En mi artículo de la semana pasada, realicé un análisis del documento National Security Strategy 2025 de Estados Unidos, publicado por la segunda administración de Trump, y lo comparé con la NSS de 2022, redactada por la administración Biden. Se trata de documentos públicos y, por tanto, su valor es relativo; una gran potencia no explica sus objetivos de forma tan abierta, y los objetivos que se explicitan son simplemente una lista de deseos sujeta a imperativos y constricciones. En este caso, sin embargo, se trata de un documento ideológico — omisiones aparte — que ratifica una táctica de política exterior que ya hemos visto nacer durante la primera administración Trump y que hoy se encuentra en fase de implementación, por lo que puede contrastarse con la realidad.

Durante la semana, además, han surgido detalles provenientes de una versión presuntamente clasificada — que se cree de uso interno, según la práctica habitual — que habla de la creación de un G5 entre Estados Unidos, China, Rusia, Japón e India, que no incluiría a los países europeos. Asimismo, se mencionan Italia, Austria, Hungría y Polonia como posibles aliados de un plan orientado a desintegrar la Unión Europea. Se trata de dos posibles iniciativas coherentes con la visión trumpiana y complementarias de las del documento público.

A la espera de la evolución de estas revelaciones, esta semana quiero ampliar el foco al conjunto de la política exterior estadounidense, de la que la NSS es solo un componente, aportando al mismo tiempo mayor profundidad histórica al análisis y subrayando hasta qué punto su consenso está fragmentado.

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Hay una manera ingenua de leer la política exterior estadounidense: como una línea que cambia de dirección en función del mundo, de los enemigos, de las oportunidades. Y hay una manera geopolítica más realista: empieza por dentro: por la ansiedad colectiva, la crisis de confianza, la fragmentación en milieux y tribus que convierten cada dossier externo en una prueba identitaria. Con esta lente, la política exterior ya no es solo “estrategia”: es una tecnología de cohesión (o de fractura) de la coalición gobernante. Cuando una nación pierde el pegamento, tiende a exportar su psicología: miedos, rencores, mitos de decadencia. Y termina combatiendo fuera sus guerras civiles simbólicas.

La segunda administración Trump nace exactamente aquí: en una América cansada de la hegemonía universalista y, al mismo tiempo, incapaz de renunciar al lenguaje del excepcionalismo. Y es aquí donde la política exterior se convierte en un campo minado para el movimiento conservador — un ecosistema ya demasiado vasto para obedecer a una sola doctrina — y, de forma especular, para una izquierda y unos demócratas liberales que, desde hace años, alternan entre el internacionalismo de los derechos y las pulsiones de repliegue. El resultado es una paradoja típica de las fases de transición: todos invocan “prioridades”, pero nadie logra imponer un orden compartido entre ellas.

Este artículo pretende reconstruir cinco puntos esenciales para comprender la política exterior estadounidense: 1) los cambios de rumbo de Bush a Biden; 2) las diferentes Weltanschauungen dentro de la galaxia conservadora; 3) las distintas “visiones del mundo” dentro de las izquierdas estadounidenses; 4) convergencias y disonancias en los dossiers clave; 5) la contradicción estructural de la segunda administración Trump: de la pretensión nunca del todo abandonada de dominar el mundo a la aceptación de esferas de influencia, de la validación de sistemas de alianzas a una diplomacia puramente transaccional. Todo ello manteniendo un principio de análisis exclusivamente geopolítico, basado en una empatía analítica hacia los actores, que considera sus intereses, condicionantes y percepciones de amenazas, y no las auto-narrativas moralizantes.

1. La trayectoria histórica del neoconservadurismo universalista al repliegue selectivo

1.1 Bush: el neoconservadurismo como gramática de poder

La presidencia de Bush es el parteaguas que convierte la superioridad unipolar en un proyecto explícito: no solo contener amenazas, sino también “remodelar” regiones. La National Security Strategy de 2002 codifica el giro: preemption (prevención), guerra contra el terror e internacionalismo musculoso, que vinculan la seguridad con la transformación política.

