El crepúsculo de la confianza
Dos de cada tres estadounidenses ya no creen que el sistema político pueda resolver los problemas del país.[1] Es el dato más repetido en las encuestas realizadas por The New York Times y Siena College, un índice de la crisis de legitimidad que atraviesa la república. Para completar el cuadro, otro sondeo — realizado por NPR, PBS y Marist — revela que un tercio de los ciudadanos considera “quizá necesario» la violencia para “volver a encarrilar la nación».[2] La confianza en el proceso democrático se encuentra en niveles históricos mínimos, y lo más significativo es su carácter transversal: la desconfianza ya no es monopolio de un partido, sino una condición psicológica nacional.
En los Estados Unidos de 2025, la política ya no se percibe como un medio para resolver los conflictos, sino como el escenario mismo del conflicto. El largo proceso de deslegitimación institucional — iniciado con Watergate, continuado con el trauma del 11 de septiembre, la crisis financiera de 2008, el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y la pandemia de COVID-19 — ha producido un efecto acumulativo. A diferencia de las crisis anteriores, ya no solo afecta a la clase dirigente, sino también a la sociedad en su conjunto. Es la erosión de la fe cívica, un fenómeno que la sociología estadounidense define como “desintegración horizontal”: pérdida de confianza mutua entre los ciudadanos y descrédito vertical hacia el Estado.[3]
Psicopolítica del declive
Esa desintegración está alimentada por un malestar psíquico generalizado. Según los CDC, la proporción de adultos que manifiestan síntomas de ansiedad o depresión se ha duplicado respecto a 2019.[4] Gallup registra niveles récord de estrés, ira y tristeza cotidianas.[5] Es como si la sociedad estadounidense hubiera perdido su autoestima colectiva: un país cansado de sí mismo. El Sueño Americano, que durante décadas funcionó como promesa de redención individual, hoy se percibe como un recuerdo o un privilegio. Solo el 36 % de los encuestados por WSJ/NORC considera aún que “quien trabaja duro puede mejorar su vida”.[6]
La estagnación salarial, la precariedad de la vivienda, la inmigración y la crisis del bienestar han generado una frustración social profunda que se traduce en ira política y desafección cívica. La ansiedad no es solo un efecto colateral del capitalismo estadounidense: se ha convertido en un lenguaje político, una fuerza estructural que moldea comportamientos y pertenencias. La “tribalización de los afectos”, como la define el sociólogo Robert Putnam, ha sustituido la comunidad cívica por micro-identidades impermeables. Las ciudades azules y los campos rojos ya no comparten ni valores, ni medios de comunicación, ni siquiera espacios simbólicos. Las personas se casan, viven y se informan dentro de burbujas emocionales homogéneas. El otro bando ya no es un adversario, sino una alteridad moral. Es el preludio psicológico de toda guerra civil.
“¡They will not replace us!” – El mito del declive
El grito que resonó en Charlottesville en 2017 —“¡They will not replace us!”— se ha convertido en el símbolo del nuevo miedo estadounidense. No se trata solo de racismo, sino de una reacción existencial ante la sensación de ser sobrepasados. Las proyecciones del Census Bureau prevén que, hacia 2045, los blancos no hispanos serán una minoría relativa.[7] En términos estrictamente demográficos, el dato es neutro; psicológicamente, es un terremoto.
Lo que los investigadores denominan “ansiedad por reemplazo” se ha extendido más allá de los márgenes de la extrema derecha. Está presente — con distintos tonos — tanto en el discurso mediático mainstream como en los temores silenciosos de la clase media blanca. La llamada Great Replacement Theory, popularizada por sitios web conspirativos, ha encontrado eco político en los discursos de dirigentes republicanos que denuncian la “invasión migratoria” como una amenaza para la cultura y la identidad estadounidenses.
El miedo al declive demográfico se entrelaza con la percepción de un declive moral y cívico. El multiculturalismo, que en los años noventa representaba la fuerza dinámica de la sociedad norteamericana, hoy es visto por amplios sectores como un vector de fragmentación. En este contexto, la nostalgia del pasado se funde con el deseo de pureza. Es el terreno ideal para una autoridad que promete devolver el orden e identidad.
