión política interna se convierte en un recurso geopolítico. En las previsiones, la amenaza de una nueva crisis migratoria es un potencial detonante de divisiones europeas, capaz de complicar la respuesta colectiva ante las crisis.

Polonia: la frontera que quiere convertirse en arquitrabe, entre Intermarium y “super-OTAN”

Polonia es el actor europeo que vive de manera más abierta la geopolítica como destino. Está en la línea de contacto entre Alemania y Rusia y, históricamente, ha forjado su imaginación estratégica como una emancipación de la tenaza ruso-alemana. Esta trayectoria es un regreso a la idea jagellónica y al Intermarium: una confederación bajo el liderazgo polaco, con apéndices bálticos y un espacio colchón, hoy «americanizado» en la Iniciativa de los Tres Mares (Three Seas Initiative), que ve en infraestructuras, energía y tecnología instrumentos de poder.

Lo interesante aquí no es solo el rearme polaco ni la ambición de convertirse en una de las principales potencias militares europeas. Es la crítica implícita a la “Vieja Europa” y al eje franco-alemán, acusados de ser refractarios a la guerra y, por tanto, poco fiables como pilares de disuasión. El Intermarium, dentro de una OTAN que corre el riesgo de vaciarse, es una forma de crear una superalianza europea capaz de pesar más, dotada de un aparato militar y de voluntad de usar la fuerza.

Este planteamiento tiene consecuencias directas para Europa. Primero: desplaza el baricentro hacia el noreste y refuerza la fractura entre la vanguardia antirrusa y los pivotes occidentales, una fractura que representa un riesgo estructural para el sistema euroatlántico. Segundo: hace aún más central la cuestión alemana, porque sin Alemania no hay cohesión industrial europea, pero con una Alemania vacilante crece la tentación de arquitecturas paralelas. Tercero: introduce a Turquía como variable, porque en el texto el Intermarium también aparece como respuesta a la creciente influencia turca en los Balcanes, lo que señala que Europa no es solo “Rusia sí/no”, sino un sistema de competiciones cruzadas.

El nudo turco: Mediterráneo oriental y Balcanes como teatro de fricción intraoccidental

Si Europa quiere pensarse como sujeto estratégico, debe aceptar que su Sudeste no es periferia, sino frontera. Turquía aparece como una potencia destinada a proyectarse en los vacíos de poder producidos por la fragmentación de Oriente Medio y por la debilidad o distracción de Europa. Su radio potencial incluye el Mediterráneo oriental, el mar Negro, el Cáucaso y parte de los Balcanes, es decir, precisamente áreas donde los intereses europeos (Francia, Italia, Grecia, España) y los de la vanguardia oriental (Trimarium, seguridad del flanco este) se cruzan.

Para Italia, además, Turquía no es solo competencia: también es infraestructura y cadena portuaria, a nivel de adquisiciones y concesiones que conectan Escandinavia, Italia y el Norte de África. Este es un detalle revelador: en el siglo XXI, la geopolítica pasa por la logística, los puertos, los corredores y las redes, y, por tanto, por decisiones aparentemente económicas que, de hecho, se vuelven estratégicas.

Energía, industria, demografía: tres restricciones que comprimen la grand strategy europea

La guerra en Ucrania y la crisis energética han mostrado que la soberanía no es un concepto abstracto. Cuando Alemania dependía de forma masiva del gas ruso, su vulnerabilidad era geopolítica antes que económica; cuando la cooperación energética ruso-alemana se vuelve insostenible, la seguridad energética civil e industrial se convierte en una prioridad estratégica, con efectos directos sobre el crecimiento y el consenso.

Esto se entrelaza con la cuestión industrial. Una parte de Europa, con Alemania a la cabeza, está construida para exportar: produce mucho más de lo que consume y, por eso, necesita mercados abiertos, rutas estables y un orden previsible. Pero la transición hegemónica realinea el poder en torno a nodos físicos e inmateriales — estrechos marítimos, cables submarinos, semiconductores, estándares tecnológicos, plataformas financieras — y convierte la interdependencia en material de arma. En un mundo así, Europa descubre que estar hiperintegrados sin ser plenamente soberanos significa estar expuestos.