Esta fase deja dos herencias que hoy envenenan a ambas coaliciones. Las “guerras sin fin” (Irak y Afganistán como arquetipos) que deslegitiman a la élite dominante: no tanto porque EE.UU. “pierda”, sino porque gana tácticamente sin saber construir un orden político. Es la crisis de los objetivos del regime change y del nation-building. Y de la idea de que el poder estadounidense está “moralmente obligado” a intervenir: democracia y rule of law como modelos exportables, derechos humanos como misión, América como juez global.

Aquí reside la primera coincidencia “impura” entre la derecha neocon y sectores de la izquierda liberal-internacionalista: el intervencionismo como deber. Cambian las justificaciones — de un lado, la seguridad; de otro, los derechos — pero no siempre la actuación.

1.2 Obama: pivot to Asia y repliegue selectivo

Obama hereda el cansancio imperial e intenta un reequilibrio de la política exterior estadounidense: reducir el peso de Oriente Medio, contener la hemorragia de recursos y desplazar el eje estratégico hacia el Indo-Pacífico. La fórmula “America’s Pacific Century” de 2011 se convierte en el manifiesto cultural del pivote: el futuro de la geopolítica se decide en Asia, no en Irak.

Pero el pivot choca con la realidad: Libia, Siria, ISIS y un Oriente Medio que no “deja ir” a Estados Unidos. Obama apuesta entonces por un repliegue selectivo: reduce la huella, aumenta los drones y las operaciones especiales y trata de trasladar los costes a los socios regionales. Es un compromiso entre dos imperativos: la prioridad de Asia y la gestión del caos en Oriente Medio.

1.3 Trump I: “America First” como negación del universalismo, no del poder

La primera administración Trump no inventa el cansancio: lo cataliza. En términos políticos, traduce el humor profundo de las clases medias desorientadas, de las instituciones deslegitimadas, de la sensación de derrota en guerras inútiles y del resentimiento hacia aliados percibidos como free riders.

En el plano doctrinal, la NSS 2017 ya propone conceptos que se repiten en 2025: competencia entre grandes potencias, burden-sharing, frontera porosa, inmigración y cárteles como amenazas para la seguridad interna.

Washington intenta imponer el burden-shifting, amenaza a la OTAN y trata las alianzas como contratos. Pero sigue siendo ambivalente: quiere reducir compromisos y, al mismo tiempo, exhibir fuerza; desconfía del nation-building, pero recurre a sanciones y a la coerción económica; rechaza la ingeniería moral global, pero no renuncia a la superioridad estadounidense como instrumento de negociación.

1.4 Biden: retorno de Occidente y Ucrania como pegamento

Biden intenta restablecer una política exterior basada en alianzas, en el multilateralismo y en la competencia sistémica con China y Rusia. La NSS de 2022 reconoce a China como el desafío central, a Rusia como amenaza inmediata y apuesta por las alianzas como multiplicadoras de fuerza y de disuasión.

La invasión rusa de Ucrania en 2022 convierte este enfoque en una prueba de estrés: Ucrania se convierte en el dossier que cohesiona a Occidente y, a la vez, en un acelerador de la fractura interna estadounidense, sobre todo en la derecha.

Esta trayectoria nos lleva al nudo: Trump no es simplemente “otro giro”. Es la llegada de una fase distinta: el paso de la hegemonía universalista a la potencia primaria, obligada a elegir, negociar y actuar de modo transaccional para afirmar, por encima de cualquier otro valor, el interés nacional estadounidense.

2. Las muchas derechas: una coalición demasiado amplia para una sola doctrina de política exterior

Un error recurrente es tratar “la derecha” como un sujeto coherente. En realidad, la derecha estadounidense hoy es un ecosistema: think tanks, donantes, medios tradicionales, influencers, iglesias, comunidades online, élites económicas y subculturas. La legitimidad es reputacional antes que organizativa. Y en un sistema tan fragmentado, la política exterior se convierte en un campo de batalla por la hegemonía interna.