La retórica del “enemigo interno”
Donald Trump ha transformado esa psicología colectiva en un programa político. En su segunda administración, la distinción entre seguridad externa e interna se ha disuelto. Stephen Miller, su histórico asesor, ha propuesto incluir el movimiento Antifa en la lista de organizaciones terroristas domésticas.[8] El objetivo, más simbólico que operativo, es redefinir el disenso como una amenaza. En el nuevo léxico presidencial, los demócratas radicales, los periodistas “enemigos del pueblo” y los jueces no alineados pasan a formar parte de la categoría de “traidores al modelo americano”.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha rebautizado el Pentágono como Department of War — en abierta ruptura con la denominación de 1947 — y ha declarado que la misión principal es “neutralizar a los enemigos, externos e internos”.[9] El propio Trump ha repetido este mensaje. Se trata de una politización del aparato militar que reactualiza la lógica del macartismo, aunque con una infraestructura tecnológica infinitamente más sofisticada.
La Guardia Nacional ha sido desplegada en varias ciudades gobernadas por demócratas, con la justificación oficial de combatir la criminalidad urbana. En realidad, la medida se ha interpretado como un acto de ocupación federal de territorios hostiles. La imagen de soldados patrullando las calles de Chicago o San Francisco se ha convertido en parte de la estética trumpiana del poder: la fuerza como espectáculo.[10]
La pedagogía nacional
La definición del “enemigo interno” encuentra su complemento en la construcción del “ciudadano ideal”. Con el relanzamiento de la 1776 Commission y la reforma de los programas escolares, la administración Trump ha puesto en marcha una auténtica pedagogía nacional. Los centros que imparten estudios de género o programas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) han sido excluidos de la financiación federal; los manuales y planes de estudio se reescriben para subrayar el patriotismo y la misión cristiana de la nación.[11]
El lenguaje educativo se convierte así en un instrumento de ingeniería simbólica. El objetivo no es tanto elevar el nivel cultural como reconstruir una narrativa colectiva capaz de aliviar la ansiedad identitaria. La escuela vuelve a ser un laboratorio político: se enseña lo que une, se censura lo que divide. Es la respuesta trumpiana al trauma de la fragmentación.
Pero, como toda pedagogía autoritaria, esta produce el efecto contrario. Los estudiantes de las grandes ciudades la rechazan como una imposición ideológica; los docentes hablan de “depuración moral”. La “batalla por el alma de la nación”, como la define el propio presidente, ya no concierne solo a los partidos, sino a la definición misma de la realidad.
La política de la ansiedad
La ansiedad se ha convertido en la infraestructura de la política estadounidense. Alimentada por los medios partidistas, la desinformación digital y las crisis sociales, proporciona el combustible emocional para una retórica permanente de emergencia. El lenguaje trumpiano — directo, apocalíptico, performativo — traduce la vulnerabilidad en pertenencia: “El país sufre porque ha sido traicionado; yo os devolveré la fuerza”.
En esta psicopolítica del miedo, toda inseguridad personal encuentra un culpable: el inmigrante, el progresista, el burócrata, el intelectual. Es un proceso catártico que permite soportar la frustración económica sin alterar el modelo económico. La ansiedad colectiva se convierte así en la savia de un nuevo autoritarismo democrático.
América como paciente crónico
El país que durante décadas se consideró guía del mundo vive hoy una forma de agotamiento. Ya no es la América misionera de Wilson o de Kennedy, sino un cuerpo fatigado que teme el colapso. Después de la pandemia, la inflación y las guerras interminables, la convicción de un destino excepcional ha dado paso a la sensación de un declive irreversible.
Este cansancio no es solo material: es espiritual. Estados Unidos ya no cree en su propia excepcionalidad. Lo que antes era virtud — el individualismo, la competencia, la libertad — se ha convertido en fuente de ansiedad y aislamiento. En términos durkheimianos, la sociedad estadounidense padece anomia: ausencia de reglas compartidas y de sentido.