Por último, está la demografía, la gran variable silenciosa. Sin entrar en números, el punto geopolítico es simple: las sociedades envejecidas y cansadas son más reacias a pagar los costes, más sensibles a la propaganda, más polarizadas y, por tanto, menos aptas para la movilización estratégica. La cohesión es la premisa de la política exterior; es la condición que hace sostenibles la disuasión, la política industrial e incluso la continuidad diplomática.

Información, percepción, legitimidad: la guerra cognitiva como campo europeo

Europa, más que otras regiones, es vulnerable a la guerra informativa por ser pluralista y fragmentada. La pluralidad es una fortaleza, pero en una época de desinformación también puede ser un punto de entrada. Si la política exterior se convierte en una secuencia de intercambios transaccionales sobre expedientes cruzados, entonces la batalla por definir “qué está ocurriendo” pasa a ser parte integrante de la estrategia. La capacidad de representar al enemigo y la realidad social interna es un componente esencial del poder, y esto vale aún más para Europa, donde la legitimidad de las élites y de las instituciones suele ser frágil y cuestionada.

El resultado es que la política exterior europea ya no se negocia solo entre Estados: también es una guerra por el consenso doméstico. Ucrania, Gaza, la relación con Washington, las migraciones: cada uno de estos expedientes divide a las sociedades y, en consecuencia, limita la libertad de acción de los gobiernos. La inestabilidad interna debe conciliarse con las obligaciones externas; de lo contrario, Europa se vuelve imprevisible e ineficaz justo cuando necesitaría continuidad.

Tres trayectorias posibles: Europa-actor, Europa-espacio, Europa-mosaico

Si consideramos el marco de una transición larga, con alianzas modulares, en la que la interdependencia es un arma, entonces Europa puede tomar tres trayectorias.

La primera es Europa-actor: una Unión que logra, al menos parcialmente, transformar la idea de autonomía estratégica en capacidad, es decir, construir un pilar industrial y militar creíble, sin romper la alianza atlántica pero reduciendo la dependencia asimétrica. Es la trayectoria más ambiciosa y también la más difícil, porque requiere centralización y consenso, los dos recursos que faltan cuando la política interna está polarizada y los intereses nacionales divergen.

La segunda es Europa-espacio: un continente rico pero fragmentado, que sigue siendo teatro de competencia entre Estados Unidos, Rusia, China y potencias regionales, y que gestiona las crisis de forma reactiva, sin construir profundidad estratégica. En esta trayectoria, la disuasión sigue en outsourcing y la política industrial permanece parcial, con el riesgo de perder capacidad productiva y autonomía tecnológica. No es casualidad que en algunas previsiones geopolíticas para 2040 se llegue a hipotetizar incluso una UE que colapse o se reduzca a una zona comercial y una Alemania que baje de rango, mientras Polonia crezca como potencia regional. Es una lectura extrema, pero señala la vulnerabilidad estructural de un sistema demasiado dependiente de las exportaciones y de la estabilidad externa.

La tercera es Europa-mosaico: un continente que no se convierte en “uno”, sino que se organiza en sub-arquitecturas funcionales. Un pilar nororiental de disuasión y rearme; un pilar mediterráneo de estabilización y control de rutas; un eje franco-alemán que sigue siendo motor económico-institucional, pero con legitimidad cuestionada; un Reino Unido que coopera selectivamente como multiplicador militar; una Italia que intenta convertirse en un hub marítimo y logístico; una España que custodia el umbral occidental y la presión migratoria. Es una trayectoria menos elegante, pero quizá más compatible con la realidad europea: no un imperio, sino una geometría variable.

Cierre: la potencia europea como problema de forma

Al final, la pregunta europea no es “si” el continente tiene recursos. Los recursos existen: tecnología, industria, capital humano, mercado. La pregunta es si Europa tiene forma, es decir, la capacidad de gestionar los recursos. Y la forma depende de algo que la geopolítica no puede ignorar: la cohesión interna.

En el interregno, la cohesión no es una virtud moral: es un recurso estratégico. Sin cohesión, el rearme se queda en una cuestión contable; sin cohesión, la política industrial permanece fragmentada; sin cohesión, la disuasión sigue en outsourcing; sin cohesión, Europa sigue siendo un espacio. Con una cohesión al menos suficiente — no unanimidad, sino un consenso mínimo sobre los peligros y los fines — Europa puede convertirse, si no en un imperio, al menos en un actor capaz de elegir. Y hoy, elegir ya es una forma de poder.

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