2.1 Establishment republicano y conservadores tradicionales

El establishment republicano y los conservadores tradicionales — formados por viejas redes de Washington, parte del aparato congresual, donantes, establishment pro-Israel — tiende a ver la OTAN y Europa como el armazón del orden occidental; a Rusia como una amenaza revisionista a antagonizar; a China como un competidor estratégico que exige confrontación y contención; a Israel como un aliado, proxy y a la vez outpost regional (también por obligación político-moral interna).

El problema es que hoy esta visión no resulta atractiva para un electorado MAGA que rechaza la estética de las “guerras de la élite” y para subculturas que usan precisamente a Israel como palanca de fractura interna. El caso de Nick Fuentes y los Groypers es emblemático: el antisemitismo y las retóricas anti-Israel no son solo “contenido”, sino también un instrumento de boundary work para definir quién está dentro y quién está fuera del movimiento.

2.2 MAGA y nacional-populistas

El movimiento MAGA tiende a ver la política exterior como un drenaje de recursos y una traición a las prioridades internas. De ahí surge el interés por un cierre rápido de conflictos (sobre todo en Ucrania), incluso al precio de soluciones “sucias”; por el uso de aranceles y de negociaciones bilaterales como instrumentos naturales de poder; por la lucha contra la migración y los cárteles como amenazas existenciales, lo que abre un “verdadero” dossier de seguridad nacional.

Esta sensibilidad se formaliza con claridad en la NSS 2025 de la Casa Blanca, donde la administración declara que no puede estar “igual de atenta a cada región” y propone una jerarquía: intereses core y periferias a gestionar con selectividad.

Aquí emerge la doctrina clave: el Trump Corollary a la Doctrina Monroe, que consiste en reafirmar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y negar a las potencias extra-hemisféricas el control de los activos estratégicos.

La relevancia geopolítica es evidente, pero internamente genera fricciones: las derechas más globalistas ven el Corolario como una reducción de influencia; las derechas más ideológicas lo consideran un abandono de la misión; las derechas más economicistas lo temen como proteccionismo desestabilizador.

2.3 Tech Right

La tech right suele describirse como libertaria, pero la realidad es híbrida: desregulación y experimentación doméstica, sí; pero también disposición a usar el Estado como acelerador estratégico: defensa, IA, supply chain, seguridad tecnológica. El enemigo estructural es China: no tanto por ideología como por estándares tecnológicos, cadenas de suministro, semiconductores, inteligencia artificial y control de datos.

En la NSS 2025, el eje económico-tecnológico es explícito: reindustrialización, inversión en tecnologías emergentes, seguridad en las cadenas críticas y energía como ventaja competitiva.

Aquí hay una convergencia posible con sectores de la izquierda industrialista en la “foreign policy for the middle class”, pero por razones distintas: para la tech right, el objetivo es la supremacía y la velocidad; para la izquierda industrialista, el empleo y la resiliencia social.

Con respecto a Europa, la derecha tecnológica no se limita a promover el burden-sharing, sino que también propone una crítica explícita a las restricciones a las libertades; es decir, reclama la alineación cultural por parte de los aliados con los Estados Unidos.

2.4 Halcones fiscales, desreguladores, “anti-Estado”, MAHA

Estas corrientes tienen una brújula simple: lo externo es aceptable si reduce costes y aumenta la autonomía. Se prefiere limitar los compromisos militares permanentes; usar palancas económicas (pero no siempre aranceles, que dividen); vigilar las cadenas farmacéuticas y energéticas como factores de seguridad nacional. Aquí, las sensibilidades “MAHA” se relacionan con la geopolítica de las supply chains.

Estos grupos insisten en la seguridad económica como parte de la seguridad nacional y en no depender de potencias externas para los componentes clave. La NSS 2025 refleja este punto de vista, pero la contradicción es evidente: reducir el Estado y, a la vez, reconstruir capacidades industriales, energéticas y tecnológicas que requieren coordinación pública. Es una contradicción entre la ideología y el imperativo estratégico.