Sin embargo, América sigue siendo una potencia con sólidos anticuerpos institucionales. El federalismo, la multiplicidad de poderes y la fuerza del derecho impiden un colapso inmediato. Pero la crisis es interna: una erosión lenta del pegamento emocional que mantiene unidos a los estados y a los ciudadanos.
¿Guerra civil o guerra psicológica?
Una guerra civil clásica, con frentes y secesiones, sigue siendo improbable. Pero la guerra psicológica ya está en marcha. El lenguaje cotidiano se ha militarizado, las redes sociales se han convertido en campos de batalla simbólicos y los enemigos internos sustituyen a los externos. La idea misma de “dos Américas” — una progresista y global, otra rural y nacionalista — se ha transformado en una profecía que se cumple a sí misma.
Las consecuencias geopolíticas son inmediatas: una América dividida pierde credibilidad como garante del orden mundial. China y Rusia observan; los aliados desconfían; las instituciones multilaterales vacilan. La potencia imperial está hoy prisionera de su propio inconsciente. La geopolítica, en el fondo, es una forma de psicología colectiva aplicada: quien no controla sus miedos acaba exportándolos.
Estados Unidos o Estados divididos
El futuro de América dependerá de un factor que ningún índice económico puede medir: la capacidad de transformar la ansiedad en proyecto y no en odio. Mientras el miedo siga siendo el lenguaje dominante, cualquier intento de recomponer la unidad nacional estará condenado al fracaso. Una nación puede sobrevivir a la recesión, pero no a la pérdida de la confianza mutua.
Estados Unidos ha perdido la fe en su propio relato: la frontera, el exceptionalismo, el destino manifiesto. Por eso, la pregunta ya no es si los Estados Unidos seguirán unidos, sino si aún serán capaces de sentirse unidos. La geopolítica de América en el siglo XXI comienza en su inconsciente: en la terapia de un imperio que ya no cree merecerse a sí mismo.
Notas
- New York Times / Siena College Poll, septiembre de 2025, “Americans Doubt the System Can Fix Itself.”
- NPR / PBS / Marist Poll, octubre de 2025, “Violence as Political Tool.”
- Véase R. Putnam, Bowling Alone, Nueva York, 2000.
- Centers for Disease Control and Prevention, Household Pulse Survey, 2025.
- Gallup Global Emotions Report 2025.
- Wall Street Journal / NORC, “Americans Lose Faith in the American Dream”, marzo de 2025.
- U.S. Census Bureau, Demographic Projections to 2060.
- Declaración de Stephen Miller, rueda de prensa de la Casa Blanca, mayo de 2025.
- Discurso de Pete Hegseth, Quantico, junio de 2025.
- Orden ejecutiva presidencial n.º 17/2025 sobre el empleo de la Guardia Nacional.
- Executive Order 14099, “Patriotic Education and 1776 Curriculum”, marzo de 2025.
Bibliografía esencial
Fuentes primarias
– New York Times / Siena College Polls, 2024–2025.
– Pew Research Center, Public Trust in Government, 2025.
– Gallup, Global Emotions Report, 2025.
– U.S. Census Bureau, Population Projections, 2023.
– CDC, National Health Statistics Reports, 2024–2025.
– Executive Orders n.º 17/2025 y n.º 14099.
Fuentes secundarias
– Massimo Scattarreggia, Faglie e fazioni negli Stati Uniti, 2024.
– Id., La delegittimazione delle istituzioni negli USA, 2024.
– Id., La nueva derecha americana: ideología, facciones y geopolítica, 2025.
– Id., El declive de la hegemonía americana y la transición del orden mundial – Parte IV, 2025.
– Hannah Arendt, Sobre la violencia, Nueva York, 1970.
– Zygmunt Bauman, Miedo líquido, Cambridge, 2006.
– Peter Turchin, End Times, Nueva York, 2023.
– James Davison Hunter, Culture Wars, Nueva York, 1991.
Encuestas y reportes
– Brookings Institution, The State of Polarization in America, 2025.
– CSIS, Domestic Terrorism Threat Assessment, 2025.
– Rasmussen Reports, Civil War Likelihood Survey, 2024.