2.5 Religious right

La derecha religiosa, sobre todo la evangélica, ha sido históricamente un pilar del apoyo a Israel por razones teológicas e identitarias y lee Oriente Medio y la libertad religiosa como asuntos morales. Esto la coloca en colisión con componentes de la “nueva derecha”: parte del populismo mediático que quiere reducir el coste político del apoyo incondicional al Estado judío; subculturas (Groypers, White Supremacists, Manosphere, etc.) hostiles al sionismo cristiano e inclinadas a marcos anti-Israel o a abiertamente antisemitas.

Aquí, la política exterior se vuelve policía interna: no se discute Israel como estrategia regional, sino como “frontera moral” del movimiento. El antisemitismo funciona como indicador identitario y como palanca de poder entre facciones, con costes reputacionales y problemas de coordinación.

2.6 Libertarios individualistas

Los libertarios son un “cuerpo extraño” que atraviesa ambas coaliciones: pro-libertades civiles, anti-guerra, anti-vigilancia y, a menudo, anti-sanciones. Los rasgos distintivos son el no-intervencionismo y la oposición a la presencia militar en el exterior.

La convergencia con la izquierda anti-imperialista es posible, pero frágil: las motivaciones son distintas: libertad individual frente a solidaridad internacionalista y anti-capitalista. La convergencia es “negativa”: se suman contra la intervención, no necesariamente por un proyecto alternativo.

2.7 Identitarios supremacistas y otras subculturas

Las subculturas de la nueva derecha americana no son numerosas, pero importan: tienen capacidad de swarming mediático y de presión interna; convierten la política exterior en guerra cultural. Los Groypers no son solo ideas: son estética, pertenencia, jerarquía y una psicología de la ansiedad que busca orden y enemigos.

En política exterior, estas subculturas tienden a rechazar el globalismo como trama de élites; a usar el antisemitismo como provocación contra los gatekeepers, los custodios de la ortodoxia doctrinal de la derecha tradicional; a coquetear con lecturas “esferistas” (favorables a esferas de influencia) y a mostrar desconfianza hacia el atlanticismo.

Para el establishment, estas subculturas representan un riesgo reputacional; para parte del populismo, peligro y energía. Sin embargo, para los Groypers y las demás tribus, el estigma es prueba de autenticidad. Combaten una guerra por la autoridad narrativa y por definir el “centro moral” del conservadurismo.

3. Las muchas izquierdas: internacionalismo de derechos, realismo liberal y “América doméstica” como prioridad

También aquí, hablar de “la izquierda” como un bloque único resulta engañoso. Los progresistas-liberal, los moderados-centristas y la izquierda-radical son mundos distintos.

3.1 Progresistas-liberal

Los progresistas-liberal tienden a leer la política exterior como una extensión de la política de derechos: minorías, derechos civiles, agenda climática y cooperación multilateral. A menudo se inclinan hacia el intervencionismo “humanitario” o “pro-democracia”, al menos en lo normativo. Es una afinidad inesperada con los neocon: ambos creen en esta misión, la definen, pero con una semántica distinta.

La diferencia entre los dos grupos, en la fase actual, radica entre un universalismo moral basado en derechos universales y una geopolítica de la competencia basada en prioridades, disuasión y recursos finitos.

3.2 Moderados-centristas

Los moderatos-centristas favorecen una política exterior “equilibrada” que combina intervención y multilateralismo, evitando excesos. Son la base sociopolítica del enfoque bideniano: alianzas como multiplicador, Ucrania como defensa del orden y competencia con China en coalición.

Esta facción se está reduciendo y es vulnerable a las argumentaciones de las otras corrientes de la nueva derecha americana: cada guerra larga erosiona el consenso; cada shock económico reactiva la pregunta: «¿Por qué gastamos en armas o por qué destruimos recursos en el extranjero?»

3.3 Izquierda radical y socialistas democráticos

Los movimientos socialistas y de la izquierda radical critican el capitalismo y las desigualdades estructurales y promueven una cultura de la resistencia. En política exterior, esto se traduce en crítica al imperialismo y guerras “por delegación”; sensibilidad por Palestina como test identitario interno del Partido Demócrata; sospecha hacia el complejo militar-industrial.

Con estas críticas, convergen tácticamente con los libertarios no intervencionistas; sin embargo, estratégicamente, los dos grupos, de la izquierda y de la derecha, quedan alejados.

3.4 “Política exterior para la clase media”

Tras 2008 y las crisis de las cadenas de suministro, crece una sensibilidad transversal: la política exterior debe servir a la resiliencia interna. Esta idea es compatible con la lógica de la transición hegemónica: menos universalismo, más selección, más economía política del poder.

De ahí una convergencia parcial entre los demócratas y la tech right: contener a China también en la industria, en los semiconductores y en los estándares tecnológicos. Sin embargo, entre los dos grupos hay diferencias en el método y en los valores: de un lado, los objetivos son la regulación, el trabajo y el bienestar industrial; del otro, la desregulación y la aceleración.

4. La política exterior “por dossier”

Para entenderla, conviene leer la nueva política exterior de Trump como un conjunto de dossiers, porque así parece querer gestionarla la administración: no alianzas estables, sino paquetes negociables y variables. Cada dossier activa coaliciones distintas, a menudo transversales.

4.1 Oriente Medio e Israel

A la derecha, Israel es la fisura más tóxica por superponer estrategia y moralidad interna. La ultraderecha y el establishment pro-Israel empujan por un apoyo fuerte: Israel como frontera occidental. Para gran parte del populismo, el apoyo solo puede ser condicionado, atento a los costes y a la opinión pública. Los Groypers y la ultraderecha son hostiles al sionismo cristiano y usan Israel y el antisemitismo como arma contra el establishment republicano.

También a la izquierda, el conflicto entre Israel y Palestina divide. Los liberal-internacionalistas reclaman equilibrio, seguridad para Israel y la solución de dos Estados como retórica residual. En la izquierda radical y en los movimientos pro-Pal, Palestina es una prueba moral. Los moderados están preocupados por el consenso electoral y por los sistemas de alianzas.

Geopolíticamente, Israel es también un proxy: un nudo regional cuyas fracturas internas moldean su estrategia exterior y desestabilizan cualquier intento estadounidense de “gestionar” la región con una sola palanca.

Incluso queriendo reducir el compromiso, Washington queda atrapada: cada escalada genera ondas internas (diáspora, campus, donantes, guerra cultural) que vuelven como bumerán.

4.2 Ucrania y Rusia

En relación con el conflicto entre Ucrania y Rusia, la fractura es nítida. La derecha del establishment es atlantista: Ucrania es la prueba de la credibilidad de la OTAN. Por parte de los populistas MAGA, se trata de una “guerra de élites” y de drenaje. Los libertarios están contra las guerras por principio. La derecha tecnológica es ambigua: es anti-Rusia, pero obsesionada con China; está inclinada al repliegue en Europa y en Oriente Medio para liberar recursos.

A la izquierda, los moderados liberales sostienen la defensa del orden; la izquierda radical critica la escalada, subraya los costes sociales internos y desconfía de la militarización.

Trump, bajo el filtro “esferista”, trata esta guerra como una cuestión que requiere una estabilización rápida, a cualquier coste para Ucrania. La NSS 2025 declara que la atención sostenida a la periferia es un error y que hay que concentrarse en los intereses centrales: China y el hemisferio occidental.

4.3 China y Taiwán

Sobre el Reino del Medio y Taiwán, es donde se da la convergencia más amplia: casi todos ven a China como un desafío sistémico, pero divergen en los medios y en la valoración de los riesgos. La Tech Right se centra en la competencia tecnológica como una guerra por estándares y velocidad en IA, chips y datos. El establishment republicano es partidario del mantenimiento y, eventualmente, del reforzamiento de coaliciones como el QUAD y AUKUS, así como de la disuasión y las alianzas. Los populistas son favorables a aranceles, decoupling, presión bilateral. La izquierda industrialista apuesta por el reshoring y la resiliencia en el respeto de la regulamentación y protección laboral.

El “peligro China” une. El pivote de Obama ya nacía de esa intuición: el futuro se decide en Asia.

La competencia EE.UU.–China es sistémica y refleja fragilidades internas recíprocas; Taiwán se convierte en un riesgo militar y en un símbolo de credibilidad, además de ser un espejo de la vulnerabilidad de las cadenas.

La NSS 2025, tal como se presenta públicamente, insiste en construir disuasión para evitar el conflicto sobre Taiwán y en la importancia de las cadenas de semiconductores, dentro de un marco “America First”.

4.4 Europa y OTAN

Sobre Europa y la OTAN, la segunda administración Trump rompe más abiertamente con el ecumenismo occidental.

La NSS 2025 habla de burden-sharing y burden-shifting y cita un Hague Commitment del 5 % del PIB en defensa como nuevo estándar para los aliados. Añade, además, un elemento más desestabilizador: requiere a los aliados un realineamiento “cultural” y critica las restricciones a la libertad de expresión, a los procesos democráticos, a las políticas migratorias en Europa, e incluso alude a la decadencia de la civilización europea. Es el aspecto más difundido por los medios de comunicación.

Dentro de la derecha, esto conduce a una fractura entre atlantistas tradicionales (que temen la desarticulación de Occidente), populistas (que ven a Europa como una élite decadente y “free rider”) y la derecha tecnológica (que utiliza la retórica de la libertad de expresión como arma metapolítica).

A la izquierda, Europa y la OTAN dividen menos por los «valores» y más por los «medios”: militarización o diplomacia. Las fisuras estallan en Gaza y en Ucrania sobre decisiones alternativas entre la retirada y el apoyo prolongado, entre paz justa y paz sucia, hasta erosionar la cohesión progresista.

4.5 Hemisferio Occidental

La segunda administración Trump desplaza el baricentro en el hemisferio occidental. El documento habla explícitamente de un Trump Corollary a la doctrina Monroe y de la reimposición de la preeminencia de los Estados Unidos en el hemisferio con objetivos como controlar las migraciones, bloquear los tránsitos y reforzar la cadena de suministro en el continente americano. De ahí se llega a hipotetizar un replanteamiento de la presencia militar y de los despliegues contra cárteles, incluyendo, cuando sea necesario, el uso de la fuerza letal.

Este dossier genera convergencias transversales sobre el problema de la migración y del crimen, pero divergencias fuertes entre las diversas facciones sobre la legalidad, el riesgo de escalada, la relación con México y con otros socios regionales, el uso del ejército en misiones de seguridad interna y el concepto mismo de lucha contra enemigos internos.

Lo hemisférico deviene central; se busca contener la diáspora latino-americana y reactivar el anti-comunismo. En este contexto, Florida gana importancia como puente estratégico hacia América Latina. Es una geopolítica “doméstica”: el exterior está detrás de la casa y vuelve en la foreign policy como cuestión identitaria.

4.6 Energía, clima y economía

En temas como la energía, el clima y la economía, la polarización es casi ontológica. La izquierda liberal considera el clima y la transición energética como cuestiones de seguridad nacional. Por el contrario, la derecha trumpiana y tecno-libertaria apoya el objetivo de dominancia energética como palanca de poder y rechaza la gramática Net Zero, vista como una restricción importada de Europa. La NSS 2025 aborda la energy dominance criticando a la UE.

Energía, clima y economía son campos cruciales tanto para la política interna como para la exterior; aquí surgen alianzas efímeras sobre sanciones, exportaciones energéticas, reshoring y la capacidad de sostener una larga competencia con China y Rusia.

5. Trump II

5.1 El nuevo lenguaje oficial

La NSS 2025 intenta resolver sus contradicciones internas con una fórmula: ser a la vez musculares y selectivos. Define la postura como pragmática y propia de “America First»; insiste en centrarse en los intereses clave: no se puede estar en todas partes. Introduce tres pilares: burden-sharing y burden-shifting (EE.UU. convoca, pero no paga por otros); realignment through peace (diplomacia presidencial para cerrar conflictos y realinear regiones con los intereses de EE.UU.); economía como seguridad (cadenas, industria, energía y tecnología como instrumentos de poder).

Es una estrategia de hegemón cansado, que mira a maximizar retornos y minimizar la sobre-extensión.

5.2 Las contradicciones

La contradicción principal es estructural: retirarse del universalismo reduce los costes, pero aumenta la volatilidad sistémica. Y esa volatilidad vuelve a casa como shocks: migraciones, energía, inflación, cadenas, percepción de debilidad, crisis aliadas. Washington oscila entre aceptar esferas de influencia (sobre todo en Eurasia) para cerrar dossiers, reducir compromisos y reafirmar el dominio en el hemisferio occidental, porque el desorden cercano es contagioso.

Pero existen muchas otras contradicciones en la política exterior de Washington: persiste el objetivo de controlar el mundo, aunque ahora convive con la lógica de las esferas de influencia y de los “dossiers”; el sistema de alianzas no se repudia, aun así, la política exterior se vuelve “puramente transaccional”, con alianzas variables; la arquitectura universalista construida por los propios Estados Unidos no se elimina, pero ahora se actúa mediante “contratos”, como si no existiera; no se reniega del orden global, pero se avanza hacia una gestión mercantil y pragmática de los conflictos locales.

5.3 Las divisiones

Esta política exterior divide al conservadurismo más de lo que lo une, porque cada familia de la derecha ve un riesgo distinto: los neoconservadores atlantistas temen el efecto dominó (credibilidad, disuasión, alianzas); los populistas temen ser reabsorbidos por guerras de élite; la derecha religiosa teme el enfriamiento del apoyo «valórico» a Israel; la derecha tecnológica teme que la inestabilidad ralentice la carrera tecnológica; los libertarios temen al “Estado de seguridad” y a una escalada “doméstica” (cárteles, frontera, migración); las subculturas radicales usan cada ambigüedad como ocasión para la guerra interna.

La formación de la nueva derecha es un proyecto hegemónico: autoridad narrativa, capacidad institucional, poder de movilización. La política exterior es hoy uno de los principales escenarios de esta contienda, porque determina quién representa el “centro moral” de la coalición.

5.4 El factor Florida

Florida es el lugar donde se encuentran la rebelión populista y la coordinación de las élites: Mar-a-Lago es el centro operativo y simbólico. Importa porque el trumpismo no es solo doctrina: es un ecosistema de poder y los ecosistemas funcionan con incentivos: donantes, medios, reputación y movilización. En un ecosistema, la política exterior se convierte rápidamente en señal de lealtad, en arma de deslegitimación de adversarios internos y en material para la guerra cultural.

El resultado: la estrategia exterior no puede ser solo “racional” o integralmente coherente; debe ser narrativamente compatible con las tribus que sostienen la coalición.

6. Conclusión: la geopolítica de la cohesión interna

Si tuviera que sintetizar la fase actual en una frase, diría: Estados Unidos está pasando del orden a la negociación. Es la transición hacia un mundo más fluido y competitivo, dividido en esferas de influencia: un G-Zero en el que el poder de los americanos sigue siendo enorme, pero la dirección compartida se debilita y el caos se difunde.

En este contexto, las divergencias internas sobre la estrategia exterior no son un detalle: son una variable estructural del poder. Una superpotencia puede permitirse incoherencias tácticas, pero no una guerra fría interna permanente sobre su identidad estratégica. EE.UU. vive la “psicopolítica de la ansiedad”: no consigue transformar la ansiedad en proyecto y convierte la estrategia en terapia identitaria, peleándose por cada dossier como si se tratara de un ajuste de cuentas moral.

La segunda administración Trump, con su diplomacia selectiva y transaccional, intenta cabalgar esa condición: promete paz y reducción de costes, pero usa la fuerza y la coerción donde el electorado percibe amenazas inmediatas (hemisferio, frontera, cárteles), exige a los aliados que paguen más y, a la vez, juzga su “salud cultural”.

Es una política exterior propia de un imperio cansado, pero inestable como arquitectura: sin aliados estables y sin perímetro previsible, cada crisis se convierte en una negociación a alta temperatura y cada negociación vuelve inevitablemente a casa como fractura.

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